Era muy joven cuando tuve mi primer empleo. Actualmente se diría que aún era un niño. A finales de los años 60’ era normal, para la mayoría de la población, empezar a trabajar con catorce añitos.

Sea como sea, para subir a la oficina en la que trabajaba, debía pasar por el lugar donde se preparaban los paquetes para enviar las mercancías. Había un señor mayor – el padre del propietario – que cada tarde ayudaba en esta tarea. Yo, cuando pasaba repetidamente por allí, iba observando aquella actividad que me parecía bastante entretenida, excepto cuando el paquete era de gran envergadura o excesivamente pesado. Tenían unas cintas adhesivas donde ponía “FRÁGIL” en una y “MUY FRÁGIL” en la otra. Mi curiosidad hizo que un día lanzase la pregunta a aquel señor mayor – que se llamaba Federico y era de Navarra – quien, con una sonrisa en los labios, me explicó que los paquetes a los que se adhería esta cinta eran aquellos que contenían materiales que podían romperse con facilidad y, por tanto, era necesario tener cuidado en su manipulación.

Ahora, medio siglo después me viene a la cabeza esa anécdota y pienso que, si se tuviera que enviar a las personas dentro de cajas de cartón, sería necesario siempre la indicación de ‘frágil’ o, incluso, ‘muy frágil’. Ya éramos frágiles entonces, a pesar de que la juventud y las supuestas certezas lo escondían. Ahora, la época que vivimos y los años que han pasado, me ponen de manifiesto la extrema fragilidad del ser humano. Aún más, la gran fragilidad del mundo en el que vivimos. Sí, porque no sólo somos vulnerables a nivel personal, sino que también lo somos a escala social, colectiva.

Frágiles son las relaciones, los vínculos, los lazos que nos ponen en relación los unos con los otros y con nuestro entorno. Frágil es la naturaleza que padece en gran medida, cuando ve roto su equilibrio por una acción humana soberbia y depredadora. Frágil es la convivencia, puesta a prueba constantemente y con intensidad creciente por la pluralidad y la diversidad. Frágiles son los sistemas que se tambalean y amenazan de caer ante la acción devastadora de un virus invisible. Frágiles son las emociones que estallan y se desequilibran ante los envites de la vida. Frágil es la salud que a menudo huye sin previo aviso, golpeándonos con la enfermedad. Frágil es la ciencia y la técnica, impotentes para dar respuesta al hambre, la pobreza, las desigualdades y las injusticias que azotan a la humanidad. Frágil es la vida que se nos escapa de las manos sin darnos cuenta. Frágil, muy frágil, he aquí la cinta adhesiva con la que habría que envolver todo el planeta.

Por tanto, la gran pregunta: ¿quién cuida tanta fragilidad? Los gobiernos, ¿incapaces de dar respuesta a problemas locales en un mundo globalizado? Las instituciones, ¿faltas de recursos suficientes y sin alma que las anime? Todos juntos, pero nadie podrá tener suficiente cuidado de nosotros, nadie podrá cuidar nuestras múltiples fragilidades, si no nos cuidamos los unos a los otros. Posiblemente esta sea una de las pautas para una nueva modernidad: poner la política, la economía y las instituciones al servicio de que podamos cuidarnos fraternalmente los unos a los otros.

Francesc Brunés
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