Galileo, el conocido físico y astrónomo del Renacimiento, ha atraído muchos mitos alrededor de su figura, algunos de los cuales perduran hasta nuestros días. Muchos ven el caso Galileo como prototipo del diálogo ciencia-fe; otros, en cambio, justo al contrario.
Nos situamos en los siglos XVI-XVII, en los que la “todopoderosa” metafísica aristotélica estaba sólidamente establecida -¡lo estuvo durante 20 siglos!-, con una ciencia incipiente y una Iglesia Católica muy influyente en las personas y en la sociedad.
Suele considerarse el “mito Galileo” como el prototipo de la relación teología-ciencias. El “mito Galileo” quedó acuñado por el uso intencionado que se hizo del caso Galileo por los ateístas de la Ilustración, en el siglo XIX, para argumentar en contra de la Iglesia y de la fe que representaba. Este mito llevó a la propia Iglesia, mucho más tarde, -como sucedió en el Concilio Vaticano II- a defender la autonomía de las ciencias y su compatibilidad con la fe. Incluso el papa Juan Pablo II, en su discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias, pidió que se estudiara a fondo el caso Galileo “para sanar heridas en la Iglesia y su relación con la ciencia y para reconocer errores de cualquiera de las partes”.
¿Por qué puede, pues, hablarse del mito Galileo como prototipo del diálogo teología-ciencia?
En primer término, por el lugar preeminente que Galileo tuvo en el desarrollo de la ciencia. Esta se construye paso a paso a hombros de los científicos anteriores, unas veces con contribuciones enriquecedoras, y otras, las menos, con aportaciones disruptivas. Sobre la teoría científica del heliocentrismo, ya enunciado con anterioridad por otros como Copérnico, Galileo añadió importantes pruebas de su validez, principalmente por las observaciones que le permitió hacer el telescopio, inventado pocos años antes en Holanda.
En segundo lugar, porque Galileo era católico y no quería ir contra la fe ni contra la Iglesia. Esto provocó que él mismo, ante los pasajes bíblicos que describían la naturaleza y entraban en conflicto con los nuevos hallazgos de la ciencia, arbitrara una fórmula para que las Sagradas Escrituras y la ciencia fueran compatibles. Esta postura conciliadora abría la puerta a lo que, siglos más tarde, fue aceptado casi sin reservas por la Iglesia: otorgar a la ciencia el papel de explicar el “cómo” y a la teología, el “porqué” y el “para qué”.
Sí es manifiesto que Galileo se dedicó a combatir la “ignorancia” de aquellos sectores más cerrados dentro y fuera de la jerarquía eclesial. Le impulsaron la veneración que sentía Galileo por el saber y su convencimiento de que, tarde o temprano, la Iglesia Católica tendría que aceptar la teoría heliocéntrica y dar una apropiada interpretación de la Biblia para aquello que colisionaba con la ciencia.
Pero la ciencia, en particular la mecánica, era incompleta -no dio el gran salto hasta llegar a Newton- y no disponía de explicaciones para todos los fenómenos observados. Era una época en que los medios de observación que tenía el científico y los de cualquier persona eran casi los mismos; hoy en día, distan entre sí un abismo.
Todos estos factores propiciaron un debate rico entre los defensores de sistema geocéntrico y los del heliocéntrico, que venía a reemplazar al primero. El propio cardenal Bellarmino insinuaba que podría llegarse a demostrar el heliocentrismo, pero que lo dudaba y, entretanto, “no se debía dejar la Escritura Santa expuesta”. Eran los tiempos de la Contrarreforma, surgida frente a la amenaza protestante, momento en el que la Iglesia Católica no podía aceptar la libre interpretación de la Biblia.
Pero hay más de un mito en torno a la figura de Galileo. El más famoso establece que murió quemado en la hoguera como pena impuesta por el tribunal eclesiástico que le juzgó, cuando lo cierto es que se le impuso un arresto domiciliario hasta el fin de sus días, previa abjuración de sus ideas.
Tampoco podemos hablar del caso Galileo como precursor del diálogo teología-ciencia, lo que daría a entender una relación simétrica, cuando la realidad es que durante muchos siglos la Iglesia Católica ejerció un poder indiscriminado sobre las personas, incluso arrebatándoles la vida.
Además, antes de Galileo hubo otros precursores de este diálogo, como lo fue Giordano Bruno, quien sí acabó en la hoguera; pero el caso Galileo tiene trascendencia por las aportaciones que como científico realizó y que resultaron cruciales para el trabajo posterior de Newton, y por su relación personal con la propia Iglesia.
Hasta ahora nos hemos centrado en la relación teología-ciencias, cuando, en realidad, la discusión no se inició con la teología sino con la filosofía y concretamente con la metafísica, muy prestigiada. La filosofía era la depositaria de todo el saber hasta aquel momento; incluso la propia teología racional había asumido ideas de los filósofos griegos al construir el concepto de Dios.
Ciertamente, las ciencias naturales – entre ellas la física, madre de todas ellas como las conocemos hoy-, eran casi inexistentes, y sus métodos, muy rudimentarios. Y así fue como en la época griega se construyó el edificio de la cosmovisión clásica con la concurrencia de la razón y de las escasas observaciones a las que el hombre tenía acceso.
Pero el copernicanismo -teoría heliocéntrica- atacaba directamente los cimientos de la tan sólidamente establecida metafísica de Aristóteles, mientras que Galileo aportaba, por primera vez, evidencias observacionales que iban más allá de lo que nuestros ojos y nuestra intuición son capaces de hacernos ver. El esquema de las cinco esferas de Aristóteles se venía abajo sin proponer una metafísica alternativa.
En definitiva, por lo que respecta al diálogo teología-ciencias, el caso Galileo sacudió el mundo del conocimiento y las convicciones más profundas, lo que llevó al Vaticano, ya en pleno siglo XX, al reconocimiento de los errores del pasado, dejando no sólo de combatir a la ciencia, sino de verla como un aliado con el que es posible y deseable acceder a la verdad, conjuntamente con la teología y la filosofía.
A fin de cuentas, la historia se construye paso a paso con aportaciones nuevas y arriesgadas de personas que, como Galileo, si bien pudo no estar acertado en todo, tienen una gran intuición, intelecto y perseverancia, lo que les permite contribuir decisivamente a la ampliación del saber humano.
Galileo, gracias a su popularidad y relaciones, algunas de ellas dentro de la alta jerarquía de la Iglesia, se dedicó a discutir y difundir sus ideas, arriesgándose, sufriendo por ello en su propia carne. Han hecho falta muchos Galileos y seguirán haciendo falta, no sólo para que fluya el diálogo entre fe y ciencia sino también otros tipos de diálogo, que nos hagan avanzar como Humanidad.
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Acerca del autor
Ingeniero de Telecomunicación, Máster en Física de Partículas y Cosmología, apasionado del diálogo interconviccional y del diálogo entre la ciencia y la fe.


Me parece muy interesante el artículo y me gustaría ahondar en el tema del pensamiento y actuar religioso de Galileo ¿Podría proporcionarme referenciad bibliográficas?
Saludos cordiales
Gracias Germán por el comentario. Le envío algunas referencias a su correo.