Harrison: decisiones valientes en condiciones terribles

Lo que más me impacta de Harrison no es la epopeya que pasó –que tiene todos los elementos que nos podamos imaginar de una tragedia de un superviviente del Aquarius, y más– sino su actitud vital. Ha visto y padecido –en Libia– lo peor de nuestra especie y mantiene más esperanza en la humanidad que muchos de nosotros.

1a ETAPA – BENÍN (Nigeria)

En muchos países, ser el hijo mayor es todo un reto e incluso un peso, una losa que te cae encima. Este es el caso de Harrison, nacido hace 35 años en Benin, la segunda ciudad más grande de Nigeria, y el hijo mayor de los siete que su madre tuvo con su padre, que tuvo dos más con otra esposa.

De adolescente, junto con su madre, se hizo cristiano y este cambio le comportó lo que él, elegantemente llama “malentendidos” con su padre, un líder comunitario muy apreciado de una tradición religiosa de su país. Hacia los 20 años, Harrison quiso alejarse y se fué a Lagos, la ciudad más grande de Nigéria donde se ganaba la vida como soldador y conoció a Felicia. Al poco tiempo murió su padre y los miembros de su comunidad le pidieron a Harrison que volviera a casa y ocupara el rol de líder le tocaba sustituyendo a su padre. Él se negaba, pero la presión se le hacía tan insoportable que se escapó aún más lejos, a Bengazhi, en Libia donde Gadafi estaba a punto de perder el poder.

2a ETAPA –LiBIA

En medio del trato indigno, decició vivir como una persona libre

La estancia en el nuevo país fue un viaje al “corazón de las tinieblas” que fue agravándose a medida que aumentaban las crisis de todo tipo. Sufrió cuatro detenciones sin ningún motivo por parte de los policías que a veces lo eran y a veces no. Una de estas veces lo llevaron a una comisaria de AlQaeda y otra le arrestó un grupo de cariz mafioso. Durante la segunda detención lloró desconsoladamente una semana seguida hasta que decidió que no lo haría más; de la tercera comisaria se escapó aprovechando el cambio de guardia, como en las películass.

En medio de estos y otros tratos indignos e indignantes, decidió vivir como una persona libre y no escondía su identidad cristiana, como cuando un día un taxista le hizo una pregunta habitual: “tú eres cristiano o musulmán? Y contra toda la lógica y el sentido común que es de esperar en aquel contexto, le dijo la verdad. “Yo no puedo negar mi fe” –me dijo–.

Ante tal argumentación desarmante, tienes la neta impresión de estar delante de un hombre que se ha ganado su libertad y ya no tiene miedo. Recordé a Viktor Frankl cuando dijo que son las decisiones, no las condiciones, lo que determinan quien somos.

Harrison: Después de la cuarta estancia en una comisaria, Felicia y yo llegamos a casa y estaba vacía. Más que una detención, había sido una emboscada para robarnos todo lo que había en el piso que compartíamos con otros familiares. Allí Felicia lo tuvo claro: “Ya no aguanto más aquí” Y decidimos irnos a Europa, con ella embarazada.

Josep: Pero os lo habían robado todo.

– H: Sí, en Tripoli un amigo nigeriano nos consiguió un viaje en patera hacia Europa. Así, sin más explicaciones.

– J: ¿Y tu otro amigo, el que se fue de Nigeria y trabajasteis y compartisteis detenciones y empresas en Libia? ¿Qué es de él?

– H: No he sabido nada más, pero por lo que siento, estoy casi seguro de que está muerto.

3a ETAPA – EL MAR

– H: La barca salió un jueves a las 9 de la noche y al día siguiente ya empezó a hundirse.

– J: ¿Cuántos erais?

– H: No lo sé. Había gente de muchos países y oí que alguien hablaba de unas 200 personas. Lejos, muy lejos se veía un barco de rescate rojo –el Aquarius–, pero con la barca no te podías acercar y, además, se estaba hundiendo. Tampoco había suficientes chalecos salvavidas y nosotros nos quedamos sin ninguno. Felicia no sabía nadar y ya estaba embarazada de 6 meses.

Mientras va explicando todo eso, Harrison cierra los ojos recordando aquella situación desesperante y al parecer no deja de recordarse a sí mismo que es un superviviente. Pero a pesar de todo el sufrimiento del recuerdo, está entero y se nota que lo quiere explicar, que quiere que se sepa todo lo que pasaron. Y sus ojos pacíficos y firmes –que con la mascarilla ahora todos hemos aprendido a leer mejor– hablan de un hombre entero, fuerte, pero no rígido.

Abre los ojos y te cuenta, con las manos y los brazos haciendo como si sacara agua de un pozo con un cubo, las tres veces que tuvo que remontar a Felicia que se hundía y no sabía nadar. Cuando Harrison ya había tragado más agua de la que podía beber tomó una decisión: “Que se salven Felicia y Daniel –el bebé que aún estaba en el vientre pero ya tenía nombre–. Yo seguiré vivo en ellos”.

Pero al día siguiente se despertó a bordo del barco rojo, el Aquarius, y Felicia le contó que pudo coger un chaleco salvavidas que había quedado flotando en el agua y así los pudieron rescatar.

Silencio. No hace falta añadir más palabras para entender qué le pasaba por la cabeza y la piel cuando recordaba todo eso. Son una familia de supervivientes.

Los dos respiramos hondo y yo siento como si también me hubiese quitado un peso de encima, como si ya estuviese allí en la cubierta del Aquarius.

– H: Después pasamos por delante de Sicilia, pero –como ya sabéis– el gobierno italiano nos había cerrado las puertas. Los otros países europeos lo veían, pero no hacían nada hasta que, el gobierno español nos aceptó y llegamos a Valencia.

4a etapa – EUROPA

– H: Nos repartieron por diferentes ciudades. A nosotros nos tocó ir a Gerona y a los dos meses nacía Daniel. Aquí nos hemos sentido muy bien acogidos y hemos encontrado algunos ángeles de la guarda que nos han acompañado, la primera profesora de catalán que tuve, Irene… Aquí estamos seguros.

– J: ¿Qué quieres decir?

– H: Puedo salir una hora más tarde del trabajo, coger la bicicleta e ir por la calle sin miedo incluso si es de noche. Aquí duermo con los dos ojos cerrados, pero en Libia siempre tenía que dejar uno abierto y los dos oídos alertas.

Ahora, cuando recuerdo el barco atravesando Sicilia y la decepción que nos llevamos al ver que no nos querían acoger, pienso que a veces los planes de Dios no son los mismos que los tuyos.

Esta afirmación podría parecer una frase hecha, pero pronunciada por una persona que ha pasado por todos esos infiernos, toma otra dimensión: humildad, aceptación, agradecimiento…

– J: Estás muy agradecido por la acogida, pero seguro que hay muchas cosas que tenemos que mejorar.

– H:  Sí. Los papeles, la burocracia. Me enseña una tarjeta roja gracias a la cual ahora tiene un trabajo, pero es temporal, cada seis meses la tiene que renovar y con esta temporalidad su futuro es incierto.

– H: La burocracia va muy lenta y nosotros tenemos que comer. Yo no quiero que me den dinero sin hacer nada, quiero trabajar… Y ahora acaba de nacer Deborah.

– J: Y cuando alguien de tu país te dice que quiere venir a Europa, ¿qué le dices?

Esta es la única pregunta que no responde con palabras: simplemente se llevó las manos en la cabeza tapándose los oídos solo al recordar aquel viaje imposible que les ha convertido en supervivientes.

Después de conocerlo aún me sorprende más que el debate sobre los migrantes y refugiados se plantee en términos de lo que nosotros les podemos dar, cuando tendría que ser también sobre lo que ellos aportan, porque lecciones vitales como las de Harrison hay más de las que queremos o nos dejan ver.


Entrevista publicada en el número 183 -Ototño 2020- de Ciutat Nova. Aquí puedes leer toda la revista.

Sobre l´autor

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Tras una amplia experiencia en el mundo de la enseñanza, actualmente está en la dirección de la revista Ciutat Nova.

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