Aunque con objeto y métodos de estudio distintos, la teología y las ciencias persiguen la verdad.
Frente a la posición empirista de las ciencias, las ciencias humanísticas y, entre ellas, la teología, estudian el “contexto”, constituyen las sabidurías de la cultura, proporcionando respuesta a las preguntas últimas: ¿Quiénes somos? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? ¿Cuál es el origen de todo?…
Teología y ciencias deben cooperar si quieren superar las limitaciones intrínsecas a sus propios métodos y de la mente humana. También para servir de inspiración en el planteamiento de nuevas hipótesis y teorías. Pero para ello deben primero reconocer mutuamente la aportación que ambas realizan para llegar a la verdad, reconocer sus métodos, y establecer un lenguaje común comprensible por la otra parte.
La teología, refiriéndonos aquí a la cristiana, guiada por el magisterio de la Iglesia, quiere dialogar con las ciencias. No se puede decir lo mismo en el sentido contrario, donde más que de las ciencias en bloque, debemos hablar de científicos o grupos interesados en este diálogo.
No es demasiado conocido que este diálogo se inició muchos siglos atrás. El mismo San Pablo presentaba el Evangelio no como una ruptura, sino como perfección del pensamiento helénico. El caso Galileo es paradigmático de este diálogo teología-ciencia. Sin embargo han tenido que transcurrir varios siglos hasta que ciencia y teología establecieran sus ámbitos de actuación, su objeto de estudio y sus métodos, aceptando la aportación que cada parte puede realizar al saber humano, al conocimiento de la realidad.
Aceptando Dios como principio y fin de todas las cosas, es imposible la existencia de contradicciones entre la verdad revelada, el contenido de la fe, y la verdad científica. Ya el Concilio Vaticano I sentenció: “…Dios puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas”. Juan Pablo II se refirió a esta fuente de conocimiento, objeto de la ciencia, como “el libro de la naturaleza”, inteligible y racional, al que le siguió el libro de la Revelación explícita de Dios, objeto de la teología.
Pero para hacer su parte, la teología debe ser rigurosa para interpretar correctamente la palabra inspirada, las Sagradas Escrituras, evitando así las contradicciones con la ciencia que de otro modo pudieran producirse. Pero no solamente el rigor es una exigencia. La teología tiene necesidad de humildad en la investigación científica y en la adhesión a la fe. La humildad crea un clima favorable al diálogo entre el creyente y el científico. Durante muchos siglos la teología se erigió como el saber último, por encima de las demás formas de conocimiento. Esto condujo al surgimiento del positivismo, en un momento en que las ciencias se revistieron de la suficiente autoridad. Autoridad que los sucesivos descubrimientos les iban proporcionando, para contradecir o cuanto menos cuestionar las verdades “inmutables” sobre la naturaleza defendidas desde la fe.
Este rechazo a todo lo procedente de la fe y a la misma teología se mantiene hasta hoy, cuando las sociedades de nuestro contexto sociocultural, exaltando hasta límites grotescos todo lo proveniente de la ciencia y la técnica, además de autoproclamarse laicas, no religiosas, desarrollan el laicismo, menosprecio e incluso beligerancia contra todo aquello que emana de la fe, que no pueda explicarse desde la ciencia, cerrándose a todo diálogo. Dios ya no interesa, tan solo las verdades tecnológicas y las verdades del individuo, entrando en un subjetivismo, un relativismo, que nos aleja de la Verdad.
Además para que la teología se considere una disciplina científica, aceptada dentro de las ciencias del espíritu o ciencias del hombre, proporcionando un acceso a la realidad, homologable al que proporcionan las otras ciencias, debe cumplir unos requisitos mínimos. Por un lado debe clarificarse tanto el objeto de estudio como el método para acceder a él, de modo que la unidad entre el objeto y el método garantice la unidad del saber teológico. Por otra parte debe existir precisión y rigor científico en sus mediaciones, como lo son la profundización racional y su investigación de la revelación de Dios en la historia. Y esta precisión y rigor no debe ser menor que el de otras ciencias humanas, como la historia.
Es por ello que debe haber una hermenéutica rigurosa para la interpretación correcta de la palabra inspirada. La interpretación literal de las Escrituras ha llevado a lo largo de los siglos a entrar en contradicción con el saber científico y a un rechazo que aún persiste, por parte de una gran parte de la sociedad. Pero la hermenéutica no es exclusiva del estudio de los textos sagrados; también las artes necesitan de una hermenéutica, se necesita conocer el contexto, más allá de la literalidad de las formas expresivas. Volviendo a la teología, dijo Juan Pablo II: “Conviene delimitar bien el sentido propio de la Escritura, descartando interpretaciones indebidas que le hacen decir lo que no tiene intención de decir.” La fe debe exhibir rigor histórico y rigor intelectual, frente a la fe ingenua. Por otra parte, la autonomía de la ciencia debe ser respetada.
¿Cómo puede la teología llenar el vacío, evitar el declive que, al parecer, va asociado a la negación de Dios?
Por una parte, debe poner de manifiesto que detrás de la desesperación y las actitudes nihilistas o indiferentes del hombre de hoy se esconde un deseo de plenitud. Que algo apunta hacia el ámbito de la trascendencia. Experiencias vitales como la propia muerte hacen ver que no todo se reduce a materia biológica. Enric Benito, médico de cuidados paliativos no católico, habla en esta entrevista de la “trascendencia” en estos procesos.
La fe cristiana puede ofrecer un servicio al bien común, indicando el modo justo de entender la verdad y para ello debe resaltar la conexión entre verdad y amor; amor que, a diferencia de lo que el hombre moderno considera, va más allá del mundo de los sentimientos volubles, es esencia y, como esencial que es, dota de sentido la vida humana y permite experimentar y hacer experimentar en el prójimo la felicidad.
La irradiación a la que puede contribuir la teología, en diálogo con las ciencias, queda indirectamente expresada en este bello párrafo del Papa Francisco de su encíclica Lumen Fidei: “…la fe concierne también a la vida de los hombres que, aunque no crean, desean creer y no dejan de buscar. En la medida en que se abren al amor con corazón sincero y se ponen en marcha con aquella luz que consiguen alcanzar, viven ya, sin saberlo, en la senda hacia la fe. Intentan vivir como si Dios existiese, a veces porque reconocen su importancia para encontrar orientación segura en la vida común, y otras veces porque experimentan el deseo de luz en la oscuridad, pero también, intuyendo, a la vista de la grandeza y la belleza de la vida, que ésta sería todavía mayor con la presencia de Dios.”
Acerca del autor
Ingeniero de Telecomunicación, Máster en Física de Partículas y Cosmología, apasionado del diálogo interconviccional y del diálogo entre la ciencia y la fe.

Jordi, et felicito per aquesta reflexió seriosa i acurada, digna d’una persona com tu, oberta sincerament a la Veritat, compromesa en l’Amor i cercadora de la Bellesa.
Magnifico artículo, Jordi. Un saludo