En el Oriente del atlas, la familia es la religión absoluta: la bailarina de una caja de música que da vueltas sobre si misma, contemplándola todos embobados. Embrujados por el hechizo de la divinidad del hogar, viven el amor como si fuese un verbo que debe ser conjugado cada día con letras mayúsculas. Me lo contaron mis vecinas niponas, dos hermanas gemelas que nacieron en un pueblecito remoto del interior de Japón. No habían podido estudiar, pero la vida les había empujado como una ola hasta mi rincón de mundo, donde habían hecho parada y fonda porque siempre luce el sol. Decían maravilladas que el mío es el país del sol eterno, ellas que tenían la piel tan blanca y así, gracias a la magia de la luz, todo lo que nos separaba se fundía como si fuese mantequilla. Por esta razón, siempre que llovía, nos refugiábamos en su galería del primer piso, que rebosaba de plantas, a tomar el te mientras veíamos caer las lágrimas sobre los cristales de la ciudad.

Para los emigrantes, la nostalgia es como una huella que se hunde en la arena del tiempo, un oasis que se borra como si fuese un espejismo. Pero la soledad es un soldado sin escrúpulos que habla una lengua sin memoria cosida con el hilo del exilio. Las hermanas del país del sol naciente huyeron del hambre y de la miseria sin saber adónde iban porque su casa ya no existía, y con el miedo en los labios como si fuese una flor negra porque no sabían nadar. Nunca habían visto el mar, tres letras infinitas que salan la geografía humana en la que cada destino tiene nombre de playa. Eran extranjeras solo porque lo dictaba la caligrafía imborrable de la ley, pero la patria no es ninguna muralla de la identidad porque nuestro cemento también se agrieta y se desmorona hasta convertirnos en un desierto.

Un día, me enseñaron la palabra ikigai. Jo nunca la había oído, a pesar de que presumía de haber estudiado y leído tanto, pero yo también había caído presa de la telaraña de la vanidad.

  • ¿Y qué quiere decir?
  • Es tu razón de ser, la cuerda a la que debes agarrarte para no hundirte nunca. Todos tenemos una, Ariadna. Busca la tuya y nunca la dejes porque te guiará por el laberinto de la humanidad. Sin ikigai, siempre vivirás en el exilio porque tanto da de dónde vengas: todos somos iguales.

De aquellas mujeres invisibles en un edificio tan grande donde nadie no se conocía apenas, aprendí que mi patria soy yo porque nuestra geopolítica es un laberinto que se desdibuja a cada instante. Y, ahora que sé que soy ridículamente diminuta, piedra y frontera de mi ignorancia, me siento más inmigrante que nunca porque yo he nacido aquí, pero tengo un nombre tan extranjero como el suyo. O quizás como el tuyo.


Este cuento de Marta Finazzi se ha publicado en la sección Palabras del número 183 de la revista Ciutat Nova – otoño de 2020.

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