Prepárate tanto como quieras; te perderás igual.

Compartimos esta condición de criaturas abocadas a ciclos de pérdidas y ganancias, de altibajos más o menos frecuentes, más o menos intensos. Perona nadie se escapa de ellos. Y creo que esto consuela. Porque consuela saber que el dolor no es solo nuestro, que hay gente que puede entendernos desde su propia experiencia. Que nos pueden entender poco, o mucho, pero que existe un espacio donde encontrarnos entre los extremos de nuestras idiosincrasias. Y que es un espacio común, en el que todos hemos sufrido o sufriremos en algún momento.

Una plaza con un banco bajo un viejo árbol desde donde sentarse las largas tardes. Se escuchan los niños de fondo, los pájaros y las pérdidas que aún cuelgan de las ramas. Una mano amiga nos acompaña, y reposa sobre nuestra pierna en silencio porque no hay respuestas. Tampoco hoy toca buscarlas. Hace un tiempo era nuestra mano y su pierna, pero el mismo banco a la sombra.

No me malinterpretes, prepararse es bueno y deseable. Pero no para evitar el dolor, sino para hacerlo más llevadero. Más fácil de cargar. Para acortar las semanas o los meses en los que no seremos nosotros. Y recordar que no seremos nosotros, pero, sobre todo, que no durará eternamente. Que las tardes largas de los meses largos se acaban. Que nos apetecerá de nuevo jugar a la pelota con los niños delante de la iglesia.

Por esto, me construyo atajos; porque ya tendré bastante con andarlas. No me pidas que encuentre la salida desde la sombra del árbol. Necesito haber conocido antes las callejuelas que rodean la plaza, los cruces y los pasajes donde dejar señales. Cuando me encuentre en el extremo opuesto del ciclo, los recuerdos me ayudarán a trazar su diámetro. A subir a lo alto del campanario y ver los campos al fondo y las montañas y quizás el océano por primera vez, de nuevo.

Por eso paseo por los laberintos escritos. Encuentro en ellos migajas de pan de un yo antiguo con certezas que los matices ha ido hundiendo. Pero que conservan una esencia verdadera, y que me devuelven la alegría de intentarlo. Una vez cruzado el atajo.

Esta entrada ha sido publicada en el blog del autor: algunsaprenentatges

Lluís Moregó
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