Esto del calor es una sensación. Quien tiene más, quien menos; quien siempre se queja de calor y quien se tapa a la primera brisa que le acaricia la cara. La sensación de calor, pues, va por barrios; pero si estamos en el hemisferio norte, lo que es indiscutible es que estamos en verano. Más allá de las sensaciones personales; otros factores de todo tipo harán que, a pesar de ser verano, unos pasen más calor que otros. Y mientras esto ocurre, en los barrios del sur del planeta, es invierno. También allí, unos pasarán frío y otros no. Incluso, hay quien pasará calor en pleno invierno.

¡Qué embrollo! Y, ¡qué calor! Sólo de pensar cuán diversa es la realidad que vivimos, ya parece que el termómetro tienda a subir. Si, además, añadimos cómo percibe cada uno las cosas que vive, entonces lo de cada maestrillo tiene su librillo, es el dicho más adecuado. Hacer afirmaciones que tengan una validez universal, que se interpreten de la misma manera y que se vivan de forma similar, es una quimera. Y eso, hay a quien le calienta la cabeza y también a quien le enfría los pies.

Sea como sea, todo el mundo; del norte o del sur, del este o del oeste, lleva bastantes meses inmerso en una experiencia que pide más calidez que calor. No necesitamos días tórridos que nos acerquen al desierto, ni tampoco noches bochornosas que nos sumerjan en estados febriles. Más bien, lo que nos hace falta, tengamos calor o frío, es calidez. Necesitamos esa sensación íntima de encontrar algo que nos aporte esa chispa que inocula coraje, ganas de vivir, esperanza.

Calidez que surge desde dentro si buscamos la fuente y la encontramos. Calidez que nos vendrá de fuera si nos rodeamos de personas dispuestas a ofrecerse, los unos a los otros, aquel gesto, aquella mirada, aquel cuidado que encienda la llama, donde se ha apagado o la reavive, donde se ha debilitado. El verano, este verano, puede ser una buena ocasión para experimentar esta calidez. ¿Por qué no?

El verano puede ofrecer buenas opciones para transitar entre el día y la noche, entre el cielo y la tierra. El invierno, también. En verano, los días son largos, las noches cortas. Crecen las horas de luz, de actividad, de cotidianidad y disminuyen las de oscuridad y parón. Hay que tener conciencia de que, en el otro hemisferio, ocurre lo contrario. Es en este juego donde podemos encontrar espacios de tránsito, crepúsculos y amaneceres, que nos ofrezcan los matices de la reflexión serena y del susurro delicado que nos aporten la calidez que necesitamos.

Espacios que nos deben permitir contemplar cielo y tierra sin la ceguera de la oscuridad o el deslumbramiento de la luz. Percibirlo, no como dos cosas diferenciadas, sino como una conjunción. Con aquellos límites visibles pero difuminados que nos dicen que la tierra es casa porque el cielo le hace de techo. Una cosa no tiene sentido sin la otra y juntas pueden aportarnos esa calidez que nos ayuda a situarnos bien. Tener la perspectiva adecuada de las cosas que nos pasan implica tener los pies en el suelo y levantar la mirada hacia el cielo. Saber que cuando vemos el cielo azul es porque estamos en casa, reaviva la llama de la calidez que en definitiva será la brújula que, desorientados e inseguros, nos ayudará a no detenernos, a comprender más allá de las apariencias y a tener esperanza más allá de la oscuridad.

¡Feliz verano!

Acerca del autor

Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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