Las personas somos frágiles, las máquinas son fuertes; ¿pero, basta con esto? La tecnología puede colaborar en el cuidado de las personas, pero para que eso se haga de la manera más humana posible son muchas las dudas que se tendrán que resolver.
TE NECESITO
Los que tenemos algunos años ya lo sabemos por experiencia y los más jóvenes lo creen por fe o se quedan en la incredulidad, pero, en cualquier caso y aunque sea con las lógicas reticencias, no es ningún secreto que las personas somos frágiles; unos más que otros, ciertamente, pero, de alguna manera, todos lo somos y, en determinadas épocas de la vida más que en otras, pero la fragilidad no deja de ser una constante a lo largo del recorrido vital de cada persona.
Recién nacidos, niños, personas enfermas, con capacidades y funcionalidades diversas, gente mayor… son personas y situaciones en las que la fragilidad es más manifiesta y, por lo tanto, la dependencia de los otros es más que evidente. Poco o mucho, debemos cuidar los unos a los otros; es ley de vida, como decía mi abuela…pero ¿de qué vida? ¿la de antes, cuando en la comunidad las personas se sentían próximas unas a otras? ¿también en la vida actual?
En el fondo, no ha cambiado nada, también ahora debemos cuidarnos los unos a los otros. Donde no llega la familia ni la comunidad llegan –tan bien como saben y pueden– las instituciones públicas y privadas que tienen la finalidad de atender a las personas en sus diferentes necesidades. Sin embargo, a menudo olvidamos que ya hace tiempo que convivimos con máquinas, interfaces e inteligencias no humanas. ¡Caramba! ¿Y toda esa “gente” no nos podría ayudar en el cuidado de las personas?
– ¡Has visto demasiadas películas!
– ¿Seguro?
– ¡Venga hombre! ¿Te imaginas al abuelo (con el mal genio que tiene) cuidado por un robot?
Es posible que el robot no pierda la paciencia, ni se enfade…; y no estamos hablando de algo del futuro, ni tampoco de ciencia ficción: es una realidad cotidiana que, nos guste más o menos, la tenemos aquí con voluntad de crecer y de quedarse. Interactuamos y tendremos que acabar conviviendo con la denominada inteligencia artificial (IA) y su desarrollo cada vez más sofisticado
Ir al banco a pedir un préstamo o a hacer determinadas gestiones lo termina resolviendo un algoritmo. Algunos diagnósticos médicos ya comienzan a hacerse en función de los resultados que el algoritmo extrae del ‘big data’, ese enorme volumen de datos que la red acumula y gestiona. Y ya existen inteligencias artificiales que hacen compañía a personas solas, bien sea que el robot presente apariencia de animal o de persona. Estas máquinas inteligentes (o no) pueden acompañar a la abuela o a cualquier persona con dependencia en su paseo diario, atender a sus necesidades de alimentación, ser un apoyo a su movilidad e higiene personal y encargarse de la limpieza del hogar.
¿Y TAMBIÉN SERÁS AMABLE?
Con frecuencia, la cuestión se plantea en términos de confrontación: la máquina versus la persona; no se trata de eso ni de un enfrentamiento, ni tampoco de sustituir a las personas por máquinas; se trata de colaborar, de convivir; en el fondo, se trata de una relación, de una buena convivencia. El reto es cómo las IA pueden ser de ayuda a las personas en sus fragilidades y en sus actividades habituales y, al mismo tiempo, cómo los humanos podemos hacer que las máquinas sean más ‘buenas’, más útiles, más inteligentes, más amables.
Cuatro ojos ven más que dos… A veces, pedimos un segundo diagnóstico médico; queremos ampliar el abanico de experiencias, de casos, de conocimiento médico, para asegurar el mayor acierto. ¿Os imagináis qué puede hacer una IA capaz de procesar miles, millones de casos, experiencias, diagnósticos? ¡Qué extraordinaria colaboración puede ser para un médico o una médica!
En estos momentos, las IA toman decisiones, proporcionan un resultado en función del algoritmo que un humano ha creado y del cúmulo de datos de que disponen; el resultado será mejor o peor si el humano que ha creado el algoritmo lo ha hecho de acuerdo con unos parámetros éticos mayoritariamente consensuados, pero también si la IA dispone de datos suficientes en cantidad y diversidad para poder tomar en consideración la mayor cantidad de situaciones y casos posibles antes de tomar la decisión.
Cierto es que subsiste el reto de si las IA serán capaces de mostrar sentimientos o no. Tal vez la inteligencia emocional continuará siendo exclusiva de los humanos. ¡Quién sabe!… Por el momento, tal como sostiene el filósofo belga Mark Coeckelbergh en su libro Ética de la Inteligencia Artificial, hay preguntas fundamentales y urgentes sobre la mesa: ¿A qué ética responde la decisión de una máquina? ¿Debe responder únicamente a la ética del mercado? ¿Ha de poner la persona en el centro? ¿Puede mostrar misericordia o compasión? ¿Qué significa exactamente tomar decisiones? ¿Qué sentimiento, criterio o escala de valores determina que una máquina escoja una opción y no otra? ¿Podemos considerar a las máquinas como responsables de sus actos?; es decir, ¿son las IA un sujeto moral? En definitiva, quizás podamos conseguir que las máquinas sean buenas, pero ¿pueden llegar a ser todavía más buenas (y más amables) que las personas?
Esta entrevista ha sido publicada en el número 191 de la revista: ¿Tecnopeligro?
Acerca del autor
Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.
