De cerca o de lejos, el conflicto es pariente de la polarización, de la que hablamos en el primer artículo de esta serie (El arte de polarizar). En esta segunda etapa nos proponemos analizar el conflicto. ¿Es inevitable? ¿Topamos porque somos diferentes? ¿O porque somos iguales?
¿De qué estamos hablando?
El conflicto es un elemento inherente al género humano por el hecho de que somos ‘animales sociales ‘, a veces más animales que sociales. Pero sí, somos sociales, llevamos los genes relacionales inscritos en el tuétano. Y vivir en sociedad conlleva comunicación, diversidad de opiniones, puntos de vista diferentes, historias y experiencias vitales diversas, e incluso opuestas. Es decir, que la convivencia conlleva conflicto. Pero también el conflicto puede conllevar un enriquecimiento de la convivencia e incluso fortalecerla.
Tal y como ya nos pasó con la polarización, definir el conflicto no es una tarea fácil. Una de las definiciones más completas la ofrece, a mi juicio, el sociólogo Vicenç Fisas cuando considera el conflicto como «un conjunto de situaciones de disputa o divergencia en las que existe una contraposición de intereses, necesidades, sentimientos, objetivos, conductas , percepciones, valores y/o afectos entre individuos o grupos que defienden sus metas como mutuamente incompatibles «. Creo interesante observar que de esta definición no se desprende una valoración ni negativa ni positiva del conflicto. Su bondad o maldad dependerá de la forma como lo gestionemos. Fisas habla de contraposición y, ¿qué más humano que los elementos opuestos, contradictorios, contrapuestos?
Un camino resbaladizo
Para profundizar la idea de conflicto será bueno ampliar la imagen viendo su recorrido y los vínculos que tiene con su pariente, la polarización. Para ello seguiremos las siete fases del modelo que propone el profesor y especialista en conflictos Colin Craig.
Cuando un conflicto se hace evidente para todos, podríamos decir, cuando estalla, generalmente se encuentra ya en su tercera fase. Las dos primeras suelen pasar desapercibidas. Es importante, sin embargo, tenerlas en cuenta porque son las que permiten una cierta prevención del conflicto y dan elementos importantes para encauzar bien su gestión posterior.
A continuación, se describen de forma breve las siete fases:
- Gestación: Aparecen signos incipientes de malestar. Anécdotas sin trascendencia aparente.
- Intensificación: Es una fase de duración muy variable y en la que los signos de malestar se hacen más evidentes y se generalizan. Como la anterior, esta fase también puede pasar desapercibida o ignorada, consciente o inconscientemente.
- Escalada: El malestar incubado estalla haciendo evidente el conflicto. Posiblemente sea la etapa de mayor virulencia en la que las emociones se expresan de forma apasionada, el desacuerdo es mutuo y se profundiza y ensancha. Los razonamientos se debilitan para dar paso a una generalización emocional de cualquier situación.
- Estancamiento: Las partes no están dispuestas a iniciar ningún acercamiento. Durante esta etapa álgida se invierte en lo que nos separa y en perseverar en el conflicto. Mientras esto pese más que la importancia de buscar un acercamiento, esta fase se prolongará.
- Acercamiento: La fase de estancamiento puede ser muy larga (de hecho, puede durar años), pero como mantener un conflicto requiere energías de todo tipo, tarde o temprano, llegará un punto de inflexión dado que las fuerzas flaquearan. Es el punto que define la finalización de la fase de estancamiento y el inicio de la de acercamiento. Buscar una solución pesa más que continuar invirtiendo en mantener el enfrentamiento. En esta etapa la figura de una persona mediadora puede ser clave. Hay que procurar que las partes puedan hablar sin reavivar el conflicto.
- Reconocimiento: Es la fase de la escucha. Ahora hablar y escuchar deben reencontrar el equilibrio. En esta dinámica se pueden empezar a afrontar los problemas que hay detrás del conflicto.
- Reconciliación: Es deseable que las dos fases anteriores (acercamiento y reconocimiento) desemboquen en esta última fase de reconciliación. En esta fase se pone cara al enemigo o adversario y se puede aprender a verlo de manera diferente. Crece el entendimiento, la imagen cambia, la reflexión sobre el comportamiento propio en el conflicto aporta una nueva perspectiva. Demasiado a menudo los conflictos se dan por terminados sin haber alcanzado plenamente esta última fase.
Parientes y quizás amigos
Hay quien considera el conflicto el hermano pequeño de la polarización. De hecho, que hay unos vínculos entre ellos parece fuera de duda. Lo veremos más claro si clasificamos el conflicto en cuatro etapas, recuperando el análisis de Bart Brandsma a quien ya nos referimos en el artículo anterior.
Cada una de las etapas incluye algunas de las fases descritas en el apartado anterior. Todas ellas están relacionadas con la polarización y conviene ser conscientes de sus relaciones y de cómo interactúan.
| CONFLICTO | POLARIZACIÓN | |
| Etapas | Fases | |
| PREVENCIÓN | 1 Gestación
2 Intensificación |
CRECIMIENTO |
| INTERVENCIÓN | 3 Escalada
4 Estancamiento |
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| MEDIACIÓN | 5 Acercamiento
6 Reconocimiento |
DECRECIMIENTO |
| RECONCILIACIÓN | 7 Reconciliación
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Durante las etapas de Prevención y de Intervención el conflicto alimenta la polarización y la polarización refuerza el conflicto. Esto se produce porque en cualquier conflicto hay público que, además, en estas dos etapas tiene una importancia creciente. Basta con pensar en una pelea en el patio del colegio. Hay espectadores y los polarizadores buscan seguidores. La polarización genera eco de los incidentes, un gran grupo se siente afectado y crece el número de aquellos que se posicionan en el ‘nosotros contra ellos’. En su posición de partidarios a distancia, no aceptan matices, pero sí los hechos que permiten culpabilizar a alguien.
En estas dos primeras etapas lo que aflora no son motivaciones, sino presunciones. El pensamiento en blanco o negro se beneficia de eslóganes ingeniosos y no de relatos bien documentados. Por ello, la polarización siempre crece más fácilmente y con más fuerza que el conflicto y también cuesta más reducirla.
En cambio, durante las etapas de Mediación y Reconciliación la frontera entre conflicto y polarización se va cerrando y la interacción entre ellas se reduce bastante. Ahora, los actores del conflicto no incluyen los polarizadores en su camino. Mientras las personas directamente implicadas se acercan y desarrollan comprensión, los seguidores implicados más indirectamente persisten en su camino del pensamiento en blanco o negro.
Los actores del conflicto no pueden hacer público que están hablando con su oponente sin quedar en evidencia; y ni por asomo podrán decir que los puntos de vista del otro les parecen razonables, y no digamos mencionar una posible reconciliación. El público polarizado no quiere que las partes en conflicto hablen. Deben terminar lo que han empezado. No quieren quedar decepcionados, no quieren sentirse engañados (¿traicionados?) Y se muestran muy desengañados cuando alguien manifiesta arrepentimiento o introspección.
¿Naturalmente?
A estas alturas del recorrido, posiblemente tenemos claro que el conflicto forma parte de la naturaleza humana. Pero ¿por qué?
Hay una explicación convencional que asegura que los conflictos aparecen porque las personas son diferentes, tienen ideas, convicciones, visiones, intereses, hábitos, rutinas, culturas o religiones diferentes. La fuente de los desacuerdos es la diferencia.
En cambio, René Girard introduce la idea del deseo mimético como fuente de todos los conflictos. Según este filósofo francés, el conflicto viene de la semejanza. Los conflictos aparecen porque todos queremos lo mismo: el mismo juguete amarillo, el mismo pedazo de tierra, el chico o la chica más guapa …
Si Girard tiene razón, el conflicto es la situación normal y no la excepción. Esto abre una perspectiva muy interesante y pone en cuestión aquella clásica definición de paz como ausencia de conflicto y da validez a la que considera que la paz es una larga serie de conflictos que hemos sabido gestionar civilizadamente.
De hecho, si la paz es ausencia de conflicto, este toma una connotación extremadamente negativa. Si el conflicto es la excepción, ¿quién lo ha provocado? ¿Quienes son los culpables? Cuando abrimos la puerta a la culpa estamos poniendo combustible al conflicto y la polarización, y obstaculizando cualquier esfuerzo para avanzar en su resolución. La culpa paraliza.
En cambio, si, como propone Girard, el conflicto es la normalidad, la capacidad de tratarlo es una condición indispensable para una buena colaboración. Entonces, el conflicto no perjudica la cooperación, es la oportunidad de establecer las bases de una buena cooperación.
Es imposible evitar el conflicto, pero sí tenemos la posibilidad de afrontarlo. Esconderlo sólo hará que la armonía sea una apariencia efímera. Por ello, hay que ser conscientes de la interdependencia entre conflicto y polarización, y también que un conflicto es un conflicto y una polarización es una polarización. De esta manera, en el próximo y último artículo, trataremos de encontrar herramientas de negociación para despolarizar. Averiguar si existen antídotos a la polarización y así tener más elementos para poder gestionar positivamente los inevitables conflictos.
Acceso al primer artículo: El arte de polarizar
Acerca del autor
Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.
