Una generosidad de ida y vuelta
Una historia muy humana que empieza y acaba con el cuidado mutuo de unas relaciones que son auténticas porqué son gratuitas.
La principal característica de Hilario, de 96 años, soltero y madrileño muy castizo, siempre ha sido ayudar a todos: personas mayores, inmigrantes, gente necesitada de su entorno, etc., personalmente o colaborando con obras sociales.
Su generosidad hacía que se acudiese a él para pedirle de todo, hasta el punto de sentirse acosado (así decía) por las continuas peticiones que vaciaban incluso su cuenta corriente.
El año pasado enfermó gravemente; una neumonía le retuvo un mes en el hospital con gran sufrimiento físico y espiritual. Al salir, un matrimonio amigo le acogió hasta su plena recuperación.
Al mes volvió a casa donde estaba Tere a quien él había acogido y le pagaba para que le ayudara en la casa, pero acabó por hacerse la dueña pensando incluso en quedarse allí cuando Hilario faltase. Un grupo de amigos le ayudamos a que eso cambiara.
Hilario contaba solo con su pensión mínima. Su casa la había donado y vivía en ella como usufructuario. Tenía además un local que alquilaba, pero el inquilino dejó de pagarle y se encontró sin dinero para vivir. De nuevo su grupo de amigos pudimos ayudarle a cambiar de inquilino.
Durante la semana le cuida una chica joven que se maneja bien con las nuevas tecnologías y podemos estar en contacto con él a través de la red y del móvil.
Los fines de semana nos turnamos nosotros para ayudarle y hacerle compañía.
Así, más controlado y protegido ha podido rehacer su vida con la ayuda de todos y está feliz. Una generosidad que va y vuelve.
Autor: Guillermo González
Este artículo ha sido publicado en el número 185: Atrévete a envejecer
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