Quien tiene más riqueza y más patrimonio es quien siempre tiene que contribuir más, pero, sobre todo, tiene que hacerlo en los momentos de grandes crisis. Y no se trata de recurrir al altruismo o a la solidaridad, sino a la justicia y a la responsabilidad fiscal.

El actual debate sobre los Eurobonos, los MES (Mecanismos Europeos de Estabilidad) y similares tiene que ser la ocasión para reflexionar sobre un tema de fondo que queda demasiado escondido: la deuda y el endeudamiento.

La verdadera condicionalidad de los préstamos a los que hoy se accede es que tienen que ser devueltos mañana. En la Biblia, las deudas se veían siempre con desconfianza – a no ser que hubieran sido concedidas gratuitamente y sin obligación de devolución -, porque a menudo, el deudor insolvente terminaba en la esclavitud.    

En la actualidad, la esclavitud ha sido abolida en muchos países, pero las consecuencias de las deudas continúan siendo siempre graves. En particular, cada vez que la deuda de un estado aumenta, se producen siempre dos efectos, ambos graves y moralmente negativos.

El primero afecta a quienes tendrán que pagarlo mañana. Dado que los estados tienen solamente el dinero que logran recaudar mediante la fiscalidad (y unas pocas migajas propias), quienes pagan las deudas son los que pagan impuestos, y, por lo tanto, no todos. Y, en las democracias modernas, quien paga los impuestos es la clase media, particularmente los trabajadores por cuenta ajena.

El sistema fiscal se sustenta sobre los que tienen un sueldo, un salario, con una evasión fiscal muy baja. Como media, los que ejercen una profesión liberal declaran, en Italia, alrededor de 50 mil € brutos, y los pequeños empresarios, 20 mil. Además, los impuestos sobre el capital y el patrimonio son más bajos que los que se aplican a las rentas de las empresas o del trabajo, por no hablar de los aplicados a las rentas financieras, que es todavía más bajo. Por lo tanto, una nueva deuda emitida por el Estado será reembolsada con dinero que no pertenece ciertamente a la clase acomodada del país.

Además, cada vez que aumenta la deuda pública, las deudas se desplazan hacia los niños y los jóvenes. Ya estamos dejando en herencia a nuestros hijos un planeta deteriorado, donde estarán peor de lo que hemos estado nosotros. Si continuamos endeudando el mañana para resolver los problemas de hoy –como el Covid 19-, continuamos endeudando a las futuras generaciones

Y esto no va bien, desde ningún punto de vista. De los muchos errores de nuestra generación, la sustracción de riqueza a los más jóvenes está entre los más graves, porque va contra el pacto intergeneracional sobre el que país se sustenta: “Deja a quien viene detrás de ti un mundo que no sea peor del que tú has encontrado”.

 

Es por eso por lo que estoy convencido de que un impuesto simple sobre el patrimonio sería la solución, aunque parcial, a la actual crisis económica. Un impuesto bien diseñado sobre los patrimonios elevados que, como media, tienen impuestos más bajos que las rentas bajas sería una óptima ocasión para restablecer la progresividad de la imposición fiscal prevista en la mayoría de las Constituciones de países democráticos, y para aumentar la justicia distributiva que, en los últimos decenios, ha entrado en una profunda crisis.

Quien tiene más riqueza y patrimonio siempre tiene que contribuir más, pero sobre todo tiene que hacerlo en los momentos de grandes crisis. No se trata aquí de recurrir al altruismo o a la solidaridad sino a la justicia. Quien ha recibido un patrimonio del pasado o quien lo ha conseguido en el presente, ha podido hacerlo, sobre todo, porque se ha encontrado en circunstancias ventajosas y afortunadas: por familia de nacimiento, por oportunidades, por circunstancias positivas.

Lo que se considera y es valorado como mérito es, en la mayoría de los casos, providencia, suerte, donación; aquí está el gran error de la meritocracia, que se decide casi siempre, por una condena y marginación de los pobres. De las grandes crisis, podemos salir mejores o peores   

El pacto fiscal es el corazón del pacto social: continuar equivocándonos en este frente, pidiendo todavía a los más pobres y a los más jóvenes que carguen sobre sus espaldas el peso de todo lo que ha pasado, significa minar la posibilidad de un futuro posible, mejor y verdaderamente fraternal.   

La verdadera fraternidad, la que cuenta en la vida de un pueblo no es la de los aplausos y de los cantos en los balcones, sino la que toca la cartera, y que se llama responsabilidad económica y fiscal.

 

Autor: Luigino Bruni

Este artículo ha sido publicado en Città Nuova

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