A nadie le ha caído un trozo de economía en la cabeza, ni tampoco se ha tropezado con ella y ha caído de bruces. Y es que la economía no hace daño a nadie. Sí que lo hace, y mucho, una determinada manera de aplicarla. Hace daño la deshumanización de los mercados que colocan el beneficio de unos cuantos por encima de personas y naturaleza.

 

Si hubiera médicos de una nueva especialidad que podríamos llamar economiólogos, estoy casi seguro de que sus consultas estarían siempre a rebosar. Dado que no existen, vamos al psicólogo. En buena medida nos afecta un mal que es colectivo, pero que nos han convencido de que se trata de un desequilibrio individual que requiere terapia. Y es que el sistema económico imperante ya tiene estas cosas, evita las respuestas colectivas y favorece los tratamientos privados, que también son negocio.

Sí, de hecho, estamos enfermos colectivamente y esto nos afecta también a nivel personal. La economía, en el fondo, es inocente y tiene poco que ver con esta plaga. Si nos fijamos en la etimología de la palabra economía, vemos que viene del griego oikos (casa) y del verbo némein (administrar), dando lugar a oikonomos, es decir, la administración de la casa. Y de esto se trata, de administrar la casa propia y la común, aquella que compartimos juntos. Es, por tanto, la ciencia de la escasez, aquella que trata de los recursos, siempre exiguos, ante unas necesidades humanas ilimitadas. Por tanto, ofrece herramientas e instrumentos de análisis para resolver el grave problema de priorizar y distribuir estos recursos. Un medio al servicio de la política, aquella verdadera que busca el bien común.

Desgraciadamente todo ha dado un vuelco y la economía se ha convertido en la finalidad que lo impregna todo. Esto responde a una profunda crisis moral que pone los beneficios personales por delante de cualquier otra consideración. El endeudamiento de particulares y administraciones públicas nos ha hecho esclavos del sistema económico al que no se puede hacer otra cosa que rendirle acatamiento. Esta violenta presión rompe la convivencia entre pueblos, genera enormes bolsas de pobreza, olas de migraciones, astilla familias y desestabiliza personas. ¡Menudo panorama!

¿No hay nada que hacer? ¡Claro que sí! Quizás podemos apoyar a empresas que sabemos con seguridad que respetan los derechos de las personas y del medio ambiente; podemos tomar opciones éticas con respecto a nuestras finanzas personales y familiares; podemos consumir con criterios de mayor austeridad y usar bien el poderoso voto que emitimos cada vez que consumimos. Podemos apoyar, favorecer e incluso poner en marcha pequeñas iniciativas de una economía alternativa. Pequeñas sí, pero numerosas. Y como una mancha de aceite, la economía verdadera, encontrará de nuevo su papel de favorecedora del bienestar de las personas.

Este artículo se publicó en la revista número 180 – ¡Uy! La economíaAmazon

Francesc Brunés
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