“Un gramo de tiempo ahorra nueve”, asegura Lenina en “Un mundo feliz” de Aldous Huxley. Me preguntaba qué significado podía tener hoy ese gramo tan valioso, en la situación que estamos padeciendo, y me pareció que tal vez se trata de actitud y alguno de sus sinónimos. Actitud, si es coherente, deviene en acción, comportamiento. Veamos qué cabe esperar de algunas realidades tocadas por la pandemia. En lo institucional afloraron deficiencias estructurales, sea en sanidad, servicios, residencias… comprensibles en cierto modo dada la excepcionalidad de esta situación y que requerirá, cuando esto pase, de una respuesta contundente en infraestructuras.

Esperemos que ese gramo de actitud traducida en hechos evite y ahorre otros nueve gramos, en este tipo de cuestiones, a las futuras generaciones. En lo social, incluso en lo político, aparecen actuaciones y movimientos que, sin entrar en valoraciones, inducen a confundir prioridades en estos momentos fundamentales.

En lo personal y cotidiano, comprobamos actitudes de todo tipo, desde las que podemos calificar de heroicas en el personal sanitario, cuerpo a cuerpo contra el virus, hasta las lamentablemente insolidarias.

Estos días una persona comentaba: “No tengo mucha esperanza de que después de esto la humanidad haya aprendido y si no es así, poco pueden cambiar las cosas”. Desde hace tiempo, antecesores nuestros, especie de profetas en lo social, nos reconvenían sobre distintos aspectos de nuestro mundo que, para ellos, no marchaba bien: Huxley, Nietzsche, Marx, Toynbee, Bauman, McLuhan… El caso de este último es curioso. Hace ya unos 50 años que veía el mundo como “La Aldea Global”. Esa aldea que ido deviniendo en globalización, donde ahora mismo nos encontramos, bastante atrapados.

La mascarilla ha dado validez cuasi científica al aserto del maestro de comunicadores: el vecino, el presidente de los Estados Unidos, la persona que limpia la calle, el tendero, la presidenta de la Comisión Europea, todo el mundo con mascarilla. ¿Estamos o no en una “aldea”, donde aparecemos casi en mantillas? ¿dónde queda la prepotencia del superhombre tecnocrático?

A todo esto, en el día a día del confinamiento que venimos padeciendo afloran carencias, según una óptica joven y añoranzas según otra de madurez. Carencias y añoranzas de algo que teníamos por cultura asumida e incluso desvalorizada y que hoy, tal como están las cosas, adquieren un valor incuestionable. ¡Quién nos lo iba a decir!

Aflorarán y se revitalizarán (están aflorando ya) las culturas renovadas de la familia, del cuidado de la persona, de la solidaridad, del acompañamiento, de la tertulia distendida ante un café, hasta del abrazo. Sí, del abrazo. Como el que nos da Montse Bravo en la revista catalana Ciutat Nova, en su reciente número 184: “Aquí y ahora te ofrezco un abrazo, porque todos los abrazos son buenos, sanos y deseables, son gratis. Fáciles de transportar, no necesitan recargarse y se pueden enviar a distancia si las circunstancias así lo exigen”.

En fin, estemos atentos, también en lo personal, a todo lo que está pasando, para que con nuestra actitud sea suficiente un solo gramo de Lenina de dolencias y privaciones y ahorremos los otro nueve, sobre todo a los que vienen detrás.


Autor: Antonio Espinosa Martínez

Este artículo se ha publicado en el diario digital elCarrer, de la localidad de Petrer (Alicante)

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