Poner nuestra mirada en el medio ambiente es también ponerla: en el mando del aire acondicionado, en el pobre que rebusca en los contenedores, en el anuncio de una camiseta o en el nieto que ve la televisión.

 

La chispa

De los 17 Objetivos del Desarrollo del Milenio (ODS), hay 10 que, de una u otra manera, incorporan la idea de la restauración de los ecosistemas. De hecho, la chispa de los ODS se origina en la necesidad de combatir el cambio climático. Una chispa, sí, pero que provoca el gran ‘incendio’ de la sostenibilidad.

Gandhi afirmaba que “la Tierra es suficiente para todos, pero no para la voracidad de los consumidores”, abriendo así las puertas a un concepto de sostenibilidad que es poliédrico, que nos habla de poder cubrir las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras y garantizando el equilibrio entre crecimiento económico, cuidado del medio ambiente y bienestar social.

Por lo tanto, más allá de la solidaridad intergeneracional, la sostenibilidad se nos presenta como un tejido de interrelaciones entre aspectos ambientales, económicos y sociales. Como afirma el papa Francisco en ‘Laudato si’: “Todo está conectado”.

Las interconexiones y la naturaleza integrada de los ODS reflejan la necesidad de poner el foco en las relaciones existentes entre las personas y el medio ambiente. Richard Sennett , en su libro ‘Juntos’, asegura que hemos lastimado nuestra capacidad colaborativa y que tendremos que recuperar nuestra naturaleza de seres sociales. Es, pues, en este reencuentro donde radica el concepto de conseguir mejoras substanciales en el equilibrio de los ecosistemas, desde una óptica integral, relacional e integradora.

Por tierra, mar y aire

La casa de los humanos es la tierra, nuestro hábitat natural. Con la tendencia creciente a concentrarnos en grandes aglomeraciones urbanas, podemos llegar a percibir la naturaleza sólo como un elemento de disfrute para nuestros momentos de ocio, como  aquello que contemplamos los fines de semana y en los periodos de esparcimiento: bosques, humedales, montañas, ríos, lagos y también las zonas áridas, y son éstos los que constituyen los ecosistemas terrestres e interiores de agua dulce, un patrimonio de la humanidad que, más allá de su belleza, requiere velar por su conservación y por el restablecimiento de un uso sostenible, como requiere el ODS15.

 

La subsistencia de más de 1600 millones de personas depende directamente de los bosques, que cubren casi el 31% de la superficie del planeta, y su degradación afecta al 75% de la población pobre del mundo. Además, los bosques albergan más del 80% de todas las especies terrestres de animales, plantas e insectos: 8300 razas conocidas de animales, de las cuales, el 8% ya se ha extinguido y el 22% se encuentra en peligro de extinción.


LA AGENDA 2030 ES UNA GUIA DE URGENCIA DE CAMBIO


Más allá de los datos, más allá de las personas que dependen directamente de los ecosistemas terrestres para su subsistencia, todos necesitamos aire limpio para respirar y mantener la salud del cuerpo, agua potable para beber y alimentos para nutrirnos. Las huellas de nuestra vida cotidiana pueden dejar un rastro insostenible. El impacto de una producción al servicio del máximo beneficio y de un consumo sin límites provoca una explotación de recursos, en absoluto sostenible.

El mar se está convirtiendo en un vertedero de residuos y deshechos, lo que provoca una contaminación marina de todo tipo, ocasionada especialmente por las actividades que se realizan en tierra. Contaminación que hay que prevenir y reducir significativamente, como establece el ODS 14. Nos gusta ir al mar, pescar, bañarnos, o simplemente contemplarlo; fijar la mirada en el horizonte inalcanzable nos amplía la perspectiva sobre lo que estamos viviendo y nos despierta la espiritualidad, inherente a la persona humana. Quizás, en nuestra inconsciencia de toda la degradación que la masa marina esconde, sería bueno que nos dejásemos interpelar por su dolor, por el clamor de quien debe recoger el resultado de la gran cantidad de actividades cotidianas, por el grito doliente de quien ha de engullir todo lo que nuestras cloacas arrastran, desde el desagüe de casa hasta el mar. Un mar que espera con fruición el agua de ríos y torrentes y, en cambio, recibe vertidos incontrolados y residuos inadecuados.

Sí, ¡Todo está conectado! El lavabo de casa, con el mar; el taller mecánico de al lado, con el río que discurre a kilómetros de distancia; el avión que nos traslada al otro extremo del mundo, con el aire que respiramos en el parque de debajo de casa; las materias primas  y los sistemas de fabricación de la empresa donde trabajo, con las condiciones de vida de un poblado perdido en el corazón de África. Cualquier acción que hagamos, por pequeña que sea, no es neutra, tiene un impacto positivo o negativo sobre los ecosistemas.

Visto, pues, que todo lo que hacemos o dejamos de hacer favorece o ralentiza el proceso del cambio climático al que estamos abocados, el ODS13 requiere mejorar la educación, la sensibilización y la capacidad humana e institucional para mitigarlo sus, aprender a adaptarnos mejor a él, reducir las consecuencias negativas y estar alerta anticipadamente.

 

De imposible a imprescindible

La Agenda 2030 es una guía de urgencia del cambio. Es una llamada a que dejemos de poner los objetivos en el cajón de los imposibles, es decir, en el cajón del olvido, y a que los pongamos en la bandeja de los asuntos posibles.

Pueden ser tan difíciles como se quiera, pero deben estar en el recipiente de lo que es posible, porque son imprescindibles y, además, lo son con urgencia. Los ODS plantean lo que se denomina ‘wicked problems’ (problemas de difícil solución) y que, por lo tanto, exigen  ‘wicked solutions’, es decir, soluciones complejas, innovadoras y de colaboración entre los diversos actores.

Planeta, personas, dignidad, prosperidad, justicia, asociaciones y alianzas resultan esenciales para cumplir con la Agenda 2030. Por lo que ahora, más que nunca, se necesitan liderazgos – y recordemos que todos somos líderes en algún momento- que apuesten decididamente por una transformación sistémica que permita avanzar de manera firme y sostenida en el tiempo hacia la consecución de los ODS.

Tendremos que abandonar un modelo de colaboración, basada en transacciones y proyectos ‘ad hoc’ a corto plazo, para pasar a un modelo de transformaciones que garantice el cambio sistémico a largo plazo. En este sentido, de nuevo, Sennett nos recuerda que la colaboración más interesante es la de aprender a trabajar con personas lo más diferente posible de nosotros mismos, buscar como socios a actores muy diversos, menos tradicionales, incluyendo actores vulnerables y marginados, y no como beneficiarios sino como actores activos en su propio desarrollo.

Las sociedades son sistemas muy complejos y en transformación. La urgencia de enderezar la deriva de degradación del medio ambiente en un contexto globalizado y, al mismo tiempo, la necesidad de una multiplicidad de acciones locales multidisciplinarias e interdependientes es sólo una muestra, quizás una de las más significativas, y el gran reto que nos plantea la Agenda 2030. La certeza de que todos podemos ser impulsores de cambios positivos es la chispa de esperanza que puede ocasionar el gran fuego de la colaboración que las generaciones que vendrán nos exigen ahora. Mañana, ya es demasiado tarde.

Este artículo aparece publicado en el número 182 de Ciutat Nova: ¡Naturalmente!

Acerca del autor

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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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