El recorrido hecho hasta ahora (artículos [1] y [2]) ha dibujado un escenario en el que la convivencia incorpora el conflicto y, con demasiada frecuencia, sufre los embates de la polarización. En este último capítulo conviene explorar herramientas que permitan una gestión positiva de todos estos elementos.
¿Hacia dónde vamos?
Vivir es también convivir en un equilibrio inestable entre salud y enfermedad. Conocer nuestro cuerpo, sus síntomas y reacciones, puede ayudarnos mucho. No podremos evitar siempre la enfermedad, pero podremos tener más cuidado con ella. Sin embargo, conocer los elementos que configuran la polarización y el conflicto, no nos evitará que aparezcan, pero nos facilitará convivir de una forma más positiva.
Ahora, pues, llega el momento de explorar herramientas que nos permitan navegar en la buena convivencia; a pesar de las tormentas, más o menos virulentas, que se presentan de cuando en cuando. La superación de procesos polarizadores y la resolución de conflictos nunca puede representar una disminución de la pluralidad. Este sería un camino que siempre nos llevará a una falsa sensación de cohesión. El gran reto es, pues, mantener e, incluso, fortalecer y ampliar la pluralidad, si es necesario; y al mismo tiempo caminar hacia un horizonte real de buena convivencia.
Las semillas que, en mi opinión, hay que sembrar para obtener una buena cosecha en este campo son tres. La primera, considerar las relaciones – entre personas y colectivos – en clave de negociación siempre abierta. Los lazos forzados o impuestos son un lastre para la convivencia. La segunda, la transformación como un elemento no sólo necesario, sino imprescindible. Cuando se producen roturas, es mejor pensar en un nuevo y diferente mosaico, que intentar volver a pegar los trozos para recuperar la situación inicial. Y la tercera, la comunicación, que debe tener un alto nivel de calidad, basándose en una profunda capacidad de escucha y evitando comparaciones o cierres que harían retroceder el proceso.
Los tiempos del diálogo
No es ningún descubrimiento que el diálogo es una herramienta de capital importancia en la gestión de conflictos, pero no olvidemos que utilizarla para alcanzar un objetivo la convierte en una herramienta muy compleja que, como tal, requiere una exploración intensa y práctica.
Son especialmente delicados los tiempos del diálogo. Los constructores de puentes (de los que ya hemos hablado en los artículos anteriores), lo invocan a menudo y con fuerza. Como la polarización separa a las personas, la solución es acercarlas y entonces el instrumento es el diálogo. ¡Parece sencillo! Pero a pesar de reconocer el papel relevante de estos facilitadores, hay que reconocer que demasiado a menudo fallan en la temporización del diálogo.
Es importante saber cuándo es el momento adecuado para iniciar el diálogo en el proceso del conflicto. Además, el diálogo que se necesita en la etapa de prevención es diferente del que precisa la de mediación o reconciliación. En cambio, en la etapa de intervención, especialmente cuando la polarización se encuentra en su punto álgido, el diálogo puede resultar contraproducente o, incluso, imposible.
Queda fuera del alcance de este último artículo hacer un análisis profundo de las características de un verdadero diálogo (¿deberes pendientes?). Me limitaré, pues, a describir brevemente la propuesta de timing que hace Bart Brandsma, en la tabla siguiente:
| Etapas | ||||
| Prevención | Intervención | Mediación | Reconciliación | |
| Asunto | Armonía | Contraproducente
Imposible |
Conflicto | Creencias / Ideas |
| ¿Qué y quién? | Identidad –
el otro |
Experiencia propia – yo | La relación –
nosotros |
|
| Nivel | Conocimiento | Capacidades | Actitud | |
| Participación | Voluntaria y abierta | Nosotros y ellos por separado | Nosotros y ellos juntos | |
| Característica | Conversación | Formación y conversación | Reflexión, formación y conversación | |
En la etapa de Prevención es posible organizar diálogos entre personas que se muestren predispuestas voluntariamente a ello, con el fin de promover la paz y la armonía. El foco se situará sobre la identidad del otro, sobre la que se pueden intercambiar conocimientos, ideas, creencias … El objetivo es ayudar a ponerse en el lugar del otro. No suele haber conflicto entre los participantes en este diálogo ya que lo hacen voluntariamente y, por tanto, muestran buena predisposición y buenas intenciones. La gente que participa en esta etapa a menudo no ha experimentado el conflicto en primera persona. Los verdaderos agitadores del conflicto no se han presentado. Quien dialoga no son los que se instalan en el blanco o negro, sino quienes se encuentran en la zona donde los matices cuentan.
En este modelo, en la etapa de Mediación no es posible hablar de armonía. Las partes aún continúan interesadas en pelearse. Sólo es posible hablar del conflicto, con ciertas dosis de rabia y de desconocimiento. El diálogo ahora no debería tratar del otro (todos los participantes han sufrido), sino de las partes en sí mismas (autorreflexión y expresión), y no debería centrarse en conocimientos distantes, sino en la capacidad propia de gestionar conflictos. Organizar un diálogo en esta etapa exige seleccionar cuidadosamente los participantes. En esta fase no es necesario dialogar conjuntamente las partes enfrentadas, especialmente si hay polarización. Es normal que todos quieran expresar su dolor, su propia experiencia. Estos temas deben tener su espacio para que cada parte se haga consciente de cuál puede ser su aportación a la gestión del conflicto, se planteen dudas y preguntas y se haga un seguimiento. Sobre todo, cuando hay polarización es muy importante no organizar una conversación sobre el conocimiento de las identidades; es decir, para conocer la identidad de la otra parte. Esto es combustible para el conflicto, hay que basarse en una narrativa personal de las experiencias de cada uno.
En la etapa de Reconciliación ya es posible organizar un diálogo en el que las partes implicadas puedan plantearse qué ideas y qué actitudes defienden desde su propio posicionamiento. ¿Qué pueden aportar en caso de conflicto? ¿Cuál es el objetivo de los conflictos? Entonces, lo que importa no es sólo convencernos unos a otros a partir de estas ideas y actitudes, ni siquiera si podemos informarnos sobre ellas. La cuestión es: ¿cómo podemos emplear estas fuentes para desarrollar una postura abierta y comprensiva que nos permita gestionar bien el conflicto. Como resultado puede que aparezca un nuevo ‘nosotros’. Esto, ciertamente no es un objetivo, ni un prerrequisito, pero puede ser un efecto secundario muy interesante de un diálogo sincero e intenso sobre cómo afrontamos los conflictos que nos permita establecer acuerdos entre nosotros.
En todo caso, es fundamental prestar especial atención al timing ya que, si nos equivocamos, será difícil volver atrás y, además, se pueden producir efectos indeseables. Aquí, actuar es importante y hacerlo a tiempo es imprescindible.
Cambios necesarios
Por su gravedad, si pensamos en situaciones de polarización, hay cuatro cambios que, según Brandsma, sería bueno considerar por parte de quien trata de gestionar el conflicto:
- Cambiar de grupo objetivo. Dejar de centrarse en los polarizadores. La manera que tienen los polarizadores de atizar el conflicto es haciendo disminuir el centro que lleva el grupo de los silenciosos hacia los extremos. Una aproximación correcta al centro debería ser también el objetivo de quien intenta gestionar el conflicto. Desplazar la atención de los polos y convertir el centro en zona de inversión para resolver el conflicto.
- Cambiar de tema. La polarización sitúa la identidad de los polos como principal tema de conversación. En todo conflicto hay dos dimensiones: la relación y la cuestión. Poner el énfasis en la relación dañada, aunque se haga de buena fe, como lo hacen los constructores de puentes – de quienes se habló en el primero de estos artículos – puede estropearla aún más. Si se acierta al plantear la cuestión adecuada – cosa nada fácil – se estará ofreciendo la posibilidad de unirse en torno a un tema y, por tanto, la cohesión mejorará.
- Cambiar de posición. A menudo los constructores de puentes se sitúan por encima de las partes, tratando de preservar su neutralidad. Con ello generan desconfianza y se convierten en el blanco de los polarizadores que intentan por todos los medios que tomen partido. Es mejor situarse exactamente en medio, dentro del grupo de los silenciosos, el grupo del centro. Desde allí será más fácil centrarse en la cuestión rehuyendo el debate de las relaciones.
- Cambiar de tono. Despolarizar implica no moralizar. Hacerlo es entrar también en el terreno de la polarización. Aquí hay que tener presente la sutil diferencia entre hacer una pregunta y responsabilizar a alguien. El tono es capital, debe mostrar un interés real, un reconocimiento del otro; debe ser amable, que no juzgue, ni siquiera indirectamente. Se podría resumir en tener un ‘discurso mediador’ que, como no se puede fingir, requiere de un comportamiento mediador.
Palabras y hechos
La tentación de afirmar que tenemos razón es muy alta. Por eso, la persona que tiene que gestionar un conflicto y/o debe revertir un proceso de polarización, debe disponer de palabras adecuadas, que sólo pueden ser fruto de una coherencia interior, de una apertura sincera al conflicto y a las personas.
Conocer los tiempos resulta de vital importancia. Disponer de herramientas y metodologías de trabajo, también. Todo esto se puede aprender, pero todo debe estar empapado de una actitud mediadora. El comportamiento mediador no sólo requiere el arte de la palabra, inteligencia y capacidad intelectual, sino también una actitud que implique que, tras una pregunta sincera, vendrá una respuesta igual de sincera, y que ambas son igual de importantes: después de hacer preguntas, también hay que ser capaces de escuchar.
Reconocer las posturas mutuas acerca la gente a los matices, el asunto no es la identidad del otro, no hay culpabilización. Aquí la simple pregunta es: ¿dónde te sitúas en este tema? ¿En qué te afecta esta situación?
Pero ¿es realmente posible dejar en suspenso la propia opinión? ¿Se puede escuchar lo que el otro tiene que decir sin construir tu propio análisis, sin querer comprobar la veracidad de sus palabras? De hecho, la actitud mediadora implica actuar sabiendo que muy a menudo da igual lo que yo piense y si conozco todo el entramado del conflicto. Por eso, lo más importante es poner todos los esfuerzos necesarios para dejar la propia opinión en suspenso una y otra vez, sin perder el criterio propio.
Conclusión
Hemos llegado al final de esta serie de tres artículos sobre la convivencia. Porque, sí, hablar de conflicto, de polarización, de mediación, es hablar, sobre todo, de convivencia. En el fondo, todos y cada uno de nosotros, a un u otro nivel, nos encontramos involucrados en situaciones de conflicto y de polarización a lo largo de la vida. Atizarlos, destroza aún más la convivencia. Ignorarlos, ayuda a mantener las tensiones, los enfrentamientos y el mal ambiente. Afrontarlos, implica situarnos en la posición de mediadores, con una verdadera actitud mediadora. Por ello, creo que conocer – aunque sea sin demasiada profundidad – las características de los procesos del conflicto, la polarización y la mediación, reflexionar y hacerse conscientes de lo que implica su gestión, puede ser un primer paso para saberse situar en ellos un poco mejor.
Acceso al primer artículo: El arte de polarizar
Acceso al segundo artículo: ¿Naturalmente, el conflicto?
Acerca del autor
Colaborador habitual de Ciutat Nova y también... profesor de economía (jubilado), gerundense de adopción de espíritu universal, defensor de causas más o menos perdidas. Pensador por afición. Lector recalcitrante. Escritor vital. Comunicador.
