Entrenarse a las pequeñas muertes cotidianas, agradecer formar parte de la naturaleza. Elementos de un arte de vivir que puede ayudarnos a ser conscientes del sentido de la muerte.
Rellenamos morbosamente de violencia películas, series y videojuegos pero, en realidad, nuestra sociedad vive dando la espalda a la muerte: no quiere ni oír hablar de la propia muerte ni de la de los seres queridos. Mencionarla o reflexionar sobre ella parece macabro, de mal gusto. La cultura occidental moderna, que entroniza y absolutiza el tener, más que el ser; la libertad y la satisfacción ilimitadas; la individualidad orgullosa y el mundo material; ve la muerte como una desposesión frustrante y obligada, una desgracia que nos corta y amarga la existencia, inundándola de miedo, tristeza, rabia, falta de sentido.
Se cuenta que el padre de Siddharta Gautama se esforzó para que su vástago no se percatara de ese fatal destino, y lo recluyó en palacio, rodeado únicamente de lo que es agradable, ajeno de todo disgusto. Afán inútil, puesto que el día que el muchacho salió se encontró, ni hecho adrede, con un cadáver.
El caso es que, como lo evidencian profusamente muchos relatos míticos (Gilgamesh, Orfeo, Adán y Eva…), la inmortalidad es para los dioses. Por más que nos empecinemos en impedirlo, (con la medicina, las criónicas que preservan los seres vivos a bajas temperaturas, las plegarias, distrayéndonos…) la parca siempre corta el hilo.
Hoy por hoy, ni la ciencia médica ni la tecnología nos socorren en esta fatalidad más allá de retardarla y, llegado el momento, sedar al moribundo para evitarle el dolor. ¿Más esperanza de vida? Quizás sí, pero no necesariamente una vida esperanzada; más artificio para sobrevivir, pero, tal vez, menos arte de vivir.
¿Será acaso que reprimir o resistirse a la muerte es contraproducente? ¿No perdemos el tiempo y las energías (y, en fin, la vida misma) huyendo de ella en vano? Ya que da lo mismo acumular frenéticamente riquezas, poder, placer…, todo es vanidad cuando llega la hora suprema.
Pues es así, escondiendo la cabeza bajo el ala, como únicamente llegamos a ser incompetentes en el momento de afrontarla. Porque entonces, sí, todos corremos, sacamos pelotas fuera, y desde la pena, el pánico, la angustia…hacemos aspavientos, a la par que proclamamos lo absurda e injusta que es la vida, ¡que es una estafa! Y, en cambio, hacer las paces con la muerte, dejar de verla como una enemiga nos puede reconciliar con la vida: aprendiendo a morir bien aprenderemos también el oficio de vivir; preparándonos para morir, nos preparamos para vivir. Para Francisco de Asís, no sólo era hermana la Madre Tierra sino también la muerte corporal.
Hacer las paces con la muerte nos puede reconciliar con la vida
Pues bien, en este cometido contamos con la maestría de los que se encontraron con ella o que reflexionaron con anterioridad: médicos y psicólogos (E. Kübler–Ross, V. Frankl…), filósofos (Séneca, Heidegger…), literatos (Manrique, Machado…), maestros espirituales (Rumi, Teresa de Ávila…), otras culturas… También el ejemplo de los familiares o amigos que nos han dejado con entereza, de los que han podido vivir una experiencia cercana a la muerte… De todos ellos podemos aprender a bien morir y a acompañar mejor a los que agonizan y a aquellos a los que la muerte les supone un no vivir por el gran terror que les provoca.
Y si hacemos repaso de lo que se ha dicho, hay que mencionar, de entrada, el famoso Memento mori; un esclavo se lo susurraba al general romano en medio de los vítores del desfile triunfal. Pero el adagio no anima solamente a relativizar las glorias mundanas, sino también a tener buena y cotidiana consciencia de nuestra mortalidad (no sólo comprenderla, sino sentirla, recordarla), nos hace valorar más la vida; nos impulsa a no malgastarla con perezas o futilidades, a aprovechar cada uno de los días que se nos dan. Muchos ejercicios espirituales nos invitan a meditar sobre la muerte con esa sana intención. Los monjes benedictinos terminan su oficio diario de Completas pidiendo un final bienaventurado.
Pues el problema no es la muerte sino nuestro egocentrismo. Como decía Raimon Panikkar, nos identificamos con la gota de agua (limitada y separada) que somos, en lugar de darnos cuenta de que también somos el agua de la gota, la misma que la del océano infinito. Así pues, hemos de entrenarnos en el desprendimiento y no aferrarnos a lo que nos da seguridad o gusto; en la humildad de quien no exige para sí un valor y una suerte diferente de de las otras criaturas; en el agradecimiento por el don efímero, pero precioso, de la existencia humana, en maravillarnos ante el misterio cósmico que la naturaleza, cada día, nos regala…
El problema no és la muerte en sí misma, sino nuestro egocentrismo
Esta muerte del ego es preconizada por múltiples tradiciones místicas en el seno de todas las grandes religiones. Se insiste en la conveniencia y urgencia de “morir antes de morir”, en la muerte (negación, disolución…) del yo ilusorio o pecador. De eso trata el proceso espiritual: de morir para renacer a nuestra identidad esencial, más allá de nuestro pequeño yo egocéntrico. El fruto de este esfuerzo por el anonadamiento propio, se nos dice, no es menor: la plenitud o la liberación espiritual del ser humano, el gozo de vivir, la verdadera vida eterna aquí y ahora.
Una purga interior que culmina en la compasión, el amor desinteresado e incondicional, siempre tan necesario. Necesario, por ejemplo, para acompañar moribundos. Más allá del afán de lucro de los que hacen negocio con la muerte (funerarias y aseguradoras), sería bueno asistirlos afectivamente, y no únicamente farmacológicamente, cuidando solícitamente de la persona en su integridad, no solamente de las constantes vitales de su cuerpo. Sí, la compasión con los próximos, pero también, como el buen samaritano, con los extraños; y con los humanos, igual que con toda otra criatura.
La buena muerte no es, por tanto, la que nos llega siendo muy viejecitos y de manera indolora mientras dormimos, ni la que cuenta con una celebración ostentosa y un mausoleo, ni tampoco la que acumula llantos, salvas de honor y panegíricos, sino la que, aun llegando pronto, nos halle en gracia de Dios, viviendo una vida buena, convertidos en hombres y mujeres nuevos, es decir, trabajando por la paz, con hambre y sed de justicia, pobres en el espíritu…
Y, hoy en día, que somos un buen número y el carro va por el pedregal, morir bien tampoco puede ser dejarlo todo arregladito con un Documento de Voluntades Anticipadas (DVA) y un testamento… Morir pasa también por partir siendo respetuosos con la Madre Tierra. Y eso implica pensar en el funeral sin olvidar su impacto ecológico. Ya en el 2015, la Fundació Terra (terra.org) estableció nueve principios que tenía que observar un funeral ecológico: la reducción de componentes no biodegradables y de emisiones contaminantes, la incorporación de productos de proximidad, la simplicidad, etc.
Los humanos somos humus (tierra) y a la no obstante féretros y nichos, retornamos
La contemplación de la naturaleza nos ayuda a asumir la muerte como parte integrante y necesaria de la vida. A la postre, los humanos somos humus (tierra), y a la tierra, no obstante féretros y nichos, retornamos. Toda la creación nos recuerda esta condición humilde (vulnerable, caduca): las hojas que caen, los ríos que van a parar al mar… Pero, a la par, la naturaleza también nos infunde esperanza, prometiéndonos renacimiento, vida nueva: el sol invicto y el esplendor tras el oscuro invierno, la oruga que deviene mariposa, el ciprés que se yergue, inmutable, hacia el cielo…
Así, pues, ¡humillémonos!
Esta entrada ha sido publicada en el número 192 de Ciutat Nova: Morir: el arte de vivir
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