Para mí, y quizá para muchos de los que leéis este artículo, la vida es color de rosa.
Es una manera de decir, claro. No quiero decir que sea una vida entre bolas de algodón. Cada día laborable he de madrugar, porque, por suerte, tengo trabajo estable. No tenemos en casa alguien que nos ayude en las tareas del hogar, pero gracias a Dios, tenemos casa y cama, y calefacción.
Son cosas que pienso a menudo cuando a las 7 de la mañana voy hacia el metro para llegar al trabajo, y veo una o dos personas en el cajero automático con un colchón harapiento y algunos fardos.
Para otros, la vida parece que es en blanco y negro. Y más negro que blanco, si algunos están dispuestos a cruzar el mediterráneo en una especie de cáscara de nuez… A veces, los colores de la vida se vuelven oscuros, porque una enfermedad o la muerte de alguien cercano llega antes de hora, sin que nadie la invite, y los proyectos o los sueños se desvanecen dejando vacío.
Con este panorama, hay gente que me da lecciones de vida, porque la vive en color verde esperanza. El punto cromático de partida puede ser cualquiera de la paleta del pintor, pero, no sé cómo decirlo, será que llevan unas gafas verdes…, será que destilan desde el interior un componente instintivo de supervivencia, de confianza más allá de las dificultades, de superación… será una fe sólida y un don especial para vivir todo tipo de circunstancias… el caso es que rezuman y contagian esperanza.
Lo queramos o no, vamos adelante «en cordada» con las personas con las que nos relacionamos, es decir, nos influimos, nos afectan nuestras acciones, para bien y para mal… Y los que tienen este talante esperanzador, ayudan, y mucho, a los demás. ¡Yo doy gracias por la gente que vive la vida en verde!
Acerca del autor
Ciutat Nova es una parte de mí. Soy licenciada en Filología Hispánica y con formación en periodismo: un tándem ideal para una amante de las lenguas, las palabras y la comunicación. Media vida en Valencia, donde he nacido, y media vida en Cataluña: otro buen tándem…
