¿Podemos percibir la mente de Dios? ¿Qué relación guarda con el universo que observamos? ¿Qué nos dice la ciencia? ¿De qué forma ayuda la intuición?
Algunos científicos han querido substituir a Dios por las matemáticas (ver Universo Matemático de Mark Tegmark). De esta forma, éstas, con su rigor incontestable, estarían detrás de todo el conocimiento que obtenemos de la realidad, pero, más aún, serían el alma mater del propio universo. El concepto de Dios de las tradiciones religiosas sería substituido y no sería necesario. Sin embargo, para mí, éste no es el concepto correcto de Dios, por más que las matemáticas aporten rigor a las ciencias naturales, que las utilizan como herramienta, y aporten racionalidad, simplicidad, incluso belleza.
NUESTRO UNIVERSO CONTENIDO EN OTRO
Entiendo Dios como el ente externo a la realidad material que nos envuelve, que no se rige por los parámetros de la misma (materia y energía, espacio y tiempo), pero que puede influir en ellos o es su mismo origen (creación o creación continua). Desde nuestra óptica temporal lo entiendo como un ente de duración infinita, sin origen, pero presente en todos y cada uno de los momentos de la flecha del tiempo. Lo veo como un ente difícil de comprender por la limitada mente humana, pero cuya presencia y esencia pueden inferirse cuando la persona busca en su interior, utilizando distintas técnicas y con ayuda de quienes a lo largo de la historia nos han hablado de Dios.
Obsérvese que dicha visión no sería incompatible con la de un universo, el nuestro, dentro de otro que lo contuviera, donde Dios podría ser perfectamente el creador del nuestro, del mismo modo que nosotros podemos crear vida en una probeta de laboratorio. Entiendo que esta hipótesis pueda ser muy discutida, pero sería compatible con nuestra ignorancia actual y una mera extensión del mundo de las escalas que en los últimos siglos hemos descubierto. Así, hemos pasado a conocer lo que es mucho mayor que nosotros (en tamaño y tiempo), nuestro universo en su totalidad, y lo que es mucho más pequeño que nosotros, como los constituyentes del núcleo atómico (quarks y gluones). Pero ¿qué nos impide pensar que la escala actual no pueda extenderse?
¿DÓNDE ESTÁ LA MENTE DE DIOS?
Demos un paso más. En el ámbito de la teología se plantean preguntas del tipo: ¿Por qué el fundamento de la inteligibilidad de nuestro mundo y de la racionalidad debería ser la mente de Dios?
Sea o no válida la hipótesis de un universo que contiene el nuestro, la respuesta parecería sencilla: si nuestro mundo es obra de la mente de Dios, también lo son su inteligibilidad y su racionalidad.
La inteligibilidad y la racionalidad de nuestro mundo lo son en tanto que el hombre observa y comprende la realidad. Entonces, ¿carecería de sentido hablar de inteligibilidad y racionalidad sin la existencia del ser humano? Si nos remontamos a una época anterior al Homo Sapiens veremos que el mundo se regía aproximadamente por las mismas leyes que ahora. Así pues, el hecho de que exista o no la persona, no altera la inteligibilidad y racionalidad del mundo. Dicho esto, al menos deberíamos considerar que al abogar en favor de la inteligibilidad y racionalidad de nuestro mundo lo hacemos bajo nuestra limitada mente, bajo los parámetros humanos. Por tanto, esta inteligibilidad y racionalidad no pueden entenderse en un sentido de verdad absoluta y única, sino desde nuestra limitada óptica, ya que no somos Dios.
Entonces, ya sea porque nuestro mundo es obra de Dios, o porque la mente del hombre es obra de Dios, podríamos afirmar que, efectivamente, el fundamento de la inteligibilidad de nuestro mundo y de la racionalidad es la mente de Dios.
Sin embargo, la mente de Dios no puede ser concebida como una colección de nuestras ideas. Que A implique B no hace que B implique A. Por lo tanto, del hecho de que de la mente de Dios se desprenda la posibilidad de captar la realidad a través de la mente humana, no se infiere que, en sentido contrario, la suma de nuestras ideas sea la mente de Dios, que no tiene porqué ser discursiva como la nuestra. Es cierto que vamos entendiendo la mente de Dios, pero desde nuestro punto de vista limitado. Y es precisamente por esta limitación de la mente humana que necesitamos la concurrencia de las distintas disciplinas (ciencia, filosofía y teología) para llegar a un mapa más completo de la realidad.
CIENCIA: RIGOR E INTUICIÓN
La propia discusión sobre el método científico ya de por sí revela esta limitación de la mente humana, una constricción que se exacerba con la fragmentación del conocimiento. Se ha visto como la ciencia necesita de la filosofía para dar solidez a sus métodos. Partiendo del positivismo, Popper, Khun y Pierce han contribuido a desgranar lo que el método científico entraña. Más allá de la discusión sobre si el proceso del avance científico es lineal, circular, elíptico o espiral, sus aportaciones han resultado clave para decidir cuando una hipótesis es científica o no (principio de falsación de Popper, que en el ámbito de las ciencias sociales también se discute) y para establecer unas etapas en la vida de las teorías: normal (deductiva), abductiva (complementar teorías existentes) y disruptiva (nuevas teorías que reemplazan las anteriores). Pero este punto de vista es limitado porque pone excesivo énfasis en teorías erróneas y, en cambio, en mi opinión, no contempla de forma explícita lo que viene sucediendo en otros campos desde hace algunos siglos. En la física, por ejemplo, surgen nuevas teorías para incorporar escalas mayores de aplicación o validez (de energía, de velocidad, de dimensiones de los objetos…). Sin embargo, esas mismas teorías nuevas incluyen, al pasar a escalas más restringidas, las teorías primigenias. Dos casos paradigmáticos serían la teoría de la relatividad especial de Einstein, válida para todas las velocidades, y la mecánica de Newton, sólo útil para velocidades muy inferiores a la de la luz.
Otro aspecto poco analizado pero esencial para el desarrollo de la ciencia es el siguiente: más allá de los métodos racionales, la ciencia necesita discernimiento y asociación para avanzar. Y mucha intuición. ¿De donde procede esta intuición? ¿Será ésta también una expresión directa de la mente de Dios? Las neurociencias están haciendo que nuestro cerebro sea cada vez más accesible y que se comprendan mejor los fenómenos que en él se producen. Quizá esto nos permita, en el futuro, entender mejor la conexión entre nuestra mente y la de Dios.
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Acerca del autor
Ingeniero de Telecomunicación, Máster en Física de Partículas y Cosmología, apasionado del diálogo interconviccional y del diálogo entre la ciencia y la fe.

Gràcies, Jordi, el teu escrit és tot un regal, el tornaré a llegir clicant els enllaços!
Francesc
Muy interesante