Al nacer empezamos a envejecer. Somos frágiles, vulnerables, capaces, dependientes, autónomos… en proporciones variables a lo largo de la vida. Un camino sembrado de crecimientos y decrecimientos que se alternan y combinan.
El rasgo que define con más propiedad a la vejez es el decrecimiento en las capacidades físicas y psíquicas. Nos percibimos viejos, viejas, cuando lo sufrimos en nosotros de forma significativa y, además, avanzando ineludiblemente. Pues bien, aunque suene paradójico, quiero subrayar en estas líneas que la vejez es también la edad en la que estamos invitados a crecer. Crecer no meramente en ámbitos no afectados por el decrecimiento, crecer sobre todo viviendo de un cierto modo el decrecer.
Este crecer se sitúa decisivamente en el espacio de la ética que denominamos vida buena. Con sus dos dimensiones: interiormente, la de maduración en nuestra manera moral de ser, que se expresa como maduración en actitudes-virtudes; externamente, la de realización de proyectos en los que plasmamos nuestros ideales de vida.
La vida buena se expresa en actitudes–virtudes y en proyectos en los que plasmamos nuestros ideales de vida
En el crecer en maduración interior hay de partida dos actitudes fundamentales, que se afinan al cultivarlas conjuntamente: la aceptación y la esperanza. Aceptar los decreceres que sufrimos, reconociéndolos en su justo alcance, aceptarlos desprendidamente, con agradecimiento por lo que pudimos e hicimos pero sin apego a lo que tuvo su tiempo. De lo contrario, la amargura inútil invadirá nuestra vida e impactará negativamente en quienes nos rodean. Acogerlos, en cambio, nos abre la puerta a la esperanza, la actitud que, también en su justo alcance, nos inspira metas nuevas posibles, nos alienta confiadamente a ellas, nos prepara para acoger lo inesperado.
Focalizados en la maduración de nuestro modo de ser, apunto solo una virtud, la paciencia, para ejemplificar cómo podemos crecer en la vejez precisamente viviendo adecuadamente el decrecer. No consiste en aguantar, consiste en reconocer coherentemente el peso de la realidad: de nuestra realidad de vejez, de la realidad de los otros, de la realidad del mundo; pide escucharlas y acogerlas. No para resignarse, sino para ajustarse a sus ritmos. Es por eso por lo que la paciencia, además de darnos serenidad, “todo lo alcanza”, como decía Teresa de Ávila. Más adelante mencionaré otras virtudes.
Crecemos en el ámbito de los proyectos cuando realizamos aquellos que nos plenifican y nos solidarizan con otros. También la vejez es etapa de proyectos, por supuesto, acordes con nuestras capacidades. Incluso, etapa de hacer aquello que las sobrecargas de la adultez nos bloquearon hacer. Proyectos de esparcimiento con quienes queremos, que desarrollan el lado festivo y gratuito de la vida. Proyectos formativos en temáticas que habíamos postergado. Proyectos de colaboración solidaria con organizaciones de voluntariado o reivindicativas de justicia social. En definitiva, cultivo de una autorrealización que sea auténtica respecto a nosotros mismos y esté abierta a los otros.
El decrecer, tarde o temprano, nos confronta con la necesidad de que otros nos cuiden. Expresando intensificación del decrecimiento, mostrando las dificultades de la vejez que no deben ignorarse –pueden llegar a ser muy duras-, es un nuevo reto para afrontarlo creciendo. En primer lugar, la vejez, si nuestro decrecimiento no es intenso, es una ocasión para cuidar: cuidar a mi pareja en lo que necesite, cuidar a los nietos en su justa medida, cuidar a cercanos externos a la familia. Solo creceré si realizo el cuidado adecuadamente: concibiéndolo como relación solidaria que nos realiza mutuamente, siendo consciente, para prevenir excesos, de que implica cargas pero que no es una carga sino una dimensión de realización, y alentándolo desde virtudes como el respeto, la escucha, la serenidad, la amabilidad o la paciencia.
Lo más propio del cuidado en el decrecimiento es que acabemos necesitando ser cuidados. Entonces, una primera virtud es clave para crecer: la humildad. Que sea manifiesto que necesito que me cuiden, revela mi fragilidad. Siempre la tuve, ahora, intensificada, toca acogerla lúcidamente, acallar el absurdo afán de autosuficiencia, reconocerme en mi verdad. Y hacerlo en la paz y serenidad, dispuesto a obedecer (ob-audire: escuchar) lo que reclamen los avatares de la psicocorporalidad que soy, festejando con agradecimiento que me cuiden, recibiendo los cuidados con actitudes como el respeto, la confianza, la colaboración o la paciencia. Será precioso que pueda formar con quien me cuide un “círculo de cuidado”.
Aunque muy escuetamente, creo haber dado suficientes pistas para crecer en el decrecer de la vejez. He supuesto que la persona mayor disfruta de condiciones socioeconómicas dignas que lo facilitan, algo que desgraciadamente no es el caso en muchas de ellas, lo que “clama justicia”. He supuesto también un decrecer que mantiene niveles significativos de capacidad, aunque sé que estos pueden acabar desvaneciéndose, como en las demencias avanzadas. Pero intuyo que incluso en estas circunstancias, nuestro previo crecimiento en el decrecer tendrá huellas de su presencia, que el crecer en una vida interior sustentada en nuestros mundos de sentido –el alma de los crecimientos descritos- seguirá activado en un imperceptible y no consciente hilo.
Autor: Xabier Etxeberria Mauleon, hijo de Arróniz (Navarra), es doctor en Filosofía, catedrático emérito de ética en la Universidad de Deusto (Bilbao) y miembro de su Centro de Ética Aplicada. Su producción intelectual siempre ha estado encaminada a favor de la justicia, de las víctimas de la violencia y de la paz.
Fotografía: Raquel Banchio
Este artículo ha sido publicado en el número 185: Atrévete a envejecer
Acerca del autor
Ciutat Nova: Revista trimestral donde descubrimos y compartimos historias y proyectos inspiradores y cercanos para fortalecer #vínculos positivos. #diálogo
