Un pequeño fragmento de la vida de un país de jóvenes. Un embrollo de fuerzas contradictorias que se afanan por darse un nombre. La voluntad de habitar en  un ‘sí’ constante, siempre condicionado, hacia la aventura  de navegar en un mar de dudas, afirmándose en cada nuevo embate.

 

Los habitantes de aquel pequeño país presentaban una media de edad insólitamente baja. La juventud era el color predominante por doquier, en calles, pueblos y ciudades. El dinamismo era parte esencial de la vida del país. Los cambios estaban en cualquier orden del día; la innovación, el humus  donde nacían actividades de todo tipo.  La creatividad transitaba, a menudo, entre la imaginación y el aterrizaje. Había, sin embargo, y desde hacía tiempo, una cuestión que era necesario resolver.

Existía un claro desacuerdo en torno al nombre del país. Mientras unos defendían que siempre se había denominado “Imperio del sí”, otros decían que eso del acento era un invento y que, en realidad, su nombre verdadero tenía que ser “Imperio del si”. Un acento, pues, que ejercía como elemento de discordia

Los partidarios del acento enarbolaban el estandarte de las enormes potencialidades de aquel país de jóvenes. Para ellos, era el símbolo de que todo era posible, advertían que todo estaba a su alcance y que sólo bastaba proponerse un objetivo, poner los medios y alcanzarlo. La respuesta a cualquier reto, propuesta, aventura, meta… tenía que ser siempre ‘sí´. O, ¿Acaso pensaban renunciar a su condición juvenil? ¡Claro que no!

El bando contrario exclamaba: Pero es evidente que la característica más honda de los jóvenes habitantes del país es tener que elegir, escoger, dudar entre diferentes posibilidades: muchas opciones a su disposición y la imposibilidad de abarcarlas todas.

En una de las múltiples asambleas convocadas para tratar de resolver tan trascendental cuestión, se alzaron nuevas voces: ¿Y si no fuera siempre ‘sí’? ¿Afirmarse, no es también dudar? ¿Los condicionantes de la elección no nos pueden llevar a nuestro ‘sí’?

El sí compromete, el ‘si’ condiciona, ¿Es necesario escoger?

Al anochecer, alguien dijo: ¿Y si el país no tuviera nombre?


Ilustración de: Míriam Bofill

Este artículo ha sido publicado en el número 181 de la revista – Oportunidad

Francesc Brunés
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