Tecnología que une a las personas y una pandemia que lo hizo evidente
A través de ejemplos muy ilustrativos de cómo la tecnología ayuda a acercar personas, a crear lazos y generar relaciones profundas, podemos entender la importancia de poner a la tecnología en su lugar, “justo donde puede hacer de nuestras vidas un lugar mejor porque hemos sabido darle el suyo”.
UNA NIETA Y UN ABUERLO A 10.000 KMS DE DISTANCIA
Aún no logro explicar por qué mi madre es tan hábil para los ordenadores. Sin apenas leer y escribir, fue capaz de comenzar a enviar correos electrónicos y a tener videollamadas para que, viviendo a más de 10 mil kilómetros, vernos cada semana se volviera una grata costumbre.
El reto, sin embargo, era que mi padre, alérgico a la tecnología, había decidido desde hace mucho quedarse en el siglo XX. Un día descubrí un aparato nuevo, uno que él podría entender. Desde México me las arreglé para que lo recibiera y para que otra persona se lo instalara.
Mi padre estaba reticente, casi enfadado, de que lo sacaran de su zona de confort. Configurar el aparato a distancia costó un poco de trabajo, por lo que ese abuelo alérgico a la tecnología estaba a punto de desistir cuando, por un arte de magia tecnológica, las fotos de su nieta comenzaron a desfilar por el aparato. Pronto entendió que las fotos aparecerían solas, que yo las cargaba desde México, sin que él no tuviera más que esperar. Pero lo que más feliz lo puso es que ¡no tenía ningún botón! Pronto aprendió a deslizar el dedo por la pantalla y al cabo de unas semanas aprendió a hablarle al dispositivo para que le diga cuándo juega su equipo de fútbol o cuál es el número de la lotería. Ahora pasa las tardes sentado a un metro de la pantalla, viendo las fotos que pasan y ha hecho tan suyo el dispositivo que no deja que nadie más le hable. Aún no logramos que nos llame, pero cuando por fin le anunciamos que íbamos a ir, mi padre solo alcanzó a decir, “estoy deseando abrazar a mi nieta, pero no estoy nervioso, la he visto crecer por este cacharro”. Pero, comencemos por el principio.
INTERNET DESATADO
Por más que los historiadores sitúan en los 80s (incluso en los 70s) el comienzo de internet, fue en este siglo cuando se popularizó.
Fue en el siglo XXI cuando internet se desató. Dejó atrás todos los cables que lo ataban a aparatos mastodónticos, a oficinas oscuras, cerradas con candados y extraños seres que se pasaban las noches escribiendo comandos en pantallas negras.
Con la llegada del wifi y de las conexiones móviles, internet vio la luz: es capaz de atravesar las paredes, y el móvil, que ya era un objeto común para usos muy específicos, se vuelve el Caballo de Troya que se ha colado hasta en nuestros espacios más íntimos: el dormitorio y el baño.
Esos lugares, improbables una década antes para un módem, una CPU y un monitor, se vuelven ahora espacios invadidos donde voluntariamente llevamos el móvil para que nos acompañe en esa intimidad. Conectarnos es lo primero que hacemos al despertar y lo último que hacemos antes de dormirnos. Incluso ya no nos sentimos seguros de salir sin el móvil: si lo dejamos en casa, regresamos por él.
La pandemia ha acelerado este proceso.
La tecnología, que ya antes de la Covid–19 parecía copar todos los aspectos de nuestra vida, durante la pandemia llenó casi cada rincón del tiempo y del hogar y nos hizo adoptar hábitos que hemos conservado. Esto, que podría ser una razonable señal de alerta, se ha convertido también en una oportunidad. No todo lo que se hace con tecnología es necesariamente mejor, pero la tecnología brinda espacios para acercarnos y conocernos como nunca hemos tenido en la historia de la humanidad.
A continuación, les muestro una serie de ejemplos de cómo la tecnología ha ayudado a acercar personas, a crear lazos y generar relaciones profundas. He preferido no llenar este artículo de datos duros y estadísticas ya que suelen ser estériles cuando se pierde la profundidad en la estadística. Espero que los ejemplos particulares ofrezcan mejores ideas de como usar la tecnología. Sin embargo, si bien todas son ideas personales, me consta que, lejos de ser únicas, han sido generalizadas. La tecnología como remedio para el aislamiento.
NECESIDADES EXTREMAS DE CONEXIÓN
Las personas en situación de adicción necesitan contacto, o al menos acceso casi permanente a compañía. Y para ejemplo un botón: Alcohólicos Anónimos (AA) comenzó a tener reuniones virtuales.
En el último número de Box 4-5-9, la publicación que la Oficina de Servicios Generales de AA publica trimestralmente desde Nueva York para todo el mundo, Trish L., responsable general de Canadá, ofreció esta perspectiva: “El comienzo repentino de la pandemia en 2020, como ya sabemos todos, creó un contexto totalmente nuevo para los grupos de Alcohólicos Anónimos de todo el mundo: el mundo virtual. Como no se podían seguir reuniendo cara a cara, el rápido salto de muchos grupos a las plataformas de reunión accesibles y baratas en internet dio lugar a nuevos desafíos interesantes y señaló la necesidad de tener nuevas perspectivas respecto de la incorporación de esta nueva plataforma en la vida de AA de manera tal que respete nuestros Pasos, Tradiciones y Conceptos”.
Hoy las reuniones presenciales han regresado, sin embargo, se mantienen abiertas reuniones virtuales que cumplen otras funciones, como atender a personas que están en zonas donde las reuniones no son tan frecuentes o que están convalecientes o que viven en lugares sin acceso a reuniones en su idioma.
Otro ejemplo de personas que necesitan conectarse son los adultos mayores. La salud mental de los mayores se mantiene más fácilmente cuando están en relación activa con otros. Cuando esto no es posible físicamente la alternativa tecnológica es de gran ayuda, como en el ejemplo que veíamos al inicio.
Si bien los adultos mayores son vulnerables físicamente, la tecnología contribuye a mantenerlos ágiles mentalmente. Durante la pandemia hemos visto tablets y teléfonos inteligentes en centros de salud y residencias para la tercera edad. En manos de enfermeros y cuidadores, estos aparatos se han vuelto ventanas donde los mayores veían a sus nietos y a sus hijos. Pero también han permitido, sobre todo a los más hábiles, seguir en contacto con sus esferas de relación, asistir a misa o entretenerse.
Conectarse ha permitido mantener la salud mental de muchos mayores, que están frente a un aislamiento extremo.
RELACIONES LABORALES EN LA VIRTUALIDAD
Antes de la pandemia yo estaba acostumbrado a trabajar a distancia, pero, durante la pandemia, dupliqué mi equipo de trabajo y a muchos de ellos nunca los vi físicamente.
El primer reto fue mantener el ambiente de trabajo, así como mantener la integración y buena comunicación del grupo, sobre todo cuando estaban pasando por situaciones difíciles.
El segundo, fue el desarrollo humano. Uno de los distintivos del área que lideraba era contratar a personas con muy buena actitud, pero que no necesariamente contaban con experiencia, y una de las promesas era acompañarlos para que se desarrollaran laboralmente. La virtualidad hizo más difícil ambas cosas.
La receta para superar ambos retos fue sobrecomunicar, relacionarnos en profundidad y abrir muchos grupos de chat. Recuerdo que al comienzo se estableció de manera informal la regla de contestar un mensaje sin dejar pasar más de 5 minutos. Eso hizo muy fluida la comunicación. También muy pronto las videollamadas se volvieron frecuentes y habituales, no solo las reuniones programadas, sino que en cuanto el mensaje escrito se volvía engorroso, nos enviábamos un enlace de videollamada para vernos a veces solo durante 5 minutos, el equivalente a preguntar algo a quien tienes junto a ti en la oficina. Eso hizo muy fluida la comunicación. Gracias a este primer hábito adquirido por inercia, preguntarnos cómo estábamos se volvió algo más que cortesía vacía. Comenzamos a establecer, en la virtualidad, relaciones profundas. Recuerdo especialmente la semana en que casi la mitad del equipo (que no se habían visto físicamente) tenía algún problema en casa. Cada día nos reuníamos al comienzo de la jornada solo para preguntar cómo estábamos y sobre la marcha se reorganiza el trabajo día a día. Por ejemplo, en una ocasión, alguien dijo “tengo tantas reuniones que no puedo hacer el trabajo de seguimiento”, a lo que otra respondió “yo no tengo cabeza, hoy necesito trabajo mecánico que me saque de lo que tengo en casa” y así se repartieron las tareas ese día: desde una profunda empatía con el otro.
Por último, teníamos los grupos de chat. Además de todos los grupos para casi cada proyecto, teníamos espacios virtuales de trabajo donde no se hablaba de trabajo. Por ejemplo, un chat donde al comienzo del día contábamos cómo estábamos y al final del día cómo nos íbamos, y eso era una excusa para saber cómo estaban los demás. Además, derivó en un espacio donde se compartían memes, chistes, tristezas, canciones y hasta se organizaban reuniones informales solo para convivir.
La relación se hizo tan fuerte que incluso las personas que ya no estamos en esa empresa nos seguimos llamando para contarnos cosas o solo para compartir. Apenas hace tres meses conocí a uno de mis antiguos colaboradores físicamente, fue sorprendente la cercanía entre dos personas que jamás se habían abrazado.
REDES SOLIDARIAS EN LAS EMERGENCIAS
Casi desde su comienzo las redes sociales digitales han sido especialmente útiles en tiempos de catástrofes naturales y conflictos. Algo tan simple como poder poner una insignia a tu perfil avisando de que estás bien durante una emergencia en tu zona, es suficiente para dejar tranquilos a la familia y amigos que han podido contactarte. Durante la pandemia, además de dar información precisa basada en los usuarios, por las redes sociales comenzó a circular un meme. No era gracioso, ni especialmente bonito, pero su mensaje era muy claro: “Si te quedaste sin comida, yo te la llevo hecha”. Comenzó así de simple, pero muy pronto comenzó a ampliarse en las redes: “si necesitas ir al super, yo te saco la basura, si necesitas que limpie tu casa” etc. Las redes sociales se convirtieron en redes solidarias y personas más o menos desconocidas comenzaron a hacerse ese tipo de favores.
En mi caso, lo viví en primera persona. Cuando tuvimos Covid en casa, decidimos avisar a los vecinos. Después de todo, compartimos espacios comunes. Así, usamos el WhatsApp del edificio y contamos las medidas que tomaríamos. También pedimos a los vecinos que prestaran especial atención cuando usaran el ascensor o tocaran la puerta de la calle. Confieso que lo hicimos con miedo, no sabíamos la reacción de los vecinos. Sin embargo, todo lo que recibimos fue solidaridad. Uno de los vecinos preguntó qué necesitábamos, fue a comprarlo y luego se acercó a nuestra puerta y lo dejó. Se alejó un poco y nos avisó por mensaje. Casi no conocíamos a ese vecino y, de no ser por las redes, jamás nos habría podido ayudar.
En septiembre de 2017, hubo un terremoto de 7.1 grados en la escala Richter en Ciudad de México. Una macabra casualidad hizo que coincidiera con el aniversario de otro gran terremoto en la misma ciudad, el de 1985. Por suerte, el de 2017 fue menos dañino, pero provocó grandes pérdidas. Aunque los equipos de emergencia y rescate están entrenados para reaccionar muy rápido, la gente se echó a la calle con ganas de ayudar. Mientras las conexiones telefónicas se caían, las redes sociales permitieron organizar la ayuda de manera rápida, indicando dónde era necesario hacer cadenas humanas para recoger escombros en los lugares en que no debían entrar las máquinas o dónde había que llevar agua y comida. Incluso indicando cuando ya no era necesario. La ayuda se organizó tan rápidamente que al día siguiente del terremoto lo más sensato fue atender a amigos que estaban ilesos, pero seguían asustados. Recuerdo haber ido a pasear con un amigo que solo necesitaba volver a la normalidad y hacerlo sabiendo que, lejos de ser insolidario, las redes nos avisaban de que eso era lo que había que hacer, no actuar de más.
De un modo parecido, las redes sociales fueron clave en los primeros días de conflicto en Ucrania. Mientras la invasión sucedía, los gobiernos y las organizaciones apenas se preparaban para actuar, cientos de personas se organizaban en redes sociales para, en cuestión de horas, coordinar acogidas de familias, reparto de alimentos, medicinas o mantas y, en cuestión de días, fletar autobuses de toda Europa capaces de ir hasta la frontera con Ucrania para llevar ayuda humanitaria.
LA TECNOLOGÍA EN SU LUGAR
Ojalá nunca fuera necesario, pero es precisamente en catástrofes y conflictos donde ese tipo de inteligencia colectiva que potencialmente tienen las redes sociales es más visible y mejor se aprovecha. Sin embargo, la tecnología tiene otras funciones: acerca, acompaña, organiza, comunica y, por supuesto, entretiene.
Además de todo lo anterior, si buscamos un poco más podemos encontrar ejemplos en el ámbito del bienestar o en la educación (como nos cuenta Mariel Badilla en este mismo número), redes de apoyo en la salud mental, de acompañamiento espiritual o proyectos orientados a conectar pacientes para acelerar investigaciones médicas. Soy consciente de que la tecnología tiene muchos detractores y de sus peligros potenciales, de que no son neutras: hay programadores haciendo que cada vez sean más adictivas y capten más nuestra atención y, además, siempre hay alguien dispuesto a hacer un mal uso de ellas. Muchos de los males que derivan de la tecnología, vienen de haberles dado un papel protagonista en nuestras vidas, de volvernos esclavos de ellas, de no saber cuando es necesario desconectar o de caer en las trampas de querer estar siempre conectado, de haberlas dejado colarse en nuestros baños o dormir bajo nuestras almohadas. De permitirles sustituir los encuentros verdaderos por los cibernéticos. De no saber, desconectar y reconectar.
Nada podrá sustituir la experiencia de mirar a una persona a los ojos y esto, qué es tan obvio, también lo afirma Larry Page, fundador de Google —que algo de tecnología debe saber—, aún así espero haber despertado un lado amable, haber dejado suficientes ejemplos de que, si dejamos de temer que la tecnología ocupe el centro de nuestras vidas, está encontrará su lugar, un poquito al lado, justo allí donde es útil para encontrarnos con otros, justo donde puede hacer de nuestras vidas un lugar mejor porque hemos sabido darle el suyo.
Esta entrevista ha sido publicada en el número 191 de la revista: ¿Tecnopeligro?
Acerca del autor
Educador, poeta, filósofo, papá y empecinado cocinero. Fascinado por las posibilidades que la tecnología ofrece para transformar la educación, mejorar el mundo y conectar personas.
