Cambio de gobierno, cambio de color político, cambio de ley de educación. Tres hechos que, en el estado español, aparecen como una constante, una especie de ley no escrita que parece responder a la voluntad de controlar el recorrido educativo que deben seguir los niños y los jóvenes dentro de las fronteras del país. En realidad, pocas cosas suelen resultar más incontrolables que los procesos educativos. La voluntad de uniformizar, de limitar, de regular, de controlar, de prohibir; cuando se llevan más allá de establecer un marco básico de referencia, está destinada al fracaso. Es evidente que se puede tratar de imponer por la fuerza de la ley, pero la libertad que requiere el aprendizaje acabará evidenciando el fracaso de un sistema controlado de forma demasiado rígida. Las ansias de un excesivo celo controlador, sólo se explican por un intento de apropiación de unos de los elementos fundamentales en las sociedades modernas, que no puede ser patrimonio exclusivo de nadie.

Todo esto, a menudo, es motivo de controversia, de discrepancias y enfrentamientos que rinden un flaco favor a la comunidad educativa. Últimamente, en algunas zonas del estado español, ha aflorado de nuevo esta situación con intentos y puesta en marcha de nuevos elementos de control. Esto pone sobra la mesa una cuestión de fondo: ¿quién es el propietario del proceso educativo de un niño o de un joven? Para responderla, podemos mirar a derecha y a izquierda, arriba y abajo, y tratar de asignar propietario en función de la ideología, creencia o forma de pensar de cada cual; pero, según mi opinión, la respuesta sólo puede ser: todos, en diversa medida y nadie, en particular. La antigua sabiduría africana lo proclama en el conocido proverbio que dice que ‘es la tribu la que educa’.

Hoy más que nunca, la ‘tribu’ es cada vez más amplia y variada. Posiblemente continúan existiendo dos protagonistas, más o menos controlables, como son la familia y la escuela. Pero cada vez son más los elementos incontrolables que, tarde o temprano, se escapan de las manos de todo el mundo y quedan en manos del propio y verdadero sujeto de la educación: el joven o el niño. La televisión, las redes sociales, ‘influencers’, ‘youtubers’, ‘instagramers’, ‘bloggers’; las aplicaciones de mensajería, los chats, internet… Elementos todos ellos que van mucho más lejos de la tradicional panda de amigos del barrio. Elementos que configuran una buena parte de la vida de niños y jóvenes, más allá de las paredes de las aulas y más allá del control parental más atrevido.

¿Significa esto que la educación es incontrolable? Sí y no. Sí, porque la propia naturaleza del proceso de aprendizaje la hace incontrolable, incluso, para el propio sujeto educativo. No, porque el control queda siempre en manos de las relaciones. No puede existir un controlador exclusivo, sea quien sea. El control se convertirá en acompañamiento en la medida que lo dejemos en manos de las relaciones. Es decir, el control es inútil, además de imposible; en cambio, el acompañamiento es necesario y sólo puede hacerse desde la red de relaciones que rodean al proceso educativo.

Sin ánimo de exhaustividad y desde mi dilatada experiencia docente, se me ocurre un montón de estas relaciones imprescindibles para un buen acompañamiento, en la libertad y en la diversidad de los sujetos educativos. La tarea docente, ha dejado de ser una labor individual y ha pasado a ser responsabilidad del equipo docente que, jugando con la pluralidad y los equilibrios relacionales, configura unos contenidos, unas metodologías pedagógicas, de acuerdo con las características del alumnado y del entorno social donde se encuentran. Los mecanismos de participación de las familias en la vida del centro escolar. Más individuales unas, a través de las tutorías; más colectivas otras, a través de los consejos escolares y de las asociaciones de madres y padres. La interacción barrio – centro escolar, que inserta la tarea educativa en el barrio y abre las puertas de los centros al barrio, creando sinergias y confluencias netamente educadoras. Las intervenciones coordinadas, equilibradas y respetuosas, de las diversas administraciones públicas: municipales, comarcales, autonómicas, educativas, sanitarias, sociales, laborales… Los proyectos de ciudades educadoras; una mirada educativa integral de la persona y su entorno a 360º; las medidas de cohesión social, los proyectos convivenciales entre colectivos diversos… Todo forma parte de una tupida red de relaciones que, en su equilibrio, configuran un entorno favorable, absolutamente liberador y no controlador, de un proceso que sólo puede ser constructivo, creativo, abierto, incierto, libre… De no ser así, es otra cosa.

No es necesario tenerlo todo controlado, ni tampoco descontrolado. En la vida, a todo el mundo le gusta sentirse acompañado, especialmente en situaciones complicadas; pero a pocos les agrada que los controlen.

Francesc Brunés
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