Las tensiones entre Ankara y Holanda y la consiguiente toma de posición de Berlín, Viena, Estocolmo y Copenhague. París, a la espera; Roma, calla. Incluso Suiza se mueve. Los fantasmas del pasado.

La mecha ya está encendida. Para conseguir la victoria en el referéndum constitucional, que los sondeos colocan en el filo de la navaja (una consulta electoral que permitiría a Erdogan permanecer en el poder hasta el 2019, además de conferirle incluso la posibilidad de nombrar a los jueces), el presidente turco ha querido movilizar a sus más autorizados ministros para hacer campaña también en Europa, donde viven más de 4 millones de turcos. Pero, he aquí que algunos países de la Unión europea le han puesto trabas, impidiendo que los ministros turcos realizaran mítines para sus compatriotas en territorio europeo.

Holanda está a la cabeza. La prohibición del Ministro del Exterior y del de la Familia de hacer mítines en los Países Bajos (con escenas en el aeropuerto del todo evitables) ha provocado la ira de Erdogan, que ha acusado a las autoridades holandesas de ser, nada menos, que «nazis y fachistas», o, si se quiere, de «república bananera». Acusaciones que se han devuelto al emisor, con la solidaridad añadida de otras cancillerías europeas, con Berlín a la cabeza, en un crescendo del tono que no hace presagiar nada bueno. El propio ministro alemán de Economía ha expresado su perplejidad frente a la situación de poder seguir colaborando como gobiernos como el de Ankara, lo que significaría decir stop a las negociaciones para la entrada de Turquía en Europa.

La polémica hay que situarla en el seno de la “bomba migratoria” que aloja Turquía, y ahora bajo control, por el muy discutible acuerdo (considerando el respeto a los derechos humanos) entre las partes. Si Ankara reabriera la ruta balcánica para Siria e Irak, dejando entrar un par de millones de sirios, ¿Cómo reaccionaría Europa? Pero también Turquía tiene las manos atadas, porque, en plena crisis económica, perdería los millones de euros que Europa está pasando a Ankara para impedir a los refugiados que lleguen hasta las islas griegas.

Si, por una parte, todo parece estar orquestado artificialmente por el presidente turco para subir en los sondeos, que todavía le dan como perdedor, poniendo en escena la habitual comedia del enemigo extranjero que amenaza la integridad y la independencia de Turquía, por otra parte, aparece la evidencia de que a la diplomacia internacional (la europea en particular) le cuesta hacer coexistir dos sistemas de poder radicalmente diferentes, cada vez más alejados el uno del otro. Se está en el filo de la navaja: no pocos observadores están convencidos de que el no que se ha dicho a Turquía por algunos países europeos está favoreciendo el crecimiento del sí al referéndum.
Por otra parte, ha causado impresión el hecho de que la muy laicista Francia haya tenido que escuchar, a pesar suyo, al ministro turco del Exterior, Cavasoglu, declarar, en Metz, que <>. Así pues, Europa avanza, cada uno a su aire, como de costumbre, esperando que baje la marea. Pero en todas las cuestiones que llevan a Europa a ponerse frente a Turquía, afloran de nuevo las antiguas tensiones del pasado, las nunca olvidadas invasiones otomanas y las violentas respuestas europeas, y también la cohabitación, a menudo forzada, en el Mediterráneo.

La diplomacia y el buen sentido dictan que es la hora de bajar el tono y tratar de apagar la mecha antes de que llegue al explosivo, pero sin renunciar a los valores fundamentales europeos. Un camino extremadamente angosto, sobre todo para quien trata de comprender también las razones del presidente turco y no solamente las de una política holandesa, cada vez más cerrada y, a veces, también racista.

Acerca del autor

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Periodista y escritor , colaborador en Avvenire, Città Nuova y Frate Indovino.
Profesor de Comunicación en Sophia. 54 libros escritos. Consejero de EcoOne.

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