El escritor Primo Levi describió en Si, esto es un hombre cómo el abuso sistemático y despiadado que los nazis infligieron a sus reclusos de Auschwitz los degradó hasta aniquilar su misma humanidad. La Madre Tierra sufre hoy en día una embestida similar de tal magnitud, y tan deplorable es su estado de devastación y contaminación, que bien se podría exclamar: “Si esto es una Madre”.
Tal es la relación que la sociedad occidental moderna mantiene con la naturaleza, un vínculo caracterizado por el abuso constante y extremo. Un abuso, sí, con antecedentes antiguos, pero acentuado desde la revolución industrial y, sobre todo, en el llamado Antropoceno, a mediados del siglo pasado, con la globalización, la sociedad de consumo… ¿Nos encogeremos de hombros frente a tal aberración, escondiendo la cabeza bajo el ala, conniventes con el geocidio? ¿Lo denunciaremos y nos plantaremos ante los abusos? ¿Reconoceremos nuestra parte en este desenfreno y sabremos enmendarla?
Porque, miremos donde miremos, (urbanización y minería voraces, monocultivos, ganadería industrial, sobrepesca, deforestación, derroche de agua y energía, aplicación desatada de GEH…), por doquier prevalece el abuso. Año tras año, el aumento de consumo y la explosión demográfica hacen que nuestro uso de recursos naturales (la huella ecológica mundial) exceda la capacidad terrestre de regenerarlos, ampliando cada vez más la deuda ecológica que encontrarán nuestros descendientes. Esto es lo que expresa el Earth Overshoot Day (Día de la Extralimitación de la Tierra), un indicador que señala la fecha anual en que la humanidad agota el presupuesto de la naturaleza para ese año (durante el tiempo restante, se destruirán o reducirán las reservas de recursos y se acumularán residuos y emisiones). Así pues, mientras que en 1970, ese día era el 29 de diciembre, el año pasado fue el 28 de julio. Todo ello con las sangrientas diferencias entre países: en el 2018, el Día de la Extralimitación en Vietnam fue el 21 de diciembre y, en Qatar, ¡el 9 de febrero!
Es necesario que, de una vez, nos hagamos cargo de la emergencia ecológica
Esta tendencia estremecedora también suele expresarse con el número de Tierras que necesitaríamos si la humanidad dejara la misma huella. Si toda la humanidad viviera como los catalanes, harían falta los recursos de dos tierras y media y si viviera como los estadounidenses, los de cuatro y media. En cualquier caso, una desmesura insostenible de consecuencias globales y sin precedentes: acidificación de los océanos, cambio climático, extinción masiva de especies, destrucción y pérdida de fertilidad del suelo, desertización, crisis alimentarias y un largo etcétera. Es necesario que, de una vez, nos hagamos cargo de la emergencia ecológica: leyendo informes científicos, realizando auditorías ambientales a empresas e instituciones, revisando nuestros hábitos en el consumo de agua, alimentos, energía… Un buen hijo vela por el estado de salud de su Madre y la cuida, no contribuye a envenenarla y maltratarla, mientras, impasible, se aprovecha de ella malgastando vilmente sus bienes.
Sin embargo, ya conscientes del desaguisado, conviene comprender sus causas profundas que han sido señaladas desde tiempos remotos y desde diversas culturas. El abuso, el excedernos, es una enfermedad psicoespiritual. Los antiguos griegos hablaban del hibris, del ego narcisista y arrogante que, arrastrado por el deseo descontrolado de placer y poder, cae en la desmesura y se salta todos los límites. El judaísmo simbolizó esa misma avidez loca y vanidosa con el mito de la torre de Babel. Y, bien mirados, ¿qué son sino incontinencias o extralimitaciones cada uno de los pecados capitales que señala el cristianismo? No es, pues, que no se nos haya alertado de esta insaciable codicia del yo que, deificado, se da culto a sí mismo y pulveriza la armonía y la justicia.
Un orden, un equilibrio, cuyo restablecimiento, si no reaccionamos pronto, nos llegará a la fuerza y de mala manera (de mano de la helénica Némesis Adrastea, “la justicia insoslayable”).
Y, sin embargo, es del todo posible una relación armoniosa con la Tierra. Hay pueblos y comunidades en todo el mundo que han hecho, y que hacen todavía hoy, un uso sensato de los dones de la naturaleza, que viven de manera sostenible, saludable, pacífica, resiliente y gozosa, donde el otro (los vecinos, el otro sexo, los animales, el entorno natural…) son valorados y cuidados, y no menospreciados o explotados. El abuso (la violencia, el maltrato, la cosificación…) del Otro no es una fatalidad humana, sino solo una patología, una perversión. No desesperemos pensando que no hay nada que hacer, pues está en juego demasiado sufrimiento de inocentes para permitirnos el lujo de refugiarnos en lamentaciones estériles. Como pide la encíclica Laudato Si’, es urgente una conversión ecológica, hay que transformar corazón y mente, nuestra visión del mundo y nuestros valores. Proponemos esta necesaria metanoia en seis caminos, antídotos eficaces contra el carácter abusador y bases de una cultura de respeto filial con la Madre Tierra:
1. La mirada fraternal
Ve en los otros seres vivos, no un mero medio, sino un fin en sí mismo, ve su valor intrínseco y sagrado más allá del beneficio personal que nos puedan reportar. La primatóloga Jane Goodall ponía nombre (¡no números como sí hacían en Auschwitz!) a los chimpancés. Es la mirada de San Francisco, que ve en todas partes (el agua, la tierra…) criaturas hermanas, no solo materias primas, recursos, stocks, objetos de estudio, de negocio, de diversión.
2. El espíritu compasivo
Rechaza el hostil y tacaño individualismo, la discriminación por razón de género, raza, especie…; considera los derechos, los intereses y el bienestar de los demás seres; es una sensibilidad ecocéntrica, conocedora de la interdependencia de todos, del hecho de que el precio de los bienes y servicios casi nunca refleja el coste social y ecológico, de que la abundancia de unos crece gracias a la miseria de otros, de la indignidad de que convivan el sobrepeso y el hambre en un hogar común.
3. La simplicidad voluntaria
Disfruta con lo cotidiano, pequeño, cercano, con una sobriedad feliz, liberada del afán de lucro y del consumismo hedonista, compulsivo y caprichoso que, atizado por la publicidad, nunca tiene suficientes bienes materiales, experiencias o comodidades desmesuradas: superviajes, hipermercados, macrogranjas, mil y un aparatos megatecnológicos…); el estilo de vida que apuesta por el decrecimiento y la sencillez, que se complace siendo y compartiendo, y no teniendo y ostentando.
4. La actitud prudente
Sensata y responsable, tiene en cuenta las consecuencias de los propios actos; se pregunta si esa acción o ese producto son necesarios, si la energía es limpia, si el comercio es justo, si la banca es ética, si el nivel de consumo es sostenible, etc.; se cuestiona si nuestra alimentación, nuestro vestir, nuestro ocio generan destrucción y un sufrimiento que no vemos; considera (como el pueblo iroqués) si esa decisión será buena para la séptima generación después de la nuestra.
5. La disposición humilde
Se libera del afán prepotente y estresado de enseñorearse de la naturaleza y doblegarla a nuestro antojo, con indiferencia hacia sus ritmos y leyes; escucha y aprende de la naturaleza soluciones para la ingeniería, la salud, la agricultura, la vida…; atiende dócilmente a la maestría y sabiduría de la Tierra; refrena el ansia de expansión y conquista a base de asfalto, cemento y petróleo y se esfuerza, bien dispuesta hacia la protección y cuidado de los espacios naturales y paisajes donde podemos incidir.
6. El talante asombrado
Se admira de la belleza, la armonía, la majestuosidad y el misterio de la Creación; mantiene el corazón rebosante de reverencia y agradecimiento por la vida (el espíritu del Salterio, de Albert Schweitzer y el que subyace en la plegaria de acción de gracias de los Haudenosaunee –confederación de las 6 naciones iroquesas–, de reciente publicación en castellano por Akiara Books con el título de ¡“Gracias, Madre Tierra”!); avezado en la contemplación, conmovido, ve el universo entero en una hoja de papel y se siente en comunión amorosa con todos los elementos y seres del cosmos.
Este artículo ha sido publicado en el número 193 de Ciutat Nova: Abusos
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Promovemos los valores inmateriales de la naturaleza.
