(Reflexiones no políticas sino vivenciales sobre el proceso catalán)
Hace más de un mes y medio que navego en un mar tempestuoso. Pero no estoy sola. Tengo la impresión de que el navegante -¿o náufrago?- es un sujeto colectivo que incluye, de una manera u otra a todos los que vivimos en Cataluña, en toda España y, como los círculos concéntricos que se generan al lanzar una piedra al agua, también en Europa y más allá, con menor intensidad conforme más se alejan del núcleo.
La crónica de los hechos es conocida por todos, que la hemos ido siguiendo día a día, minuto a minuto, en primera persona en los lugares de los hechos o a través de los medios. De todas formas, somos conscientes de que el relato de los mismos acontecimientos es diferente desde la perspectiva donde uno se sitúa, como un paisaje, cuando se contempla desde un ángulo u otro, sin dejar de ser el mismo paisaje.
Ahora bien, la crónica de las emociones y los sentimientos vividos en este mar agitado es incluso más variada aún. Estas son las olas que se mueven constantemente dentro de mí y a mi alrededor:
Desconcierto, tristeza, malhumor, corazón encogido, rapidez, alegría compartida, tristeza compartida, incomprensión, discusiones, escucha, ganas de llorar, ganas de gritar “así no vamos bien”, no a la violencia, #SoyDiálogo, banderas (unas y otras), lecturas, llamadas, conversaciones…
En pocos momentos he conseguido tener el suficiente entorno sereno como para ordenar en mi cabeza razones, sentimientos, vivencias. Menos de lo que me gustaría y esto también es una necesidad imperiosa para el espíritu, prácticamente como comer lo es para el cuerpo. Y ahora que lo vuelvo a hacer, trato de identificar algunos faros que me ayuden a seguir navegando…
- Somos personas. Parece el descubrimiento de América, pero es una verdad tan importante como olvidada a la hora de relacionarnos entre “nosotros” y “los otros”, sean cuales sean los bandos. Somos personas y eso nos dota de una grandeza, dignidad y valor que es superior a las diferencias que al mismo tiempo mantenemos entre todos, hasta llegar a los siete mil millones y medio de seres humanos que hay ahora en el mundo. Somos personas: tú, yo, Rajoy, Puigdemont, Lamela, Maza, Arrimadas, Iceta, Albiol, Santamaria, Junqueras, Zoido, Millo, Sánchez, Cuixart y todos los nombres presentes cada día en el imaginario colectivo de la sociedad de hoy. Somos personas y, como tales, estamos llamados, como mínimo, a respetarnos, a considerarnos y, en último término, a tratarnos como miembros de la gran familia humana que formamos. Quiero recordármelo noche y día.
- Distinguir la persona de su comportamiento, la persona de sus ideas. Siempre podremos rescatar la persona, sencillamente por serlo, pero no siempre, necesariamente, estaremos de acuerdo con sus comportamientos: porque no me gustan, porque preferiría que fuesen otros, porque me molestan, porque hacen daño y se han de punir. No está escrito en ningún lado que tengamos que tener todos las mismas ideas. Las mías, las defenderé con convicción, seguro, porque son buenas, así lo creo… Sería absurdo que yo tuviera unos pensamientos y considerar que no acaban de ser buenos… Ahora bien, los demás pueden ver la cosa de manera diferente y a mí, no me convence su postura. Entonces, como he aprendido de mi madre: “Lo respeto pero no lo comparto”, y no hace falta avivar más el fuego.
- Reconocer la parte de verdad que hay en el otro. ¡Ay… que cada vez esto cuesta más! Sí, no es fácil, pero predisponerse en la relación con los demás, considerando que puede haber una parte de la verdad en eso que el otro me dice, es un paso fundamental. De golpe, cambia la película. Es como un muro invisible, pero real, que se desmorona y se abre a nuevos horizontes.
- DIÁLOGO. Pero así, con mayúsculas. Pobrecilla palabra, tan desgastada… Seguramente los griegos se echarían las manos a la cabeza viendo el uso que hacemos de ella en la actualidad. Ese diálogo que incluye una actitud recíproca de escucha auténtica, de la que se deja interpelar, y una apertura a 360º, que no deja rincones sin iluminar. Esa experiencia que genera algo nuevo, impensable antes para todos y que regenera cada una de las partes.
Ha habido momentos en que tenía miedo de hacer reír a la gente con estas reflexiones y quizá no siempre he sido capaz de decirlas, y quizá yo misma me he creído que son cosas demasiado sencillas para ser ciertas… Y al mismo tiempo, más voy navegando en este mar tempestuoso, más se reafirma en mí que son válidas, que son faros y que nos pueden salvar de chocar contra los escollos y naufragar definitivamente.
Estos faros, y Otro más grande aún, continúan ayudándome día a día a seguir la travesía. Deseando tiempos más calmados, que también es lícito, y agradeciendo mientras tanto el poder vivir esta mar movida en compañía.
Barcelona, 10-11-2017
Acerca del autor
Ciutat Nova es una parte de mí. Soy licenciada en Filología Hispánica y con formación en periodismo: un tándem ideal para una amante de las lenguas, las palabras y la comunicación. Media vida en Valencia, donde he nacido, y media vida en Cataluña: otro buen tándem…

Gràcies Amparo per les teves reflexions. Continuem navegant juntes per aquest mar, ara una mica tempestuós
Gràcies a tu. Navegant junts és fa més fàcil la travessa
Gracias por esta claridad en exponer unas ideas tan necesarias en este momento.