Hay muchos mitos entorno a la muerte y nuestra sociedad ha la ha convertido en un tabú. Nos acercamos a este proceso, tan humano como inevitable, “acompañados” por Christian y Fàtima, que tienen con ella un trato muy cotidiano.

Christian Wittich está jubilado desde hace unos años. En su etapa laboral, fue profesional de la banca, haciendo de cajero. Vive en su ciudad natal, Solingen, cerca de Colonia, y nos ofrece su experiencia como voluntario acompañante de enfermos terminales y grupos de duelo.

A la pregunta inicial que le formulamos: “¿Cómo llegaste a hacer este tipo de voluntariado, qué te motivó?” nos responde que una artista que conoció y que ejercía este tipo de voluntariado le impresionó… cuando una persona que ella acompañaba moría, dibujaba su retrato, para tenerla presente; de esto ya hace diecisiete años y, además, coincidió con el deseo que él tenía de “hacer alguna cosa por la sociedad, por la sociedad que me rodea, no vivir simplemente una vida cómoda”.                                                                                                                                       

Diecisiete años son muchos. No obstante, nos explica que siempre se sorprende en su tarea, porque cada acompañamiento es diferente, como diferentes somos las personas y, por lo tanto, los enfermos terminales. Dice que el objetivo de su actividad es “aceptar a las personas que le son confiadas tal como son”. Se esfuerza para que tengan calidad de vida, “para que puedan vivir bien la poca vida que les queda”. El enfermo es quien decide los temas de conversación y quien imprime el tono general a su tarea de voluntario; Christian sólo acompaña, como nos repite frecuentemente. Y, a veces, eso es literal: siempre que es posible, van juntos a dar un paseo, e incluso ha acompañado a algún enfermo al banco a hacer sus gestiones cuando ha sido necesario (y, al enfermo, le ha sido posible).

La persona acompañada decide los tiempos y los temas

El acompañamiento puede hacerse en el centro socio-sanitario o en casa del paciente. De hecho –y esto nos causa cierta sorpresa– Christian va mucho más a domicilios particulares que al centro; en Alemania, la tendencia a morir en casa está muy enraizada, siempre y cuando el paciente no necesite tratamiento hospitalario.

Quizás porque creemos que apoyar a los enfermos terminales sea sólo cosa de los sacerdotes que les administran los sacramentos, nos encontramos con otra sorpresa al saber que la religiosidad juega un rol muy pequeño en la actividad de Christian. La mayoría de las personas que él ha acompañado son “personas sencillas. No se trata necesariamente de gente que vive la dimensión religiosa”. Por eso, a menudo, la relación que se establece es la de una buena amistad sin connotaciones espirituales. Es importante que el paciente “pueda mirar hacia atrás, a todo lo que ha vivido en su vida” para subrayar los momentos valiosos o importantes; siguiendo el lema de C. Saunders, una de las fundadoras de los cuidados paliativos, él piensa que “no hay que dar más días a la vida, sino más vida a los días”.

Alguna vez, a él se le remueve algo por dentro: es el momento para que quien ayuda sea también ayudado. Christian no está sólo: el centro sociosanitario le da el apoyo psicológico necesario para seguir adelante con su tarea “y eso me ayuda a madurar”, nos asegura. De hecho, su grupo de voluntarios está muy bien atendido: antes de comenzar a ejercer su voluntariado, Christian tuvo que hacer un curso básico y, a todo el grupo, se ofrece regularmente diversos cursos de formación y profundización.

Un hecho importante sucedió hace algunos años, cuando Christian perdió a su pareja. Naturalmente, le preguntamos si el trabajo hecho como voluntario con enfermos terminales le ayudó a superar aquel momento. Nos responde con un sí muy claro, si bien él trató de iluminar aquel hecho con la fe: la religión es una parte importante de su vida y, cuando llegó el momento de la pérdida, nos comenta que su fe fue una ayuda.

“Para mi, la muerte es un tránsito hacia un lugar nuevo, un lugar bonito” Christian Wittich

Hace aproximadamente diez años, le surgió otra tarea: acompañar a grupos de personas que están en período de duelo. Este trabajo también comenzó de manera casual, cuando una señora viuda desde hacía poco tiempo le dijo: “antes, usted venía a casa cada semana y ahora ha dejado de venir”. Y, para responder a esta necesidad, comenzó a encontrarse con grupos de personas que están en un proceso de duelo. De este modo, Christian se enfrenta también con el “momento después”.

Pronto nos damos cuenta de que ahora sólo habla de grupos, mientras que antes se refería a personas solas. Esto tiene un motivo: está comprobado que el duelo se pasa mejor en grupo. Aquí, el factor central es “poder interactuar con otras personas que están pasando por el mismo trance”; es decir, la persona que pasa el duelo tiene que sentir que no está sola en medio de su dolor. Nos dice también nuestro interlocutor que “a todos se les debe permitir pasar el duelo a su propio ritmo; para algunas personas, será un tiempo más largo y, para otras, más corto”. En cualquier caso, es importante que cada uno haga su camino. Es cierto aquello de que “la vida sigue” pero para cada quien esto tiene unas connotaciones temporales diferentes.

El grupo es, pues, fundamental para digerir el duelo pero el objetivo final es que cada persona aprenda a “ayudarse a ella misma y pueda arreglárselas sola”. Preguntamos cuánto tiempo dura el proceso: “entre medio año y uno, pero tratamos de ayudar a cada participante para que sea él quien, pasado cierto tiempo, salga del grupo por iniciativa propia”. Christian reafirma su argumento: “el duelo no es una situación permanente sino temporal y, por lo tanto, los grupos de duelo también tienen que ser temporales”. Cuando la persona siente que ya ha digerido su dolor, es el momento de irse. Medio en broma y medio en serio, insiste diciendo que “un grupo de duelo no es un club de amigos”.

Fàtima Miró, a diferencia de Christian que afronta el antes y el después,  acompaña a los familiares y amigos en el momento inmediatamente posterior al tránsito. Para ella, un entierro es una actividad laboral. Profesora de música de formación, barcelonesa de origen y residente en el Vallès Occidental, hace seis años que trabaja tocando el piano en ceremonias de despedida de difuntos. Al cabo de cierto tiempo, se le propuso ser maestra de ceremonias en esos actos y ella lo aceptó porque se veía capaz. Así, hoy por hoy, su actividad profesional incluye también pronunciar discursos en los funerales y ofrecer un acompañamiento más amplio a las familias.

“Quería hacer algo por la sociedad que me redea» Fàtima Miró

Le preguntamos de dónde saca la inspiración para sus discursos y si improvisa alguna vez: “Nunca, nunca… todo está muy estandarizado: se trata de poner de relieve tanto los sentimientos de dolor y pérdida del momento actual como las cosas buenas de la vida del difunto”. Para ello, se reúne con los familiares del difunto antes del día del entierro y trata de captar quien fue el difunto y qué tipo de sensibilidad tiene la familia. Esta información le sirve de guía a la hora del discurso y de la ceremonia. Depende, pues, de todo esto como “enfoca técnicamente” su trabajo.

Quizás algún lector piense que todo esto es algo demasiado laico, pero Fàtima dice que sólo en contadas ocasiones las familias piden incluir en la ceremonia menciones o elementos religiosos. Se encuentra aquí con la misma situación que Christian, como hemos dicho más arriba. Y también afirma que mucha gente, aun teniendo un cierto grado de fe, no quiere un funeral católico porque “no les gustan los entierros tal como se hacen en la iglesia”. Aquí lo dejamos escrito…

Escuchando lo que dice nuestra entrevistada de todos esos procedimientos, con la naturalidad de un profesional, podemos pensar que todo es algo frío. Pero, sin tener que comentárselo, ella misma dice que se implica a fondo en cada ceremonia, porque cada entierro es único. Y, con este grado de implicación, se entiende su comentario de que “alguna vez, he vuelto a casa llorando” cuando las emociones han sido intensas. Este compromiso, vivido en primera persona, le ha merecido el agradecimiento de no pocas familias e incluso ser reconocida yendo por la calle. Ella subraya que uno de sus principios básicos cuando ejerce su actividad es “no juzgar nunca, hay que saber aceptar a todos y ponerse en la piel de cada uno” – otra coincidencia entre una barcelonesa y un alemán.                                                                                                         

Hablando del trato con las familias, nos confiesa que le gusta el ejercicio de aceptar al otro en su dolor; además, reitera que “tengo que acompañar a gente muy diversa, como diversa es la sociedad en que vivimos”. Algunas veces, pueden estallar tensiones en el seno de las familias. En otras ocasiones, se puede encontrar con una gran cantidad de gente acompañando a los familiares o bien con un grupito muy reducido… una vez, sólo tenía dos personas delante: dos hijos que enterraban a su padre. “Y, ¿qué hiciste en aquel momento?”, preguntamos con cierta curiosidad. La respuesta surge con sencillez y lógica: “Subrayar el amor entre padres e hijos, que existe más allá de cualquier circunstancia, y ponernos todos en las manos de Dios”.

Al igual que Christian, hace unos años Fàtima perdió a su pareja. Tras seis meses de enfermedad, Manuel murió dejando atrás mujer e hijos. También nos comenta el caso de su padre, que murió de Alzheimer. En ambas ocasiones, Fàtima pasó su duelo y siguió adelante. Lejos de sentirse agobiada por todo ello, dice que esto es un tesoro que lleva en su interior, una experiencia que puede dar a los otros en los difíciles momentos de un tránsito.

Le preguntamos cómo viven en casa tener una madre con un trabajo de estas características y Fàtima responde que, gracias a esta ocupación, su familia ha podido ir acercándose con normalidad al hecho de la muerte. Y está contenta de que, en su casa, éste sea un tema relativamente cotidiano. En consecuencia, reclama que “normalicemos” más todo este ámbito, del que la sociedad ha hecho un tabú. Mostrando una buena dosis de pragmatismo en medio de la conversación, afirma que hay que estar preparados. Y hay que estarlo teniendo las cosas arregladas, para que no haya sorpresas en los momentos difíciles. No se corta nada al espetarnos que “hay que tener los papeles en orden, hay que ir a la notaría, o donde sea necesario, y punto”.

Tenemos que normalizar la muerte y prepararla bien

Sigue diciendo que la ley de la vida (aquello de que los abuelos eran quienes pasaban primero) ya no se cumple: “mueren personas de todas las edades y hay padres que entierran a hijos y abuelos que entierran a nietos. El momento puede llegar cuando sea y a quien sea… vivir es una gracia de Dios”. Y, como un hecho entristecedor, comenta el aumento de suicidios, también entre la gente joven. Siento un pequeño escalofrío subiendo por la espalda mientras le hago la pregunta final obligatoria, como pidiéndole una salida: cómo prepararnos para aquel momento. Y con la sencillez con que ha transcurrido toda la conversación, Fàtima dice que “hay que vivir el momento presente y hacer las cosas plenamente. Estar preparados, pero sin angustiarse. Aprovechemos cada día todo lo que podamos, hagamos que cada día sea único. Seamos conscientes de nuestra debilidad y nuestra transitoriedad, pero sin obsesionarnos”.   

Y si alguien quiere todavía más coincidencias entre nuestros dos entrevistados, aquí son totales: para Christian, es necesario prepararse para la muerte “llevando una vida plena y con valores. Y no expulsemos la muerte de nuestra vida cotidiana: hablemos de ella y tengámosla en cuenta en nuestro presente. Cada día puede ser el último”. Para él, la muerte es “un tránsito hacia un lugar nuevo, un lugar hermoso… ya lo veremos… claro que nadie lo sabe con certeza, pero yo lo veo así…” Y nos despide con una frase muy alemana y al mismo tiempo esperanzadora: “Hinter’m Horizont geht’s weiter!” [¡Más allá del horizonte, nuestra historia continúa!].


Este artículo ha sido publicado en el número 192 de la revista Ciutat Nova: Morir: el arte de vivir

Acerca del autor

Del Ampurdán a los Andes: las buenas rutas raramente son rectilíneas. Por el camino, muchos encuentros y enseñanzas. Todo esto me ha llevado al turismo, donde enseño y hago investigación.

0

Finalizar Compra