Ser o no ser, se preguntaba el Hamlet de Shakespeare y se titula también la conocida película de Ernst Lubitsch. Si somos, somos políticos. ¿O no? Vete a saber si no lo somos, a veces, sin quererlo y sin darnos cuenta. Vivir, amar, trabajar, caminar, charlar, comprar… ¿nos hace ser políticos? ¿O necesitamos un partido?

 

¡No sé nada de política! ¡Esto es cosa de los políticos! Cuántas veces oímos expresiones de este tipo sin poner en ellas mayor atención. Se produce, sin embargo, una paradoja: quien ha hecho estas manifestaciones puede no tardar demasiado en enojarse mucho ante una injusticia o una calle sucia. ¿Y pues?

Tomémonoslo con calma. Vayamos a tomar un café o quizás mejor una tila. Sólo de entrar en el bar nos damos cuenta de que las voces gastan unos decibelios más de lo habitual. ¿De qué hablan? Pues resulta que mientras unos cuantos son partidarios de situar el mercadillo semanal en la Plaza Mayor, otros lo son de hacerlo a las afueras del pueblo. ¡Vaya lío! ¿Y ahora qué? No resulta nada extraño encontrarnos en situaciones en las que la polarización, los bandos y las posiciones enfrentadas están a la orden del día. Parece que es un signo de los tiempos, aquí y en todas partes. ¿Y nosotros? ¿Nos posicionamos? ¿Nos inhibimos?

Y es que nosotros, ya se sabe, no somos políticos. Si lo entendemos en el sentido de que nuestra dedicación profesional no es política, seguro que la mayoría de nosotros no lo somos. Ahora bien ¿podemos dejar de serlo? Hablemos de ello. La persona humana es un ser relacional que tiene como fundamento y finalidad la convivencia. ¿Y cuál es la finalidad principal de la política? ¿No se trata también de la convivencia? Quizás pues, lo queramos o no, todos llevamos dentro la esencia de la política. Por otro lado, una comunidad de personas estará bien fundamentada en la medida que tienda a la promoción integral de la persona y de la comunidad. Son dos elementos que se retroalimentan: la persona tiende a crear la comunidad y ésta puede reforzar los valores de los que la generan.

En el fondo, no podemos evitar implicarnos, en mayor o menor medida, en lo que pasa a nuestro alrededor. Quedarse encerrados en casa no parece la mejor de las opciones desde ningún punto de vista. Salimos, nos relacionamos; vemos, sufrimos y (a veces) criticamos aquello que se hace en el barrio, en el pueblo, en la ciudad… Quisiéramos que todo contribuyese a una mejora en la vida de las personas, especialmente de las que más lo necesitan. Es un impulso político inevitable y, posiblemente, positivo. Tan positivo que vale la pena no encerrarlo en la queja personal y abrirlo a círculos más amplios de participación ciudadana que puedan ayudar a construir colectivamente aquella sociedad más justa, solidaria e igualitaria que anhelamos, aquella comunidad que quizás extrañamos.

Este artículo se publicó en la revista número 179 – Grietas – Amazon

Francesc Brunés
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