El COVID-19 ha obligado a posponer al próximo noviembre el encuentro propuesto por el Papa Francisco «The Economy of Francesco» para repensar los caminos de la economía. Se hará un Webinar de conexión con los jóvenes de los países participantes el próximo 28 de marzo, para poder continuar el viaje aún con mayor entusiasmo. Por este motivo, recuperamos ahora este artículo de nuestro colaborador Francesc Brunés, añadiéndonos a este espacio de reflexión sobre el modelo exconómico.

Mi primera lección de economía sirvió para quitarme de la cabeza la idea de que la economía va de dinero, que también. El profesor nos dejó estupefactos cuando dijo que la economía es la ciencia de la escasez. De hecho, la economía estudia cómo satisfacer las necesidades humanas con unos recursos siempre escasos. A medida que fui avanzando en mis estudios, penetré en las interioridades de la producción y el consumo, el flujo circular de las rentas y toda una serie de teorías que, poco a poco, me hicieron caer en la cuenta de que en el fondo no eran más que explicaciones de la infelicidad humana. Entonces descubrí que, en realidad, mi primer profesor nos había querido decir que la economía debería ser la ciencia de la felicidad.

Las teorías marxistas, tan en boga en mi juventud, provocaron que durante mucho tiempo tuviese en baja consideración el papel de la empresa y cuestionara la legitimidad de la obtención de beneficios. Sin embargo, las empresas (unidades económicas de producción de bienes y servicios) son indispensables para satisfacer las necesidades humanas. En consecuencia, me especialicé en este campo y con los años he descubierto, desde perspectivas diversas, la figura del empresario (sin él no habría empresas), su papel económico y social, el valor de la innovación, del liderazgo… Para poder responder a su rol de ser competitiva, beneficiar al conjunto de la sociedad y actuar bajo parámetros de sostenibilidad, la empresa no debe renunciar a tener beneficios. Ha de ser un ámbito de creatividad, generadora de puestos de trabajo y de riqueza, creadora de nuevos productos y servicios, cada vez más adecuados a las necesidades de las personas. Con los años, en diversos ámbitos se han ido abriendo rendijas a una visión diferente del papel de la empresa, considerando que debe actuar en interés del conjunto de sujetos con los que se relaciona y de su entorno social. En este último aspecto, la encíclica del papa Francisco Laudato si constituye una valiosa aportación al pensamiento social. Pero dejemos este tema para otro capítulo.

Estudiando a Schumpeter, economista que vivió mayormente en la primera mitad del siglo XX, descubrí que su visión del empresario no era la de un mero buscador de beneficios, sino más bien una persona con capacidad de innovación, que no busca sólo satisfacer sus propias necesidades, sino también las de los consumidores. Schumpeter pensaba que las motivaciones del empresario van más allá del afán de lucro y lo concibe como una pieza clave para el bien común. Muchos economistas son críticos con esa visión de la economía que se aleja de la búsqueda del bien común y de una justa distribución de la riqueza, y por tanto no contribuye a la felicidad de las personas. Por citar sólo algunos: José Luis Sampedro (España 1917-2013), Amartya Sen (India 1933, premio Nobel de Economía en 1998), Stefano Zamagni (Italia 1943), Luigino Bruni (Italia 1966, reconocido estudioso de la economía de comunión y de la economía civil) y muchos otros, obviamente.

En su encíclica Caritas in veritate, Benedicto XVI hace una valiosa aportación con su visión del aumento de crecimiento económico, en un proceso de globalización y de avances tecnológicos. Entre otras cosas, constata que la riqueza mundial crece, pero lo hace también la desigualdad, permitiendo que coexistan un estilo de vida consumista y despilfarrador con situaciones de miseria deshumanizadora. Una vez más se pone de relieve que esta no es la finalidad de la economía. La exigencia de no estar sujeta a ningún referente de tipo moral ha llevado a la economía a abusar de los instrumentos económicos incluso de forma destructiva, tanto para el hombre, como para el medio ambiente. Ante este fracaso, la encíclica antes mencionada propone un cambio de objetivo de la actividad económica, para orientarla hacia la construcción del bien común, poniendo de manifiesto que cualquier decisión económica tiene consecuencias de carácter moral. Es necesario, pues, orientar la actuación de los agentes económicos hacia los principios de la ética social (transparencia, honestidad, responsabilidad, respeto a la legalidad) pero, al mismo tiempo, dar espacio al principio de gratuidad en el seno de la actividad económica ordinaria.

Volviendo al principio, esto no significa renunciar a los beneficios. Más bien pone de relieve que el papel de la empresa no es sólo el de satisfacer a uno de los partícipes sociales de la empresa (los accionistas), sino que debe tener en cuenta a todos, también la comunidad donde se realiza la actividad y el servicio al bien común. De hecho, Benedicto XVI propone: «Es necesario concebir el beneficio como un instrumento para conseguir los objetivos de humanización del mercado y de la sociedad» (CV 46).

En esta línea del pensamiento social es donde plenamente se inserta, entre otras, la propuesta de la Economía de Comunión, nacida en 1991 de la mano de Chiara Lubich, ante la escandalosa constatación de las desigualdades que provoca el sistema capitalista. Su profunda experiencia de vida evangélica, generadora de la cultura de la unidad y la fraternidad, la llevan a formular una propuesta económica basada en esta cultura, que hace del valor de la gratuidad su piedra angular. ¿Hacia dónde vas, pues, economía? Todo parece apuntar hacia una serie de caminos que convergen en la persona humana.


Este artículo se publicó en Ciudad Nueva (Febrero 2016)

Francesc Brunés
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