Tal como van las cosas, aquí y por doquier, parece que la política cotiza a la baja. Nunca mejor dicho. La economía de mercado parece haber tomado el lugar de la política y fuerza, día tras día, un descrédito que hace bajar su valor hasta límites insospechados. Todo gira alrededor de la economía, todo se compra y se vende, todo es un mercado. A veces parece que los votos de los ciudadanos, las decisiones que deben tomar los políticos y las líneas de actuación de los gobiernos, se subasten al mejor postor. En su conjunto, todo genera un desconcierto, una crisis global que hace que, más de una vez, me gustaría poder gritar, como hacía Mafalda: “¡Paren del mundo, que me bajo!”
El mundo global ha entrado en crisis. Lo que realmente se ha unificado es el mercado, pero el mundo no es un mercado. El mundo es una comunidad viva de personas para las que son válidas las palabras de Gandhi: “Tu y yo somos la misma cosa. No puedo hacerte daño sin herirme”. Esta máxima nos acercaría a un mundo más unido, más fraterno, más global. Pero las desigualdades están aumentando a marchas forzadas, las guerras no cesan, las tensiones se incrementan y la pobreza se extiende en círculos cada vez más amplios, fragmentando sociedades y pueblos. ¿Y la política? ¿Dónde está la política? ¿Puede resolver aún alguna cosa la política?
Según la opinión de Letizia de Torre (1), presidenta del Movimiento Político por la Unidad, si la política no quiere perder el tren, será necesario un cambio de paradigma para el que son necesarias decisivas opciones personales y colectivas. Con este objetivo, sugiere algunas líneas de reflexión y de acción que pueden responder a las expectativas del momento:
- Un mundo complejo necesita de una gobernanza compleja, en la que los actores son interdependientes y la política debe saber darles apoyo, coordinar y armonizar.
- Hay que entender el papel de la política como aquel que hace posible que toda la sociedad sea agente de cambio.
- Es necesario crear las condiciones para que cada uno sea capaz de confrontarse con el bien común y encuentre las condiciones para cooperar con los demás.
- Sólo resulta útil una política ligera, transparente, ágil y competente que tome la conciencia y la responsabilidad de ser la voz de las personas, de los grupos y de los pueblos, sobre todo de los débiles y minoritarios, para ponerlos en el centro de la agenda política.
- Actualmente, cualquier ciudadano o ciudadana, puede ser actor de cambio.
- No basta con una democracia representativa. El poder debe estar basado en el pueblo, día tras día. No se puede temer que la democracia se exprese con formas diversas en diferentes áreas del mundo, ni tampoco deben darnos miedo las nuevas modalidades de participación que deben convertirse en serias y fecundas.
- Hay que tener una visión amplia y de largo alcance, dando pasos, uno detrás de otro, con humildad y con la máxima cooperación entre los diversos actores.
Parece claro que estos criterios no pueden ser pura teoría, sino que sólo son posibles si hay personas, ciudadanos y líderes que los asuman a través de opciones de compromiso personal sólido y profundo. Seguramente, es necesario estar dispuestos a pagar un precio alto, como alta es la vocación política. El poder otorga la fuerza; pero vivir la política como un alto y exigente amor social, es lo que convierte al líder en un punto de referencia fundamental. ¿Es posible que la política vire de esta forma?
Una respuesta negativa, sería condenar la política a la inutilidad para dar respuesta a los desafíos de la sociedad actual. Una respuesta positiva podría resultar de una ingenuidad excesiva. Según la diputada de Torre, la respuesta podría ser, ni sí ni no. Para un cambio de esta magnitud son necesarias ideas y quizás la pregunta debe ser, ¿de dónde deben venir las ideas? Será necesario dejar de pensar en la política como algo que se desarrolla en un lugar, en un espacio público, para pasar el protagonismo a los lugares donde se construye la convivencia de la humanidad. La política como una multitud de actores diversos y, por tanto, dotada de una inteligencia difusa. No debe asustarnos la falta de ideas de la política para dar respuestas, lo que nos debe asustar es su falta de capacidad para hacer emerger y actuar armónicamente, maneras de ver, visiones y pensamientos que ya existen dentro de la sociedad.
En el mundo interconectado de hoy en día, posiblemente el papel de la política sea el de las relaciones encaminadas al bien común. Abundan aquí y allá, lo sabemos muy bien, las tensiones internas dentro de los Estados y de estos entre ellos. Los retos de los dualismos “unificación – identidad”, “universalismo – soberanía”, “apertura – proteccionismo”, “unidad nacional – autonomía” necesitan de un nuevo paradigma. De Torre propone que este nuevo paradigma sea la unidad. Una unidad que no es en absoluto uniformidad, ni mucho menos, anulación de las diferencias, ni dominio del más fuerte. La unidad es la relación entre realidades diversas. Por esto, para poder establecer relaciones paritarias y constructivas, es fundamental que cada uno actúe desde su propia identidad, en un plano de igualdad que el arte de dialogar exige.
La historia nos enseña que la confrontación entre grupos y el dominio de unos sobre otros, no resuelve los conflictos de la humanidad. Sorokin en su libro “The Ways and Power of Love”, asegura que “el poder del amor ha sido, a lo largo de la historia, mucho más eficaz que la violencia para cambiar las cosas”. Conviene pues caminar hacía un tipo de política que incorpore esta categoría de unidad dinámica en la que las entidades políticas se encuentren en grado de unirse y también de diferenciarse. Sin duda esto supone una revolución copernicana de la geopolítica y de la gobernanza a todos los niveles y comporta repensar elementos clave como el valor político de las autonomías (ciudades o naciones), las modalidades de construcción de una comunidad, los nuevos principios de igualdad entre pueblos, teniendo la brújula orientada siempre a dar importancia al otro pueblo como al propio. Este es el desafío y esta es también la novedad.
De Torre, L. (gener – març 2018). L’inizio di una nuova era?. Nuova Umanità, (229), p. 9-17
Acerca del autor
Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

Gracias Francesc, me ha gustado mucho tu artículo que me invita a reflexionar sobre como construyo mi día a día.
“Tu y yo somos la misma cosa. No puedo hacerte daño sin herirme”.
Una afirmación que nos debe ayudar a construir nuestras propias identidades como don, como servicio al otro y sobre todo al bien común, de lo contrario para afirmar nuestra identidad nos situamos en contraposición a lo que es distinto de mi y sin querer empieza el conflicto y ¡nos hacemos daño!
Sólo personas que razonan así podrán ser generadores de nuevas políticas, donde el bien sea de todos y para todos.
Gracias Francesc, me ha gustado mucho tu artículo que me invita a reflexionar sobre como construyo mi día a día.
“Tu y yo somos la misma cosa. No puedo hacerte daño sin herirme”.
Una afirmación que nos debe ayudar a construir nuestras propias identidades como don, como servicio al otro y sobre todo al bien común, de lo contrario para afirmar nuestra identidad nos situamos en contraposición a lo que es distinto de mi y sin querer empieza el conflicto y ¡nos hacemos daño!
Sólo personas que razonan así podrán ser generadores de nuevas políticas, donde el bien sea de todos y para todos.