Una invitación a quienes no solo desean ‘redecorar su vida’, sino transformarla profundamente mediante la sencillez, la austeridad, la humildad y la compasión.
Hace diez años, Oren Lyons, jefe espiritual onondaga, una de las tribus de la confederación iroquesa, escribía: “Tenéis que decir a vuestros líderes y a todo el mundo que nunca habrá paz mundial mientras hagáis la guerra a la Madre Tierra. Hacer la guerra contra la Madre Tierra significa destruir y corromper, matar y envenenar. Si persistís, no conoceremos la paz. La primera paz viene con nuestra madre, la Madre Tierra”. Exhortaciones similares han sido repetidas en diferentes ámbitos, ya sea religioso (Papa Francisco, Bartolomé I, patriarca de Constantinopla), filosófico (Riechmann, Pigem…), científico (Jean Godall, James Lovelock…), social y político (Berta Cáceres, Pepe Mújica…). El 22 de abril del año pasado, en el Día Internacional de la Madre Tierra, el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, nos instó a todos a exigir a los gobiernos que tomen las medidas necesarias para proteger el planeta y su biodiversidad, para dejar de destruir la naturaleza, para hacer las paces con ella.
Ciertamente, el mundo moderno ha olvidado cómo convivir pacífica y armoniosamente con la naturaleza, sencillamente. Se ha vuelto torpe a la hora de relacionarse con ella sin dañar el suelo, las aguas, el aire, el paisaje, las otras especies y sus hábitats, el clima… Occidente explota, contamina, destruye, extingue a su paso. La escasa naturaleza íntegra que conservamos sobrevive recluida en «espacios naturales protegidos, que a su vez se han convertido en nuevos destinos paradisíacos donde los turistas se amontonan cada vez más, cuando no es asediada y arrasada por la voracidad del mercado sediento de sus bienes… Desde hace unos años, se ha alzado un clamor para que el ecocidio sea considerado un crimen por el Tribunal Penal Internacional, añadiendo así un quinto crimen a los cuatro ya existentes contra la humanidad y la paz. No en vano, ya que la Carta de la Tierra define la paz como la plenitud que se logra a través de relaciones adecuadas con uno mismo, con otras personas, otras culturas y… ¡con otras vidas y con la Tierra!
Las causas de esta guerra suicida son diversas e interrelacionadas. En primer lugar, en una sociedad donde prevalecen los valores materialistas, existen causas económicas: el incremento constante de la producción y el consumo propio del sistema capitalista, que, empeñado en aumentar los beneficios privados, satisface por igual necesidades y caprichos, sin tener en cuenta los impactos ambientales, la capacidad de regeneración de la biosfera, los límites del planeta, el bien común o las generaciones futuras… También existen causas culturales: un estilo de vida (impaciente, hedonista, individualista…) que derrocha recursos para satisfacer ansias de posesión ecológicamente insostenibles (tener cuanto más mejor, aunque sea superfluo), de movilidad (ir donde uno quiere a la máxima velocidad), de confort (refrigeración y calefacción indiscriminadas, plastificación…), de alimentación (comer cualquier producto en cualquier momento, consumo excesivo de productos cárnicos), de diversión (campos de golf, rallys, cruceros…), etc.
Sin embargo, las guerras, para que ocurran, deben estar ideológicamente justificadas. Así pues, también están impulsadas y sostenidas por cosmovisiones, valores y creencias, aunque sean erróneos (mitos). Uno de estos pensamientos es el supremacismo, que es a la vez antropocéntrico (creer que somos los amos y señores de la naturaleza, que tenemos derechos, pero no deberes hacia los demás seres vivos) y materialista (creer que la naturaleza no es sagrada, sino un gran almacén de recursos que podemos controlar y utilizar a nuestro antojo). Otro supuesto es que esta guerra es el precio obligado de nuestro presunto bienestar. Así, la guerra, si no justa, al menos se acepta como ventajosa o necesaria. Una última mentira es la consideración de la guerra como inevitable: creer que, desde siempre, el ser humano ha conquistado y subyugado la naturaleza, y que no podemos relacionarnos con ella sin dominarla y explotarla sin restricciones.
¿Por qué no somos conscientes del mal que esta guerra inflige a diario y de la catástrofe a la que nos conduce? Porque cada vez tenemos menos contacto con la naturaleza, que ha dejado de formar parte de nuestra percepción del mundo. En la distancia, ignoramos, por ejemplo, el origen y el recorrido (con su huella ecológica) de la mayor parte de los alimentos y la energía que consumimos. Paralelamente, el mundo virtual (las ficciones de las pantallas) absorbe el tiempo y el pensamiento, coloniza nuestros intereses y preocupaciones, distrayéndonos y, en cualquier caso, diluyendo dentro de una avalancha informativa las imágenes y los datos desgarradores de los múltiples frentes de guerra. Al mismo tiempo, somos incapaces de apreciar un cambio sustancial, de ver la magnitud del desastre, dado que esta guerra y sus consecuencias han ido incrementándose progresivamente (se explica que un sapo acaba cocido si se calienta el agua poco a poco).
Al mismo tiempo, y esto complica aún más la situación, estamos atrapados en una ideología con muchas categorías culturales y esquemas mentales: que si el progreso nos hace vivir mejor a todos, que si el crecimiento económico y la globalización económica son buenas, que si la sociedad europea es la más respetuosa con la naturaleza, que si los avances científicos y tecnológicos evitarán el colapso… Estos conceptos no surgen de la nada, sino que son cuidadosamente creados e implantados en la sociedad de forma intencionada. Todos los gestores de guerras conocen bien la importancia de la propaganda, de condicionar la opinión pública a su favor: se lava la imagen (greenwhasing) del sistema y de empresas y productos, haciéndolos sostenibles, eco, bio, verdes… (ecocombustibles, capitalismo verde, desarrollo sostenible…), se estimula y normaliza el consumo desaforado (comer cerezas en Navidad, hacer vacaciones en Cancún, comprar un coche…), se desacreditan los críticos tildándolos de cavernícolas, catastrofistas o extremistas…
¿Quién hace la guerra? Las grandes y poderosas compañías y multinacionales, tanto privadas como estatales: energéticas, químicas, tecnológicas, automovilísticas, textiles, de armamento, aerolíneas y navieras, constructoras y manufactureras, los grandes gigantes de la industria alimentaria, biotecnológica y farmacéutica, los grandes grupos financieros… Una plutocracia que dispone de aliados y colaboracionistas: en primer lugar, muchos gobiernos, permitiendo la evasión fiscal o rebajando su carga, no regulando, no controlando o no sancionando lo suficiente las actividades destructoras de la naturaleza, subvencionando o rescatando empresas privadas, actividades y productos ambientalmente nocivos (bancos, gasolina, estaciones de esquí, ampliaciones de aeropuertos…). Además, muchos medios de comunicación, propiedad de magnates o gobiernos de los que son deudores sumisos, también están implicados. Lo mismo sucede con la mayoría de las escuelas, que se esfuerzan por integrar a sus alumnos en el sistema con el objetivo de que tengan éxito. Cada uno de nosotros…
No obstante, una relación pacífica con la naturaleza es posible, necesaria y urgente. Contamos con el ejemplo de numerosos pueblos indígenas (las primeras víctimas de esta guerra) y comunidades religiosas que han convivido de manera amable, cuidadosa y responsable con su entorno natural. También tenemos las enseñanzas de líderes espirituales, sociales, filósofos o científicos que nos hablan de fraternidad cósmica, de interdependencia, de ecosofía… Además, existen movimientos sociales, entidades, instituciones, etc. que promueven una cultura de paz y una conversión ecológica (de las finanzas, el consumo, la tecnología, la enseñanza…). Contamos, en fin, con la sabiduría de la Tierra, madre y maestra, como refugio y camino infalibles. A través de la contemplación, los retiros, la plegaria al aire libre, los peregrinajes, etc., la naturaleza nos ayuda a descubrir la auténtica paz hecha de serenidad, cooperación, autocontención, lentitud, silencio, concordia, circularidad, comunión, orden…
Y contamos con personas como tú, apreciado lector, personas que no solo desean “redecorar su vida”, sino cambiarla de raíz a través de la sencillez, la austeridad, la humildad, la compasión…, gente que quiere ser mejor persona. No podemos aspirar a estar en paz con Dios ni con nuestros semejantes si mantenemos la guerra con la naturaleza. En palabras atribuidas al sabio Lao Tsé: “una persona superior cuida el bienestar de todas las cosas. Lo hace aceptando la responsabilidad de la energía que manifiesta, tanto activamente como en el ámbito sutil. Cuando mira un árbol, no ve un fenómeno aislado, sino raíces, tronco, agua, tierra y sol: cada fenómeno relacionado con todos los demás, y el árbol surgiendo de este estado de relación. Al contemplarse a sí misma, ve lo mismo. Comprendiendo estas cosas, respeta a la Tierra como su madre, al Cielo como a su padre, y a todas las cosas vivas como a sus hermanos y hermanas. Cuidándoles sabe que cuida de sí misma. Dándose a ellos, sabe que se da a sí misma. Estando en paz con ellos, está siempre en paz consigo misma” (Hua Hu Ching).
Así sea.
Este artículo ha sido publicado en el número 195 de Ciutat Nova: ¿Dónde está la paz?
Acerca del autor
Promovemos los valores inmateriales de la naturaleza.
