La ciencia, por sí sola, no tiene por objeto la búsqueda de la verdad, término que encierra un carácter absoluto. Sin embargo, conforme va comprendiendo aspectos de la realidad, se acerca a la verdad. Pero ¿qué significa verdad? ¿Y realidad? ¿Qué persigue la ciencia? ¿Cuáles son sus métodos? ¿Y sus limitaciones?
Verdad y realidad son dos términos que pueden confundirse fácilmente por su fuerte interrelación. Nos referimos a realidad como aquello que podemos captar, aunque parcialmente, con nuestros sentidos y nuestra mente, pues debemos admitir que la realidad puede ser mucho mayor que lo que llegamos a percibir de la misma. Por verdad entenderemos aquel conocimiento cierto que tenemos sobre la realidad: cómo es, cómo funciona y con qué finalidad. Podríamos decir que verdad y realidad son términos relativos: ni llegamos a percibir toda la realidad, ni podemos tener la “certeza” absoluta sobre estos conocimientos, si bien podemos aumentar nuestro grado de confianza. Sería como decir que “la verdad es cada vez más verdad”.
Volviendo a la interrelación entre verdad y realidad, diremos que la verdad contiene realidad. Si la verdad estuviera desconectada de la realidad perdería su sentido absoluto para ser mera opinión. Si, por el contrario, la realidad no contuviera verdad, razones o fundamentos que pudieran ser aprehendidos por la mente humana, estaríamos negando los resultados de la ciencia pura y la ciencia aplicada tampoco podría avanzar.
En cuanto a la ciencia, me referiré especialmente a las ciencias naturales, en particular las experimentales, dejando a un lado las ciencias humanas, así como las ciencias aplicadas. Con ello no sugiero que estas últimas no persigan una parte de la verdad, pero el principal objetivo de la ciencia aplicada es producir resultados prácticos, técnicas, materiales o productos que introduzcan alguna mejora en la vida humana o su entorno. Tampoco incluiré las ciencias humanas, ya que en la mayoría de los casos no podemos aplicarles los métodos de las ciencias naturales, que explicaré un poco.
Formulando hipótesis, construyendo teorías, las ciencias naturales avanzan en la comprensión de aspectos de la realidad. Las observaciones, los experimentos, lo deben avalar. Una sola observación que contradiga la teoría es suficiente para derrumbarla o, cuanto menos, para revisarla o acotar los supuestos de su aplicación. Ello parecería dar a entender que la ciencia se equivoca, que produce más errores que aciertos, pero no es así. A lo largo de la historia, la ciencia, aunque a veces con algunas involuciones, siempre ha ido adelante ampliando el conocimiento que tiene de la realidad, acercándose así a la verdad. Es obvio que la mente humana tiene sus limitaciones. Por otra parte, las posibilidades de observación experimental y de cómputo han sido muy precarias durante muchos siglos. Sin embargo, poco a poco, apoyándose en los resultados teóricos de sus predecesores y de las observaciones, cada vez más refinadas, así como en la computación en los últimos tiempos, la ciencia ha ido describiendo nuestro mundo cada vez con mayor precisión.
Un ejemplo paradigmático lo encontramos en la comprensión del cosmos. Hemos pasado del modelo ptolemaico, con la tierra en el centro del universo, alrededor de la cual giraban el sol y los planetas y con un escaso conocimiento del resto del universo que se limitaba a lo que nuestros ojos pueden ver, al modelo heliocéntrico y a un conocimiento cada vez mayor de los objetos estelares, gracias a los telescopios y, más recientemente, a los telescopios espaciales como el James Webb, que acaba de entrar en funcionamiento.
En pocos siglos hemos pasado de tener un modelo erróneo sobre el propio sistema solar, a una comprensión del universo a gran escala y de su evolución desde el llamado big bang inicial hace unos 13.700 millones de años. Y todo este conocimiento ha sido producido por el hombre, ser humano que, con sus limitaciones intelectuales, vive en un minúsculo punto de este vasto universo y en un minúsculo punto de la escala temporal, pero que es capaz de construir modelos muy sólidos confirmados por las observaciones.
Sin ninguna duda la ciencia se aproxima cada vez más a la comprensión de la realidad del cosmos. Es posible que no llegue nunca a una comprensión total. Hay muchas cuestiones por resolver. Seguramente los modelos actuales deban corregirse para abrazar nuevos resultados, cada vez más abundantes y precisos.
Pero la ciencia trabaja acotando la realidad en parcelas (niveles ontológicos irreducibles como la física, la química, la biología, las neurociencias…). Esta especialización es la que ha permitido el gran avance científico en los últimos 200 años haciendo, entre otras cosas, más abordables para la limitada mente humana los problemas a resolver. Además, estas parcelas o niveles también responden a su emergencia dentro de la propia evolución del universo, que ha pasado de las puras interacciones cuánticas (sopa de quarks, reacciones nucleares para dar origen a los distintos elementos químicos, liberación de fotones, etc.), materia de estudio de la física, a las interacciones químicas para producir moléculas (objeto de la química), a las interacciones entre moléculas orgánicas para dar fruto a la vida (materia de la biología), y así sucesivamente. Emergencia de niveles con una complejidad cada vez mayor, fruto de un doble proceso, no necesariamente dirigido de antemano, donde el azar y el orden o convergencia se alían para producir mayor complejidad y un fenómeno insólito: la autoconciencia del ser humano.
Pero además de este aparcelamiento, el método científico requiere del establecimiento de condiciones de contorno, acotaciones muy precisas sobre el fenómeno en estudio, para que los resultados puedan ser homologables, para avanzar. Y esta parece otra fuente de crítica y frustración en cuanto al potencial que la ciencia encierra para alcanzar la verdad. Obtiene comprensiones parciales sobre diminutas parcelas de la vasta realidad. De ahí la importancia del trabajo interdisciplinar y transdisciplinar, y no sólo entre las ciencias naturales, sino abrazando las ciencias humanas, la filosofía e incluso la teología. Pues, dado su carácter absoluto, la verdad no debería ser distinta según el punto de vista que se adopte para estudiarla.
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Acerca del autor
Ingeniero de Telecomunicación, Máster en Física de Partículas y Cosmología, apasionado del diálogo interconviccional y del diálogo entre la ciencia y la fe.
