Poner uno de los siete pecados capitales y conceptos económicos en el mismo saco puede ser un ejercicio demasiado atrevido. Pero hay quien lo está haciendo.
Los precios no paran de subir. Es un hecho del que hablan las personas y los bolsillos se quejan de ello. Cuando los precios suben de forma más o menos generalizada y de forma continuada, los economistas hablamos de inflación. Es algo que siempre había respondido a turbulencias de los mercados que eran su explicación. Ahora parece que no es así. Por eso ya hay quien se ha sacado de la manga un término nuevo greedflation, es decir, inflación de la avaricia o de la codicia, que viene a ser el mismo.
Vamos por partes. Lo obvio cuando se habla de inflación es pensar en la inflación de demanda. Todo el mundo sabe que cuando la demanda de un producto sube, sin que lo haga proporcionalmente su oferta, la tendencia de los precios de ese producto será al alza. La perturbación provocada por un exceso de demanda explica la subida de precios. Salvo algunos mercados concretos de materias primas y de componentes industriales, no parece que actualmente nos encontremos en este escenario. Más bien, el gran consumo privado se está moderando, secuestrado por la precariedad, el miedo y la incertidumbre.
Otra posibilidad de aumento de precios es la inflación de costes. Algunos la llaman inflación de salarios, cuando el principal componente de coste de una empresa es el sueldo y las cargas sociales derivadas de la remuneración al personal. En cualquier caso, se produce cuando aumenta el coste de las materias primas, de la energía, de los suministros, de los salarios… y esto hace que, para no entrar en situación de pérdidas o bien para mantener un nivel de beneficios imprescindible para la continuidad de la empresa, no existe más remedio que repercutir estos aumentos de costes en el precio final del producto.
Cuando estalló la guerra de Ucrania justo saliendo de una pandemia de alcance mundial, ciertamente se produjo una situación de inflación de costes que puso a muchas empresas entre la espada y la pared. La escasez en la oferta de algunas materias primas añadía ciertos rasgos de inflación de demanda en algunos sectores. Sin embargo, con el paso de los meses, ambas cosas se han ido moderando y, en algunos casos, incluso corrigiendo. ¿Por qué, pues, los precios no paran de subir?
No hace falta entender demasiado de economía para encontrar la respuesta. Si no existe exceso significativo de demanda. Si la subida de salarios, aunque se la espera, no está claro que llegue. Si la mayoría de los mercados de materias primas presenta cierta tendencia a la estabilidad. Entonces, sólo queda una opción: los precios suben para alimentar a los beneficios de las empresas. Ésta es la inflación que se ha bautizado como inflación de avaricia.
Nunca se puede poner dentro del mismo saco a todo un colectivo. No todas las empresas actúan bajo el dictado de la codicia, seguro. Pero parece claro, y algunas lo reconocen públicamente, que las grandes corporaciones y empresas multinacionales suben los precios para alcanzar mayores niveles de beneficios. Y esto tiene nombre de pecado capital: avaricia. Pero las empresas no pueden pecar, en cualquier caso, sólo pueden hacerlo las personas. Son las personas las que lideran y toman decisiones. Esto no debería pasarnos por alto.
Y también podríamos recordar lo de “quien esté libre de pecado…” y seguramente todo el mundo acabaría salpicado. Nadie puede mirárselo desde la barrera. Porque, en el fondo, nos estamos jugando demasiadas sábanas en esta colada. Estamos intentando salir de una crisis multifactorial provocada por un sistema perverso que no se cuestiona lo suficiente; y ahora, nada menos, es la hora de ver quién paga los platos rotos. En realidad, se está poniendo sobre la mesa el crucial tema del poder. A ver, aquí, ¿quién manda? ¿Madan las personas escogidas a través de sistemas democráticos, más o menos imperfectos? ¿Aquellos que con su acción legislativa pueden equilibrar la balanza para que no acaben pagando los de siempre? ¿O mandan las grandes corporaciones que nadie ha escogido y que actúan con avaricia para salir beneficiadas al máximo?
De cómo salgamos de la crisis dependerá que las desigualdades y las injusticias se reduzcan o aumenten. De qué equilibrio (o desequilibrio) se acabe imponiendo, dependerá que nuestro planeta mejore su salud o entre definitivamente en estado terminal. Un pecado capital nos está poniendo en un cruce y, si una vez más, erramos el camino, la rectificación será seguramente traumática. Ni todo está escrito, ni se puede caer en el desánimo de pensar que no se puede hacer nada, porque los muros caen sin avisar, las personas se construyen con la vida y cada granito de arena es imprescindible en el camino de la esperanza. La sabiduría de la historia nos dice que, tarde o temprano, la colaboración ha sido la llave para recomponer las grandes rupturas del mundo.
Acerca del autor
Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.
