La Agenda 2030, más que un reto, es un camino colectivo hacia la erradicación de la pobreza extrema y la lucha contra la desigualdad, la injusticia y el cambio climático. Que sean los adolescentes y los jóvenes los protagonistas de esta nueva sección, más que oportuno, resulta de todo punto necesario.

Gestación

Amartya Sen defiende que el desarrollo humano está ligado a que todos puedan adquirir las capacidades necesarias para construir libremente su proyecto de vida. Esta afirmación del premio Nobel de Economía recuerda aquella etapa en la que el adolescente se afana por encontrar su proyecto vital y, a la par, dibuja un nuevo horizonte, que requiere un largo camino para aproximarse. Es precisamente este viaje el que emprendieron, en el septiembre del 2015 y con el 2030 en la retina, los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). 

Sus antecesores, los 8 Objetivos del Milenio, propuestos también por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el año 2000, tuvieron poco recorrido ya que configuraban una agenda muy asimétrica, con muchos deberes para los países en desarrollo y muy pocos para los desarrollados; parecían hechos desde una parte del mundo para la otra.    

La Declaración de París del 2005 sobre la Eficacia de las Ayudas al Desarrollo y la Conferencia  Rio+20 del 2012, fueron los detonantes que pusieron sobre la mesa los problemas ambientales, denunciando que eran del todo cruciales y que era necesario entenderlos en una dimensión integrada en la concepción  del desarrollo. En este caldo de cultivo, nació, en el seno de la ONU, el Open Working Group, con la participación de muchos países de una gran diversidad a todos los niveles, que se pusieron manos a la obra para la confección de la Agenda 2030, recogida en los 17 ODS.

Esta Agenda 2030 es, desde su concepción, de carácter universal, hecha por todos y para todos. Después de dos años de contactos, consigue implicar también a la sociedad civil, incorpora la diversidad y multiplicidad de posiciones y llama a trabajar, tanto a los estados como a las empresas privadas, a las ONG, como ya se ha citado, y, lo que es de capital importancia, a la sociedad civil. 

Parte de la base de que no es posible avanzar en la dimensión ambiental si no se avanza también en la dimensión social, y si no se consigue un progreso económico y la transformación de la producción en los países y en los patrones  de consumo y de producción.

Así, pues, la ONU nos abre las puertas a todos, no a una transición que implicaría cambios incrementales sino a una gran transformación, a una modificación profunda de sistemas y estructuras. Un cambio radical, con objetivos tan ambiciosos como ineludibles.

Disrupción

Los ODS son una llamada a la creatividad y a la innovación. Definen un punto de partida consistente pero el punto de llegada es un horizonte, tal como sucede en la adolescencia. Hablar de construir sociedades inclusivas y sostenibles son palabras inspiradoras, pero las ideas para construirlas son limitadas y se requiere una búsqueda cooperadora de nuevas opciones. Y, en este terreno, las buenas ideas pueden venir tanto del mundo desarrollado como del mundo en desarrollo.

La Agenda 2030 nos remite a un mundo mucho más complejo, donde la dualidad norte-sur desaparece. Continúan existiendo las desigualdades internacionales pero los países pueden recurrir a un abanico más amplio de capacidades y posibilidades de desarrollo y, dentro de esta diversidad y complejidad, muchos de los problemas que se afrontan son compartidos, si bien con diferentes intensidades. 

A todo esto, en mi opinión, se añaden tres elementos disruptivos de gran envergadura:

  • JOVENES. El Fondo de Población  de las Naciones Unidas calcula que, de los 7.715 millones de personas que configuran la población mundial actual, un 24% se encuentran en la franja de edad de los 10 a los 24 años. Esta franja incluye de pleno la edad adolescente y se perfila como la mayor generación joven que jamás había existido anteriormente. Este hecho abre las puertas a una enorme vitalidad y dinamismo de participación y colaboración ciudadana, a la que apela la Agenda 2030.
  • COVID-19. La crisis desencadena por el virus SARS-CoV-2 sacude profundamente las bases de la convivencia económica, política y social de Occidente y hace tambalear el mundo entero. Muestra en toda su desnudez, las debilidades de un sistema que prioriza las finanzas y los beneficios y, en cambio, maltrata las estructuras asistenciales y el cuidado de las personas. La pandemia, así como el cambio climático y la inseguridad nos remiten a un mundo mucho más interdependiente, en el que buena parte de los problemas no pueden resolverse en el ámbito de los estados. La urgencia y la necesidad de caminar hacia los 17 ODS cae como una losa sobre el planeta.
  • EMPRESARIADO. Se constata que son cada vez más las empresas que dejan de considerar su Responsabilidad Social como un elemento de maquillaje, propio únicamente de un marketing mal entendido, y pasan a incorporar la Agenda 2030 a sus planes estratégicos como una cuestión no solamente ambiental y social sino también como una oportunidad de mejora de la competitividad y de los rendimientos. La crisis del COVID-19, antes mencionada, ha puesto de manifiesto el enorme potencial del tejido empresarial en el ámbito del bienestar y de las necesidades sociales. Se trata de una ruptura con la idolatría del máximo beneficio, lo que abre enormes expectativas. 

Transformación

Característica capital de la etapa adolescente es un proceso de transformación hacia un horizonte incierto. El protagonismo de estos jóvenes en la construcción de su futuro me parece un  elemento  de gran relevancia al emprender el inevitablecamino que nos proponen los ODS. Por si alguien tenía alguna duda sobre la necesidad de coger la mochila y ponerse en marcha, seguramente la crisis del COVID-19 le habrá terminado de convencer. 

La adolescencia está constituida por personas que están madurando las simientes de un potencial que, a trompicones, las lleva a ser pensadores críticos, con capacidad de ir identificando y desafiando las estructuras de poder existentes, de poner en evidencia prejuicios y manifiestas contradicciones. Y, a pesar de todo, los adolescentes y los jóvenes  se convierten en comunicadores y potenciales agentes de cambio. Conectados entre sí como nunca lo habían estado anteriormente, criticando y proponiendo soluciones innovadoras ,y con capacidad para participar activamente en la tarea de crear sensibilidades, consciencia y promoción de los ODS tanto en sus comunidades y ámbitos cercanos como en la globalidad, a través de las redes y comunidades digitales. Comparten, ahora más que nunca, el sentido de urgencia de los ODS y pueden desarrollar un rol de liderazgo transformador en su entorno.

Son estas características, entre otras, las que configuran a los adolescentes y a los jóvenes como protagonistas destacados de este proceso transformador y disruptivo que propone la Agenda 2030, y lo son de forma transversal en todos y en cada uno de los 17 ODS, junto con el resto de agentes de cambio. Es un camino en forma de red, en el que todos los ODS están estrechamente interrelacionados entre sí y no puede cumplirse uno aisladamente o con independencia del resto. De igual manera, todos los agentes de cambio han de actuar de forma interdependiente y colaboradora para poder avanzar en este proceso participativo y cooperador que nos permita irnos acercando a un horizonte deliberadamente difuminado, porque lo vamos diseñando y construyendo a medida que caminamos. Una invitación abierta a todos. 

Este artículo se ha publicado en la revista Ciutat Nova 181

Francesc Brunés
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