Una creencia bastante extendida actualmente es la que asocia la novedad a una cosa buena, una propuesta mejor. Si es nuevo, es bueno. Obviamente esto es una posibilidad, pero no una certeza. El mundo del marketing se esfuerza en hacernos creer que siempre es así, para que aceptemos con interés – y predisposición a la compra – las novedades que nos ofrecen continuamente. No quisiera negar que más de una vez esto sea verdad, sólo querría poner un punto de reflexión antes de aceptarlo como un axioma. Sea como sea, nos movemos en un mar de novedades.

Innovación es una palabra muy utilizada hoy en día. ¿Quizás demasiado? Sinceramente, creo que no. En todo caso, pienso que a veces se usa mal o en un contexto poco acertado. A menudo escucho discursos en los que parece que innovar sea una obligación, algo que es necesario dar por descontado, como necesaria; pero no se acaba de explicar bien el porqué de todo ello. Parece como si fuese una moda que afecta a todos los ámbitos de la vida, de los negocios, de la política, de la economía, … Afecta a las cosas y – a veces – incluso a las personas. Lo que es nuevo, sirve, funciona y es bueno. Lo viejo hay que rechazarlo, reciclándolo o no. Si es una moda no es innovación. Las modas son siempre, en mayor o menor grado, pasajeras. La innovación es otra cosa. No se improvisa. Es una manera de ser y de hacer, para afrontar los problemas, nuevos o viejos, con soluciones diferentes a las existentes hasta el momento.

No hay que esforzarse demasiado en demostrar que el mundo es absolutamente cambiante. Basta con asomarse y mirar un rato por la ventana. De forma rápida y desenfrenada aparecen situaciones nuevas, nunca experimentadas hasta el momento. Nuevos problemas, nuevos retos, nuevos desafíos que exigen respuestas nuevas, diferentes, innovadoras. No podemos resolver problemas nuevos con respuestas ajadas. Parece pues sobradamente justificada esta cosecha abundante de propuestas basadas en la innovación. Es necesario pues innovar, pero, ¿Cómo hacerlo? Es evidente que responder a esta pregunta significaría escribir páginas y páginas, cosa impropia de un espacio como este y un desafío nada recomendable a la paciencia de los lectores. Por eso, me centraré exclusivamente en uno de los elementos: la diversidad.

Una verdadera innovación sólo puede gestarse desde la diversidad puesta al servicio de un proyecto común y compartido. Los equipos que trabajan en innovación, entre otras cosas, deben ser lo más diversos posibles. Sólo nacerán ideas realmente nuevas, si ponemos en relación posiciones absolutamente contrapuestas. Bajo el buen cobijo de un liderazgo colaborativo, los equipos deben ser capaces de dialogar en profundidad y respeto mutuo, partiendo de posiciones muy distantes. El objetivo no puede ser nunca ver quién tiene razón, quién impondrá sus tesis al resto, sino más bien, dejarse transformar por el diálogo, hasta llegar a alcanzar aquella opción, que no es ni la mía ni la tuya, pero que se descubre como la más acertada para resolver la cuestión plateada. No es un tema fácil. Un equipo innovador es como un laboratorio del que nadie sale tal como entró. ¡Casi nada!

¡Ah! Por cierto, ¿me han dicho que Ciutat Nova está embarazada de innovación?


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Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.

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