La democracia se mejora haciéndola más compleja

 

Lo tuvimos claro. En un número de Ciutat Nova dedicado a la polarización política, contar con las reflexiones de alguien a quien le gusta hablar en términos de transformación más que de reforma o ruptura era una oportunidad única. En tiempos que nos fuerzan a decidir entre A o B, Daniel Innerarity se acerca y, cogiéndonos de la mano nos ayuda a elevar la vista para buscar nuevos horizontes, nuevos conceptos, nuevas palabras. Sus propuestas y reflexiones contagian esperanza.

 

Recientemente, en la ONU, Trump afirmó que el futuro no es la globalización sino el patriotismo, y Bolsonaro que la Amazonia no es el pulmón del mundo… Y aquí parece que nuestro nudo no se desata porque no entendemos la complejidad de nuestra sociedad… ¿Cómo podemos mejorar la calidad de nuestras democracias?

A mi juicio esos casos ponen de manifiesto que se viene abriendo paso un nuevo eje de confrontación un poco diferente al de izquierda y derecha: el que opone lo abierto a lo cerrado (teniendo ambos a su vez versiones de derechas o de izquierdas). Tenemos un problema de enorme gravedad: los clásicos instrumentos de protección (de la identidad o de las personas más vulnerables) apenas son útiles en sociedades interdependientes y quienes propugnan una vuelta a ellos lo hacen en unos términos regresivos y contraproducentes. El Reino Unido no va a recuperar ningún control tras el Brexit, ni los trabajadores van a ser mejor protegidos con las guerras comerciales, pero hemos de encontrar instrumentos que realicen esa protección a la que la gente tiene derecho. La paradoja es que hay más vulnerabilidad en el repliegue que en la apertura y la cooperación. Eso no es intuitivo y hay que darle forma de manera que sea comprensible por la gente. Mi tesis desde hace tiempo (y que sintetizo en mi próximo libro, Una teoría de la sociedad compleja) es que la democracia se mejora haciéndola más compleja, es decir, haciendo intervenir más valores, factores y niveles en los procesos políticos. El gran enemigo de nuestras democracias es la simplificación, que puede adoptar formas muy diversas e incluso contrapuestas. Hay simpleza populista pero también hay simpleza tecnocrática.

El panorama actual, con cuatro elecciones en 4 años, se presta mucho a dar la culpa a los políticos y a los partidos y la sensación de hartazgo se está generalizando. ¿Todo es culpa de la “clase política”?

Los análisis políticos que se hacen en términos de culpabilidad son mucho menos explicativos que los que se preguntan por las posibles disfuncionalidades de nuestros sistemas políticos. En el caso concreto que me plantea, creo que tenemos un problema que procede de que (más allá de que haya o no demasiadas elecciones) la lógica de las campañas ha invadido todo el proceso político, de manera que no pensamos ni debatimos acerca de los dos momentos que siguen al momento electoral: la formación de gobierno y la acción de gobernar. Pero si todo el peso se pone en la campaña, si los asesores electorales son los mismos que asesoran a los gobiernos, si cuando se gobierna también se hace como si se estuviera en campaña y los medios nos informan solamente de la dimensión competitiva de la política, entonces lo que pasa es que la lógica de la campaña (un momento de contraposición y combate) impide que entremos en la lógica de gobierno (que tiene un fuerte componente cooperativo). Esto es lo que explica en el fondo por qué estamos donde estamos y no tanto el tacticismo o la torpeza negociadora.

¿Y cómo podemos pasar de este exceso de la dimensión competitiva al predominio de su dimensión negociadora?

Hay varias causas que explican nuestra debilidad negociadora, pero yo las sintetizaría en las dos que me parecen más relevantes. Por un lado, al debilitarse la función de los partidos han aparecido a su alrededor (o en su seno) grupos, movimientos sociales que fiscalizan su actividad y están interesados en proteger un supuesto núcleo ideológico intocable frente a las “tentaciones” de llegar a una transacción o compromiso con el adversario. Son los “tea parties” que acompañan a los agentes políticos y no vigilan al adversario sino a los semejantes para que no traicionen unos valores que se consideran innegociables. La otra dificultad de la negociación procede a mi juicio de la espectacularización de la política, su retransmisión live, continua, en tiempo real. Sin un ámbito de discreción no pueden llevarse a cabo los acuerdos que necesitamos. Por supuesto que finalmente será la ciudadanía quien evalúe esos acuerdos, pero si nos instalamos en la transparencia total no estaremos haciendo otra cosa que permitir el bloqueo de aquellos tea parties.

«Si alguien hace una descripción de cualquier problema y lo que resulta de entrada es un campo binario, polarizado y sin lugar para posiciones matizadas o intermedias, puede tener la seguridad de que el diagnóstico no está bien hecho. Y si, además, sucede que, en esta descripción pretendidamente objetiva, unos tienen toda la razón y los otros están en el rincón de los locos o los estúpidos, entonces es uno mismo el que se lo tiene que hacer mirar.» De la conferencia de Daniel Innerarity en el 1r debate del ciclo Cataluña y España en la UB. 5/06/18

Hablemos del conflicto catalán. Reconociendo que la solución al reto de nuestra sociedad que usted define como territorialmente compuesta va para largo y que la solución no pasa por la victoria de unos y la derrota de otros ¿Cómo se puede preparar el terreno?

Hay al menos tres planos previos de actuación: el conceptual, el emocional y el de liderazgos. Tenemos que volver a pensar ciertos conceptos (democracia, soberanía, identidad…) que en su formulación vigente no posibilitan las soluciones. Este trabajo se ha hecho en buena medida y yo mismo organicé un encuentro discreto entre profesores universitarios en el Instituto Europeo de Florencia con unos avances significativos. Para avanzar todavía más no hace falta que cambie la situación política si sabemos proteger ese debate de las incidencias del día a día, por muy intensas que sean.

Hay un segundo trabajo que tiene que ver con la gestión de las emociones, especialmente de la confianza, que no va a ser fácil en el futuro inmediato, pero donde se puede actuar y sembrar.

Y hay una cuestión especialmente difícil que se refiere a la configuración de nuevos liderazgos porque veo complicado que los mismos actores que propiciaron el problema estén capacitados para abordar una solución.

Un problema a la hora de hablar de diálogo es que nunca parece que se den las condiciones apropiadas…

Cuando en una sociedad se juntan quienes piensan que es demasiado pronto para el diálogo con los que consideran que es demasiado tarde, las cosas terminan evolucionando catastróficamente. En esta vida nunca se dan las condiciones apropiadas para nada y especialmente en la política, un terreno tan volátil. La política es el arte de hacer lo que se pueda con lo que se tiene; siempre puede hacerse algo, aunque solo sea trabajar para que se den unas mejores condiciones. En este momento, desescalar la tensión sería ya un gran avance. Yo no sé cuál será la solución, pero si sé que esto no se resolverá con una victoria final, con la imposición o la subordinación. Quien no se haya enterado de esto está incapacitado para contribuir a la solución.

 

Artículo publicado en la revista 179, Grietas. Ya disponible en Amazon.

Josep Bofill
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