“Vivimos una época de transición muy compleja y delicada que va a una velocidad que para muchos es difícil de aceptar” nos dice Lucetta Scaraffia refiriéndose a las relaciones entre mujeres y hombres. Su prestigio como historiadora, periodista y militante feminista de toda la vida son garantía de una conversación muy viva y enriquecedora, pero además en Lucetta Scaraffia encontramos a una mujer que nos interpela y nos indica algunos retos –y deberes– que tenemos pendientes. Especialmente los hombres…
Oí hablar de ella cuando estaba a cargo del equipo de mujeres que publicaba el suplemento mensual de L’Osservatore Romano Donne, Chiesa, Mondo (Mujeres, Iglesia, Mundo); volvió a aparecer en mi radar particular siete años más tarde, en el 2019, porque todo el equipo de aquella revista dimitió en bloque cuando vio en peligro su autonomía. La noticia se divulgó por todo el mundo y más allá de los ámbitos eclesiales.
Es una mujer valiente, luchadora, íntegra, propositiva, italiana y universal a la vez, pero ahora que la he conocido personalmente –bueno, con una pantalla de por medio– subrayaría su habilidad para interpelar tanto al poder, que suele ser masculino, como a la persona con la que está hablando. A menudo sus respuestas acaban en preguntas que provocan: “¿os dais cuenta de eso?”, “¿sois conscientes?”.
LA CRISIS DE LOS HOMBRES
Empezamos este cuestionamiento con un tema de esos que queman y nos hacen ir a la raíz de nuestra identidad y cultura: la crisis de la masculinidad. Ahora que las mujeres se rebelan contra la prepotencia masculina y los hombres ven cuestionado su poder, para Lucetta Scaraffia, que ha enseñado historia durante 40 años en la universidad pública de La Sapienza (Roma), hay que “analizar mejor la condición masculina, ocuparse más de la crisis de los hombres, de la crisis del modelo masculino tradicional.”
¿Y por dónde empezamos?
“La identidad masculina tradicional pasa por una grave crisis y todavía no ha nacido otra que la sustituya. Habría que empezar por un análisis de la identidad tradicional y salvar sus aspectos positivos para evitar que se piense que los hombres sólo deben parecerse a las mujeres. Crear una nueva identidad positiva es una tarea apasionante, pero parece que no le interesa a nadie. No basta con que los hombres se feminicen para hacerse más aceptables, en realidad la solución a su crisis de identidad no es imitar a las mujeres, sino crear un nuevo tipo de identidad que tenga en cuenta los límites de la tradicional, pero que respete la diversidad.”
Los Evangelios son el libro más feminista que se ha escrito
ABUSOS Y PODER
Y de la raíz pasamos al caso concreto de una de las manifestaciones públicas más duras y dolorosas de la prepotencia y poder de los hombres, y que pasa por los abusos a religiosas dentro de la Iglesia Católica, un tema que ella conoce muy bien y que se encuentra detrás de la dimisión colectiva de la revista Donne, Chiesa, Mondo mencionada al principio. Cuando hay quien pone el foco en el celibato para encontrar una explicación a este drama, Lucetta, va a la raíz y para ella fundamentalmente se trata de poder: “Un gran poder sin control, porque la obligación de mantenerlo todo en silencio casi asegura la impunidad a los maltratadores. Hasta que no se escuche a las víctimas y no se acepte la necesidad del escándalo, los abusos seguirán, especialmente los que se ejercen contra las religiosas que sufren una doble debilidad, sin poder en la Iglesia y sin apoyos en el mundo exterior. Y mientras se produzcan abusos a religiosas a gran escala, las mujeres no serán respetadas en la Iglesia.”
Ciertamente, –afirma– “en algunos países, la condición de las mujeres en la Iglesia está en vanguardia porque, por ejemplo, pueden tener acceso a estudiar y trabajar, pero en otros, como es el caso de Occidente, se encuentra en retaguardia.”
A su juicio el cambio que debe haber en la Iglesia tiene que comenzar por abajo porque –explica– “no se puede esperar a que llegue un buen Papa que reconozca el papel de las mujeres en la Iglesia. Creo que todo depende de las mujeres, que están cambiando mucho, sobre todo las religiosas que hasta ahora siempre habían callado.”
En su hablar apasionado se percibe el amor doloroso de Lucetta Scaraffia por la Iglesia, tal como Pablo d’Ors lo describe en el prólogo de la edición española del conocido libro de la historiadora Desde el último banco. Y desde este dolor muestra lo que ella considera una situación histórica paradójica: “Hoy, la Iglesia Católica, en Occidente, es la institución más misógina que existe, mientras que la emancipación de las mujeres nace de los evangelios, que son el libro más feminista que se ha escrito jamás. Jesús trataba a las mujeres igual que a los hombres, les confiaba tareas de gran importancia y a menudo las indicaba como un ejemplo para imitar por los hombres. Pero el arraigo de la nueva religión en un contexto patriarcal extinguió en gran medida estas semillas de innovación, que han tardado dos mil años en incorporarse. Esto sucede fuera de la Iglesia, pero siempre en una sociedad de matriz cristiana. La Iglesia debería agradecer las transformaciones que se dan fuera de ella y acogerlas, reconociendo sus raíces cristianas.”
MUJERES CARDENAL
Siguiendo con el tema del papel de la mujer en la Iglesia Católica, Lucetta Scaraffia también recurre a la tradición para posicionarse. De entrada, está en contra de la ordenación de mujeres como sacerdotes ya que a su juicio “deberían tener autoridad y visibilidad como mujeres laicas que participan en la vida de la Iglesia siendo escuchadas, pero manteniendo su diferencia. Si se ordenasen nos encontraríamos, en cambio, ante el riesgo de su absoluta clericalización.”
Sin embargo, con este posicionamiento aparentemente tan poco feminista, no está defendiendo el statu quo, todo lo contrario. Su propuesta, de hecho, da título a una novela suya que está a punto de publicarse en castellano en nuestro país: La mujer cardenal. Según nos cuenta, hasta el nuevo código canónico de las primeras décadas del siglo XX, era posible que también los laicos fueran nombrados cardenales, y así lo hicieron algunos papas. La conclusión de Scaraffia es, por lo tanto, clara: “las mujeres podrían ser nombradas cardenales manteniéndose fieles a la tradición.”
FEMINISMO Y MISTICISMO
Abrimos el foco y salimos del mundo eclesial. No es necesario decir que su lucha feminista de toda la vida es la igualdad, el derecho de las mujeres a ser tratadas con la misma dignidad que los hombres y decidir libremente sobre su vida. Ahora que hay tantas corrientes feministas –algunas enfrentadas–, Lucetta Scaraffia se incluye en el llamado feminismo de la diferencia que valora la diferencia de las mujeres, no la semejanza con los hombres que conlleva el riesgo de anular la identidad masculina. Este feminismo, según ella subraya la belleza y la importancia de la maternidad: “Creo que las mujeres tienen un punto de vista específico sobre el mundo que deriva de la maternidad y que puede dar una contribución fundamental a la vida social. Las mujeres deben cultivarla y no imitar a los hombres dejando de lado la maternidad.”
Y, profundizando en la especificidad femenina, Lucetta Scaraffia reivindica la intervención de las mujeres en la historia espiritual de la humanidad a la que quiere hacer justicia poniéndoles cara y voz, en un libro que estos días está escribiendo: “encuentro muy interesante rastrear el tejido común que las une para descifrar su mensaje general. Las místicas del siglo XX
han recibido revelaciones proféticas que debemos escuchar y tratar de poner en práctica. Nos queda mucho por aprender. Son mujeres que vivieron un periodo de la historia especialmente
oscuro y que se enfrentaron al problema del mal de maneras similares a las experimentadas por dos místicas de origen judío, pero fuertemente atraídas por el cristianismo, Simone Weil y Etty Hillesum. Es como si el Espíritu hubiera hablado diciéndoles las mismas cosas y que, con modalidades específicas, vinculadas a su vida y en su educación, las hubieran hecho públicas.”
Entre estas místicas destaca Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares –editor de Ciutat Nova–. De su espiritualidad Scaraffia destaca dos aspectos que no siempre son los más visibles: su esencia mística y el carácter femenino. El solo hecho de que un grupo de chicas muy jóvenes, en plena Guerra Mundial, explicaran a todos –y, por tanto, a muchos clérigos, hombres de prestigio, autoridades…– aspectos fundamentales del cristianismo, ya era una locura, una auténtica revolución. Y que la preeminencia femenina en este nuevo movimiento fuera aceptada por todos los hombres que se acercaban, también era insólito. Este fenómeno se convirtió en un vuelco de la relación entre hombres y mujeres, entre clero y laicos, que se extendió desde Italia a todo el mundo 20 años antes del Concilio Vaticano II.
Es lógico preguntarle cómo ve ella la visión que tenía Chiara Lubich de la relación entre hombres y mujeres y qué aportación daba, y quizás aún da, a nuestra sociedad. Abordamos la cuestión desde los conceptos de complementariedad y reciprocidad.
La reciprocidad es abierta y permite que cada uno dé lo mejor de sí mismo
“La complementariedad –explica Scaraffia– es como una jaula que obliga a mujeres y hombres a roles predeterminados, la reciprocidad es abierta y permite que cada uno dé lo mejor de sí mismo en la relación con los demás, sin negar su propia pertenencia sexuada. Lubich, al afirmar que cada ser humano puede alcanzar su plenitud, confirma la igualdad entre mujeres y hombres, ambos iguales en la capacidad de entender el significado de su vida y de la misión que el Señor les ha atribuido.
En la doctrina de la Iglesia Católica, que prácticamente coincide con lo que Juan Pablo II elaboró sobre las mujeres y su relación con los hombres, se insiste en la complementariedad que otorga a las mujeres un papel de apoyo emocional y afectivo para los hombres, un papel que sólo puede terminar en la marginación de la gestión de la institución y de los roles de autoridad que ésta prevé, relegándolas a papeles auxiliares. Por este motivo, las feministas –dentro y fuera de la Iglesia– han criticado el documento Mulieris Dignitatem que se basa precisamente en la complementariedad entre sexos. A veces se sustituye la complementariedad por la reciprocidad, que parece prever una relación más dinámica y paritaria, pero el resultado es que el término reciprocidad prácticamente se convierte en sinónimo de complementariedad. Sólo un discurso como el de Chiara Lubich, que huye de los dos conceptos, ofrece una propuesta que respeta la dignidad y la igualdad de ambos sexos.”
Acabamos, así, volviendo al reto inicial: afrontar la transición compleja, delicada y frenética que vivimos. Junto a la de tantas otras mujeres, algunas de las cuales aparecen en otras páginas de esta misma revista, la voz de Lucetta Scaraffia nos puede ayudar a recorrer este camino.
Esta entrevista ha sido publicada en el número 186 de Ciutat Nova: Voces (aún) invisibles
Acerca del autor
Tras una amplia experiencia en el mundo de la enseñanza, actualmente está en la dirección de la revista Ciutat Nova.
