La imagen no es lo que representa
René Magritte a finales de los años 20 pintó un conocido cuadro en el que se veía una pipa y, debajo, la frase: Ceci n’est pas une pipe (Esto no es una pipa). Tenía razón. El cuadro no era una pipa, sino la imagen de una pipa. Una cosa es la percepción de la realidad y otra la interpretación que hacemos de ella. De la misma forma que diferenciamos una pipa de su imagen, hoy distinguimos a Dios, de las imágenes de Dios; a Jesús, de las imágenes de Jesús; la esperanza, de las imágenes de la esperanza, como bien escribió el pastor y teólogo alemán Gerd Theissen.
Hecha esta distinción, más que una crisis de Dios en nuestra sociedad, lo que estamos identificando es una crisis de la imagen o del concepto de Dios. Lluís Duch, doctor en antropología y teología por la Universidad de Tübingen, señala en uno de sus recientes trabajos sobre esta temática que la imagen actual de Dios resulta irrelevante y sin ningún interés para una gran mayoría de ciudadanos.
El problema radica en que muchas personas confunden a Dios con las imágenes que, paradójicamente, las iglesias han transmitido del Misterio de la divinidad a lo largo de la historia y que difícilmente muchas de ellas pueden ser asumidas por una generación llamada ya post-cristiana y post-moderna.
Son muchos los que consideran el hecho religioso como algo que pertenece a un pasado oscuro y supersticioso o como un anacronismo cultural. En la vieja Europa crece el agnosticismo y el ateísmo y Dios es expulsado de muchos círculos. Muchas de estas posiciones de descreimiento son el resultado de falsas imágenes interiorizadas de la divinidad. Cosa distinta es el mantenimiento de la dimensión espiritual del ser humano que, al ser algo intrínseco en su propia naturaleza, busca, por otros caminos, llenar el vacío que ha dejado la creencia en un ser supremo.
Cuando una imagen de Dios ha arraigado en el imaginario mental, cuesta modificarla. Es necesario tomar conciencia de la distorsión e interiorizar un nuevo concepto que coincida más con la naturaleza de la divinidad. Son muchas las imágenes mentales de Dios que reclaman su revisión. Dos de las que están en la base de muchas posturas agnósticas y ateas son: entender a Dios como un ser punitivo que impide una vivencia gozosa de la vida y el pensar que, si Dios quiere erradicar el mal y no puede, no es omnipotente, y que, si puede pero no quiere, es que no es bueno.
La imagen de un Dios represor
Hay imágenes que provocan el rechazo de Dios como resultado de una lectura al pie de la letra de los textos bíblicos que dan a entender a un Dios alejado, distante e, incluso, represor que extermina el mundo mediante un diluvio, que da muerte a los primogénitos de Egipto u ordena la muerte de hombres, mujeres, viejos, niños inocentes… durante la conquista de la tierra prometida. Es la imagen del Dios que castiga. Hay que explicar que muchos relatos del Antiguo Testamento deben entenderse como narraciones pedagógicas que pretenden despertar y mantener la fe de Israel en el Dios que se manifestaba en su historia.
Todavía hay personas que interpretan y enseñan que determinadas situaciones que ocurren en la vida como accidentes, enfermedades, paro, dificultades económicas… tienen su origen en Dios -por aquello de que todo viene de él- y que, incluso, son un castigo con una finalidad ejemplificante. Y, claro, esa imagen de un Dios que premia y castiga selectivamente, por razones más cercanas al azar que otra cosa, el hombre y la mujer del siglo XXI no puede asumirla.
Esta imagen que inspira desconfianza debe ser erradicada mediante la figura histórica de Jesús de Nazaret, expresión de la verdadera naturaleza de Dios: el amor. Jesús nos permite descubrir que ante Dios no hay sitio para el recelo, que Él está con nosotros acompañándonos en todas las circunstancias de nuestra vida, desde las más gratificantes hasta las más desgarradoras que tengamos que afrontar.
Dios no es un ser represor. Dios es la fuente de la vida, del bien, de la belleza, de la perfección, de la armonía, de la paz, de la serenidad, del gozo…
La imagen de un Dios impotente frente al mal del mundo
La imagen de un Dios silencioso frente al problema del mal es algo que requiere también una explicación. Parece que el dilema de Epicuro haya arraigado en el inconsciente colectivo y no acabamos de resolver la ecuación de cómo es posible compatibilizar el poder y la bondad de Dios con la realidad de tanto mal en el mundo. En primer lugar, es necesario entender el principio de la autonomía de la creación. El mundo se mueve por sus propias leyes naturales y todo lo que pertenece al espacio y al tiempo está sujeto a la limitación, la evolución, el deterioro y la extinción. Dios no es la causa de los efectos propios de la contingencia del mundo, ya sean estos terremotos, riadas, volcanes, inundaciones… con las consecuencias que acarrean como son las víctimas inocentes.
Tampoco podemos imputar a Dios las situaciones personales que debemos afrontar como son la enfermedad, el proceso de envejecimiento…; siguen siendo el resultado de las leyes, en este caso, biológicas. No es posible un mundo sin estas manifestaciones que no son más que expresión de su temporalidad.
Un segundo aspecto es el mal moral que tiene que ver con el mal uso de la libertad. Si bien el mal siempre tendrá un punto de misterio, muchos males son el resultado de nuestras acciones: construir viviendas de baja calidad, para lograr un mayor beneficio económico en una zona sísmica, acabará teniendo consecuencias letales. Es el comportamiento humano el que se encuentra detrás de la trata de blancas, los niños soldados, la corrupción, la injusticia, el crimen organizado, el tráfico de drogas, el engaño… Es el abuso de sustancias tóxicas como el alcohol, las drogas… lo que puede terminar en una enfermedad grave. Está claro que, en muchos casos, no hace falta buscar fuera de nosotros la causa del mal, sino dentro de nosotros mismos. El problema no es Dios, somos nosotros.
Hay que modificar, pues, esta imagen de un Dios alejado de la realidad, por la de un Dios presente, que nos envuelve y nos acompaña en medio de nuestras circunstancias y que no está ausente en el sufrimiento o en la desgracia resultado de la finitud del mundo o de las consecuencias del mal moral.
Conclusión
Las imágenes de Dios no son Dios, puesto que las trasciende todas. El mejor acercamiento que podemos hacer a la divinidad es mediante Jesús que dijo que quien le había visto a él, había visto al Padre celestial. Jesús es, la imagen fidedigna de Dios que erradica todos los conceptos distorsionados que a lo largo de los tiempos nos hemos hecho de la divinidad. Ceci n’est pas une pipe.
Acerca del autor
Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Estudios de Teología en la Facultad de Teología de Cataluña. Interesado en los lazos entre la psicología, la espiritualidad y la salud mental.
