Las limitaciones impuestas por la pandemia ponen de relieve que la felicidad no se encuentra en la opulencia. Nos encontramos ante el espejo de la responsabilidad personal y colectiva a la hora de consumir.

 

El consumismo compulsivo es una enfermedad psicológica o anímica, como la crematística que lo sostiene; tiene la engañosa función de tratar de llenar una existencia vacía de sentido, individualista, condicionada por una publicidad omnipresente que destina recursos ingentes y un gran talento desperdiciado en hacernos creer que seremos felices si tenemos más;  en consecuencia, nuestra sociedad forma parte del 20% de la humanidad que consume más del 80% de los recursos mundiales, un consumo desmesurado que no nos hace más felices, sino más desgraciados.

Nunca hubo tantas personas estresadas, angustiadas o deprimidas como en las sociedades consumistas opulentas. Es sabido que nuestra felicidad reside en la dimensión más honda del ser, no en la dispersión ni en el placer efímero del poseer.

Nos ha tocado vivir un mundo extraordinariamente complejo, asustado y contradictorio, donde la globalización y la tecnología, al servicio de una economía especulativa, han hecho posible transportar mercancías y productos de todo el mundo hasta nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo o de esparcimiento, con unos precios muy bajos.

Pero en la economía dominante hoy en día, los precios casi nunca reflejan los costos. Los precios no integran los costes ambientales, ni los sociales, que terminan siendo pagados por otras personas que no conocemos, a menudo de lugares lejanos, personas empobrecidas y, si esto no es así, los pagarán las generaciones futuras, que heredarán un mundo más desequilibrado, empobrecido, explotado y degradado que el que recibimos de nuestros padres.

Lo paradójico es que, frecuentemente, las opciones más económicas – sobre todo en grandes centros comerciales – son las que causan más daños. Así, pues, los alimentos, productos o servicios que la parte creciente de la sociedad que es pobre o empobrecida adquiere suelen ser los que más impacto negativo tienen en la propia sociedad y en la naturaleza. Esta tragedia se ha intensificado con las compras on line a través de grandes empresas transnacionales (expertas en evadir impuestos), que han visto crecer astronómicamente sus beneficios durante la pandemia.

LAS OPCIONES MÁS BARATAS SUELEN CAUSAR MÁS DAÑOS

Cuando se trata de escoger alimentos, productos o servicios, nos encontramos, a menudo, con la grave dificultad de valorar qué efectos tendrán nuestras adquisiciones (en todo su ciclo de vida) en la conservación de la naturaleza o en los derechos humanos. En otras palabras: ¿lo que adquirimos ayuda a conservar la salud y la integridad de la naturaleza? ¿Nos ayuda a vivir con plenitud? Porque la justicia social y la ambiental son indisolubles. Nosotros también somos Naturaleza. Es imposible que una sociedad viva saludablemente en un entorno degradado, en una tierra contaminada o dañada. Es evidente que hemos de cuidar de la una y de la otra conjuntamente.

EMPECEMOS POR REDUCIR CONSUMO SUPÉRFLUO    

Otro aspecto para considerar es que buena parte de los productos que compramos –sobre todo envoltorios y envases– se convierten en un residuo ya el momento después de haberlos adquirido. Una verdadera profanación de la materia que se utilizó, y también de la energía empleada en fabricarlos o necesaria para reciclarlos; análogamente, la obsolescencia programada de herramientas mecánicas o de diseño que dificultan su reparación e impiden alargar su vida útil, equivale a una profanación, tanto del trabajo humano como de los materiales empleados.

¿Qué opciones tenemos ante tanto despropósito? ¿Cómo podemos vivir más responsablemente? ¿Cómo podemos reducir los daños que causamos – involuntariamente – con nuestro consumo? Lo primero y más obvio es reducir todo consumo superfluo.

Las restricciones impuestas a más de medio mundo han ayudado a muchas personas a redescubrir los vínculos entre vida frugal y vida feliz. El siguiente paso es el de un consumo más consciente, es muy difícil, sobre todo si se vive en entornos urbanos, donde se encuentra la mayoría de la población actual. Las respuestas más efectivas son las colectivas y vienen de la mano de asociaciones, grupos de consumidores, cooperativas, comunidades, etc. que opten por vincularse a iniciativas de economía social y solidaria, de comercio justo o de agroecología, que trabajen con una banca ética y que se informen debidamente, antes de tomar decisiones, de fuentes fiables e independientes –como la revista Opcions–.

En medio de tanta contradicción y de tanto dolor, no podemos esperar resignados a que cambie el mercado, las normas o los gobiernos. Hemos de impulsar los cambios que tenemos a nuestro alcance, con compromiso y serenidad, aceptando nuestros límites, sin angustiarnos por lo que todavía no podemos cambiar, y atentos a las oportunidades que van emergiendo. Resistir a la tentación consumista permite vivir con fidelidad a nuestros valores y gozar de una vida más auténtica, más digna de ser vivida. En la medida en que la economía antiecológica e insostenible se hunde, la economía solidaria, al servicio del bien común, se despliega. ¡Resistir con esperanza!


¿VES LA DIFERENCIA?

  Opciones Efectos sociales Efectos ambientales
Trigo del pan Variedad antigua, cultivo ecológico Fomenta o mantiene el oficio de agricultor ecológico, frecuentemente, de base familiar o cooperativa Paisaje agrario en mosaico, saludable y  bello, alta biodiversidad, suelos que fijan  carbono
Trigo del pan Variedad alto rendimiento / transgénica Fomenta la producción industrial, con fertilizantes  químicos y herbicidas. Más transporte Paisajes agrarios simplificados, con grandes parcelas, poca belleza y baja biodiversidad, suelos con poco carbono
Horno /Panadería Escala artesanal, horno de leña Mantiene el oficio de panadero, artesanía Energía renovable de proximidad
Horno industrial Escala industrial, grandes hornos eléctricos Trabajo asalariado sin vínculos personales, desplazamientos, condiciones laborables variables La mayor parte de la electricidad proviene de energía fósil (uranio o gas) con muchos impactos negativos en todo su ciclo, hasta las emisiones GEH
Tomate Variedad tradicional de huerto cercano, cultivo ecológico de temporada o conservado    Horticultura artesanal, trabajo digno, proximidad, abono orgánico, desplazamientos cortos Conserva la diversidad agrícola y ecológica, tierras fértiles,
Tomate Variedad de alto rendimiento, modificada genéticamente, en invernaderos hidropónicos, con fertilizantes químicos Trabajo en condiciones a menudo precarias e injustas, en condiciones difíciles, dentro de invernaderos donde se aplican muchos tratamientos fitosanitarios. Muchos emigrantes o temporeros. Fomenta la agroindustria extractiva, los paisajes de invernaderos, la contaminación del suelo, la sobreexplotación de los acuíferos, la contaminación por plásticos, etc.
Aceite Variedad de oliva local (como la arbequina) de cultivo ecológico y de proximidad Mantiene el trabajo agrícola digno, la población rural en los paisajes agrarios de secano Conserva la diversidad agrícola, la fertilidad de la tierra. Suelos que fijen carbono, paisajes bellos y diversos
Aceite Variedad de alto rendimiento, con regadío y fertilizantes químicos y pesticidas Trabajo en condiciones a menudo precarias y/o injustas, poco saludable, debido a los tratamientos  fitosanitarios. Muchos emigrantes o temporeros. Monocultivo de olivares con baja biodiversidad y suelos con poca capacidad para fijar carbono
Jamón Raza local, criado al aire libre en semi-libertad, alimentación natural, sigue los  ritmos naturales, sin piensos. Alta calidad Mantiene los agricultores locales, el modelo familiar, descentralizado, diverso, con poca producción. Mantiene el paisaje agrario en mosaico, contribuye al reciclado de los restos vegetales de la masía
Jamón Raza de alto rendimiento, criado en grandes naves industriales aisladas, en espacios pequeños, iluminación  artificial, ciclos forzados, alimentado con piensos,  calidad mediocre o baja. Trabajo en condicione a menudo precarias e injustas, en condiciones difíciles, dentro de invernaderos donde se aplican  muchos tratamientos fitosanitarios. Muchos emigrantes o temporeros. Granjas: Contaminación de los suelos y los acuíferos por purines y restos de fármacos, mala olor y fealdad del paisaje. Altos impactos negativos del transporte: granja-mataderos- fábricas-distribuidores-centros comerciales…

Piensos: Desforestación en Sudamérica, alto impacto negativo derivado  del transporte oceánico de  soja + maíz

Fotografías: Polina Kovaleva y Joao Teles

Este artículo ha sido publicado en el número 184 de Ciutat Nova: Otras caras del consumo

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