La pandemia de la Covid19, como un juicio universal anticipado, hace patente la urgencia evidente de un nuevo compromiso cívico, a partir de la ciudad, para cuidar del otro haciéndose cargo de sus heridas que laceran nuestra vida social.

 

En los últimos meses la pandemia ha dado la vuelta al mundo, ha hecho más agudas las ya graves desigualdades, las contradicciones del capitalismo 4.0 o de la vigilancia. Es necesario un cambio radical como respuesta a la Covid19. La herramienta para ganar este desafío consiste en el cuidado, tal como se ha puesto de relieve en la «Carta para un compromiso cívico»: «El cuidado es, ante todo, una mirada nueva sobre las personas y la sociedad, haciéndose cargo de las heridas y de las fracturas de diversa naturaleza que laceran nuestros contextos vitales. Cuidado de las personas, de la pobreza, incluso la de la educación, el medio ambiente, el cuerpo social, la paz «.

Se trata, pues, de conjugar ecología integral con un nuevo modelo de desarrollo sostenible, con la política de los cuidados. Todo está conectado. Todos los saberes están implicados en la complejidad de la respuesta a la pandemia: medicina, psicología, urbanismo, educación, sociología, comunicación, etc. Se trata del fin de la modernidad con su rígida separación entre las especializaciones. Lo exige la salud como un bien global.

Pasquale Ferrara, diplomático y experto en relaciones internacionales, define el nuevo horizonte que tenemos delante como «proximidad global». Resulta ilusorio el restablecimiento del orden preexistente. Si no queremos asistir al fin del “Imperio Romano de Occidente», hay que trabajar para un nuevo Renacimiento, 500 años después, basado en la justicia social y ambiental.

Se trata del pasaje de un sistema de warfare a otro de welfare, dejando de lado las guerras y los ingentes gastos en armamento para los libros de historia. Si queremos pasar de la simple previsión a la mirada de largo alcance, necesitamos pensar en una alta política para la seguridad humana en una democracia capaz, no sólo de decidir, sino también de conjugar representación y competencia. Tendremos entonces un ecosistema internacional en grado de responder a la sociedad del riesgo descrita por el sociólogo Ulrich Beck con una nueva arquitectura política entre las dimensiones nacional, supranacional, multilateral.

Será una transformación en sentido cosmopolítico del Estado, el pasaje de la fatalidad a la capacidad de elegir en una civilización reflexiva. Entonces, viviremos en una proximidad global, la mejor respuesta a esta terrible pandemia, para que no pase en vano. La fragilidad de la polis, en nuestras ciudades, pone en discusión nuestra vocación política, en este «juicio universal» anticipado, representado por la Covid19, tal como afirma Antonio Baggio, profesor de Filosofía Política en el Instituto Universitario Sophia. En esta pandemia, que pone a prueba nuestras fragilidades y la necesidad de cuidado, la fraternidad llama a la puerta, poniendo en entredicho la autonomía de las personas individuales, en el sentido de que nadie es autosuficiente.

La libertad viene a encontrarnos con el rostro del otro, como pone de relieve la jurista Adriana Cosseddu. Es un pasaje de los males comunes a los bienes comunes, afirma el economista Luigino Bruni. Pasada la pandemia, ¿seremos conscientes de las limitaciones de nuestra existencia y de la necesidad de modificar los estilos de vida y el modelo de desarrollo económico?

La comunidad de destino de la humanidad nos empuja ya a valorar los bienes comunes y poner en el centro el gobierno del bien público. Partir desde abajo, de las ciudades inteligentes. Las ciudades serán, de hecho, las trincheras del futuro, de las que se puede liberar una fuerza de solidaridad y fraternidad. Será la mejor respuesta al virus que ha atacado su vulnerabilidad y violencia. Pensamos las ciudades como racionalidad, pero no es suficiente, afirma la urbanista Elena Granata a Biodivercity. Hay que descubrir el alma, los sentimientos, las dimensión afectiva, artística, humana. Hará falta un nuevo impulso en la planificación. No basta con más ingenieros, arquitectos, planificadores, técnicos. La complejidad exige nuevas miradas de artistas – filósofos – emprendedores, políticos, pedagogos, arquitectos – jardineros – ambientalistas, diseñadores – carpinteros, neurobiólogos – urbanistas. Personas creativas, capaces de conjugar la utilidad con la imaginación.

Se trata de la actitud de saber ver una arquitectura integral de una ciudad. La creatividad consiste en hacer convivir en unidad las diferencias, valorar la energía de una comunidad, transformando las emociones en comportamientos. Nos encontramos en la pendiente de la discordia – concordia, de las desobediencias positivas para generar diversidades generadoras, contradicciones que aportan mejoras.

Tendremos que aprender a vivir en ciudades conscientes de sus vocaciones, en ecosistemas diferentes y plurales. Hablamos de diversidades que provocan diferencias en una visión armoniosa de la comunidad. En definitiva, necesitamos explorar nuevas formas de vida y manera de habitar. Por ejemplo: el barrio con todos los servicios en el radio de 15 minutos a pie como en París, contra la polución por una movilidad inteligente. El confinamiento nos recluye en casa, en el barrio, en los pueblos. Por lo tanto, debemos pensar en un uso más flexible del espacio urbano con comercios de proximidad, utilización de espacios al servicio de los barrios, para reducir las aglomeraciones en los grandes centros comerciales.

Serán de utilidad más médicos de familia y enfermeros a domicilio coordinados por hospitales de comunidad de fácil acceso. Hay que reducir las desigualdades entre el centro histórico y las periferias. Por ello, hay que hacer proyectos de rehabilitación de los barrios, recordando las lecciones del sociólogo Richard Sennett sobre la interdependencia entre la forma de las ciudades y la calidad de vida. Las ciudades deben descentralizar, reorganizando la economía, la densidad y la compactación. Nos lo impone el cambio climático provocado por la contaminación.

Es necesario ayudar a las personas que viven en pequeños pueblos, incluso en pequeñas aldeas de montaña. El recorrido del compromiso cívico para la salud del cuerpo social tendrá que afrontar el problema de la densidad, esponjamiento de las personas en los barrios con urbanistas y administradores municipales para prevenir futuras pandemias. Las ciudades frenéticas de hoy habrá que sustituirlas, entre el 2030-2050, por ciudades sanas, ecológicas, bonitas, inteligentes. Una revolución desde abajo con el compromiso de los ciudadanos directamente interesados ​​en la calidad de vida.


Autor: Silvio Minnetti

Este artículo ha sido publicado en Città Nuova

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