Durante los años posteriores a la crisis financiera del 2008, recuerdo haber asistido a una charla, en la que un profesor universitario de economía analizaba la situación y, a la pregunta de un asistente «¿cómo vamos a salir de esta crisis?», él respondió: «No sé muy bien cómo vamos a salir, pero de aquí, saldremos todos más pobres».

Hacía referencia a una necesaria distribución de los bienes más equitativa, disminuyendo la brecha entre los más ricos y los más pobres. La pena, con el paso de los años, es que mucho me temo que no ha sido así la historia… La economía y las economías domésticas de los ciudadanos se vieron afectadas durante bastante tiempo, pero luego se fueron reactivando las mecánicas del mercado y se empezó a reactivar la economía en general, digamos, pero las economías particulares lo hicieron de diversa manera, manteniendo, cuando no incrementando, la situación de precariedad para una parte importante de la sociedad.

La recta final del invierno 2020 abre paso a una primavera que no tiene nada de color de rosa, debido a la pandemia de la COVID-19: una crisis de salud pública y una crisis económica, derivada de las medidas para afrontar la primera.

Durante las semanas de confinamiento, cuando no podíamos hacer casi nada más que permanecer en casa, un amigo me refirió un comentario que había leído en las redes. Venía a decir, más o menos, que la economía ha entrado en crisis porque ahora sólo compramos lo que necesitamos.

¡Qué fuerte!

Volvamos a leerlo y a pensarlo: la economía ha entrado en crisis porque ahora sólo compramos lo que necesitamos. Cuánta verdad hay detrás de esta afirmación, aparentemente simplista.

Parecía imposible vivir sin la opción de viajar el fin de semana, sin salir a cenar con los amigos, o al cine con la familia… Y en cambio, hemos vivido, no sólo sobrevivido, sin todas estas cosas, pequeños ejemplos, inocentes, de lo que es la sociedad de consumo. Y al mismo tiempo, hemos podido descubrir otras riquezas que no tienen precio, como jugar en familia, el gusto de cocinar tartas y guisos, la lectura, la buena vecindad… no tienen precio porque hablan intrínsecamente de gratuidad.

Ya en proceso de desescalada, se vislumbra ahora un verano que será… ¡quién sabe cómo, hoy por hoy! Se respira en el ambiente el deseo de normalidad, de recuperar el estado del bienestar. Y yo me digo: «Bienestar… ¿qué significa bienestar? ¿Para quién? «. Tendremos que repensar también el significado de esta palabra, a partir de la experiencia que hemos vivido en propia piel, cada uno de nosotros y colectivamente. Y de acuerdo con esta reflexión, esperemos dar los pasos oportunos para lograrlo, tanto en cuanto a políticas de estado y como a actuaciones particulares tuyas, mías…

Son consideraciones de una ciudadana cualquiera, sin demasiados conocimientos de teoría económica, por lo tanto… Pero no me lo puedo aguantar: deseo y rezo para que, dentro de unos años, no tengamos que reconocer que, como humanidad, se nos ha escapado también esta posibilidad de cambio hacia un verdadero desarrollo de la familia humana.

Amparo Gómez
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