¿Cuándo fue la última vez que pensó en su propio entierro?
Durante mucho tiempo, la muerte era tema de conversación, el sepelio propio un objetivo al que dedicar recursos y tiempo en vida. No me refiero a faraones y emperadores, en las familias más humildes se hablaba de tener un nicho en propiedad.
Permítanme un ejemplo. Verán, no siempre me llamé José Antonio: el día que me registraron, mi padre y mi abuela no recordaban el nombre que me puso mi madre, por lo que, ante la urgencia del funcionario de turno, decidieron registrarme como José Antonio. José por mi madre y Antonio por mi padre. Sin embargo, al llegar a casa no se atrevían a decirlo, así que, por una semana, mi madre me llamó –no recuerda– Jesús o David y así hubiese seguido si no hubiera llegado el de los muertos, el señor que cobraba la cuota mensual del seguro funerario. Solo ante la presencia patente de una muerte posible (aunque lejana), mi padre fue capaz de revelar mi verdadero nombre. Mi madre montó en cólera, yo comencé a llamarme José Antonio y mi padre decidió que la cuota pasaría a ser anual.
Si todo lo anterior le suena muy lejano, no se preocupe, no es usted, es el mundo en que vivimos. Un mundo donde la muerte debe ser televisada, sangrienta y, a ser posible, con elfos y orcos.
Si bien esquivar la muerte es un antiguo anhelo de la humanidad, ahora parece que los científicos se lo están tomando en serio. Los supercentenarios no paran de aumentar, así como los estudios de regiones con población longeva y las clínicas antienvejecimiento. Parece que estamos en una carrera científica por aumentar el límite de la vida que, hasta ahora, se situaba en torno a los 120 años, pero que los oráculos farmacéuticos auguran que se superará este siglo, para prolongarse, quizá, de manera ilimitada.
No sé ustedes, pero a mí me aterra la idea de vivir por siempre. La invitación es a resistir, porque al ritmo que vamos, en unos años, organizar el propio funeral será un acto de subversión. Piénselo, morirse podría ser un acto final de resistencia.
Esta entrada ha sido publicada en el número 192 de Ciutat Nova: Morir: el arte de vivir
Acerca del autor
Educador, poeta, filósofo, papá y empecinado cocinero. Fascinado por las posibilidades que la tecnología ofrece para transformar la educación, mejorar el mundo y conectar personas.
