«La fe es el estado de preocupación fundamental: la dinámica de la fe es la dinámica de la inquietud máxima del hombre». Paul Tillich.
Todo el mundo, con mayor o menor intensidad, de forma puntual o continuada en el tiempo, ha experimentado algún tipo de preocupación que, según el Diccionario del Institut d’Estudis Catalans, tiene que ver con «Tener el ánimo absorbido por alguien o algo que da ansia o tormento». Otra acepción es «Ocuparse con especial interés».
Durante los dos últimos años nos hemos preocupado (hemos sido absorbidos) por las consecuencias de la pandemia que hemos sufrido: la propia salud, la de la familia, la de los amigos o las repercusiones económicas de esta crisis. Al mismo tiempo nos hemos ocupado en el seguimiento de las medidas sanitarias y hemos cooperado, dentro de nuestras posibilidades, en facilitar las cosas a quienes lo estaban pasando peor.
Encontrarse preocupado en determinados momentos o circunstancias críticas es inherente al ser humano, habitualmente orientado a satisfacer sus necesidades básicas o de subsistencia: comida, bebida, vestido, descanso, trabajo, salud…
Nos preocupamos incluso por cuestiones poco significativas, por no decir banales. Parece que para mucha gente quien nos representará en el Festival de Eurovisión es un motivo de debate más importante que las cuestiones de justicia social, el creciente problema de las personas sin techo, la corrupción, el tema ecológico o el futuro de las nuevas generaciones.
Es posible que en ciertos momentos algunas inquietudes puedan llegar a alcanzar tal importancia que las demás queden subordinadas. Este hecho nos permite empezar a comprender la expresión «preocupación fundamental» que Paul Tillich asocia a la fe. Algunos sinónimos de «fundamental» podrían ser: esencial, primordial, básico, principal, necesario, imprescindible, trascendental. Así:
- Si estoy enfermo, mi principal preocupación será la recuperación de la salud.
- Si estoy comprometido social o políticamente, mi mayor interés puede llegar a ser luchar contra una determinada injusticia, incluso dejando de comer como sucede en una huelga de hambre.
Los seres humanos tenemos inquietudes que están vinculadas a nuestra naturaleza específica, sean estéticas, cognitivas, sociales, políticas o espirituales. En este momento, el conflicto armado de Ucrania es un buen ejemplo de máxima preocupación; tal vez para las personas más egoístas, siguiendo el razonamiento del teólogo J. I. González Faus, «por las repercusiones económicas que tendrán en nosotros las sanciones impuestas a Rusia» y, para la gente de buena voluntad, «por el dolor de tantos muertos, heridos, refugiados, viudas y huérfanos».
El teólogo alemán considera el mundo de la espiritualidad como la preocupación fundamental o última en el sentido de que el ser humano es capaz de ir más allá de su realidad y orientarse en la búsqueda del sentido de la vida, en el Misterio que la envuelve. Tiene sed de eternidad, se hace preguntas existenciales…
El texto evangélico de las hermanas Marta y María lo explica de forma comprensible. Marta se ocupa de muchas cosas que podríamos describir como necesarias para la cotidianidad y, por tanto, lícitas, pero todas son preliminares, finitas y transitorias. María se preocupa por una sola, aparentemente prescindible, cómo cultivar la dimensión del espíritu. Esta es sin embargo fundamental, desde la consideración de la naturaleza profunda de la persona.
La ola de secularización que nos rodea comporta que las cuestiones de la finitud a menudo alcanzan la categoría de absoluto y se convierten en una preocupación fundamental. En estos casos estamos ante las nuevas idolatrías del dinero, del poder, del estatus o del propio yo, entre otras muchas formulaciones.
Para Paul Tillich la preocupación fundamental o última es la fe, expresada en el mandamiento: «El Señor es nuestro Dios, el señor es el ÚNICO. Ama al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma y con todas las fuerzas» (Dt 6,4-5 BCI).
Adentrarse por el camino de la fe no es una opción más de la vida, como ser del Barça o del Espanyol, colaborar en una ONG, casarse o separarse… La orientación a lo trascendente es una opción que está por encima de estas opciones limitadas. Es por eso que la fe es una opción fundamental y crítica, en el sentido que afecta al conjunto de la persona, con fuertes implicaciones en todos los órdenes de su existencia.
Nuestro autor también incorpora la expresión «inquietud máxima del hombre». ¿Quizás porque la fe no va por los caminos de la objetividad y de las demostraciones fácticas? ¿Quizás porque inevitablemente debemos convivir con la duda? Al respecto de estas cuestiones se expresaba en estos términos: «A veces la certeza conquista la duda, pero no puede eliminarla. Lo que hoy hemos conquistado puede que nos conquiste mañana. A veces, la duda conquista la fe, pero todavía contiene fe. Si no, sería indiferencia. […] No se puede eliminar este elemento de incertidumbre de la fe. Es necesario aceptarlo. Y el elemento de la fe que la acepta es el coraje».
Coraje para empezar el camino y seguirlo, avanzando muchas veces a tientas. Deconstruyendo creencias pueriles y elaborando nuevas. Pasando de una fe heterónoma[1] inicial a una fe cada vez más adulta. Asumiendo muchas preguntas sin respuesta. Reconociendo el elemento de Misterio del objeto último de la creencia: Dios.
Ir más allá del aquí y el ahora, buscar el sentido de la existencia, orientarnos al Misterio que nos envuelve, buscar respuestas a las preguntas existenciales, trascender… nos sitúa en la necesidad de hacer una opción vital por la fe y en el coraje de creer. Cobran sentido, entonces, las palabras de Paul Tillich: «La fe es el estado de preocupación fundamental: la dinámica de la fe es la dinámica de la inquietud máxima del hombre».
[1] Sometida a un poder ajeno.
Acerca del autor
Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Estudios de Teología en la Facultad de Teología de Cataluña. Interesado en los lazos entre la psicología, la espiritualidad y la salud mental.
