Esperanza es una palabra activa

La maternidad lanzó decididamente al activismo a esta especialista en desarrollo internacional, pero su trabajo por la justicia climática, desde la universidad y ONGs irlandeses e internacionales, ya venía de lejos. Actualmente, entre otras cosas, es vicepresidente del Movimiento Católico Global por el Cima y con su libro Climate Generation despierta nuestra preocupación por las generaciones futuras.

En tu bio de de las redes te defines como activista ambiental, mamá y autora. ¿Son dimensiones de una única causa?

Sí, tal vez ahora, con la pandemia, soy más mamá que otra cosa, ya que tengo que centrarme más en cuidar de mis hijos, pero todo está interrelacionado.

El activismo puede adoptar muchas formas, no solamente la de manifestarse con pancartas, aunque esto es importante. Para mí, las pequeñas acciones que hacemos cada día para cuidar la tierra –viviendo más sencillamente, tomando decisiones respetuosas con el medio ambiente o siendo cuidadosos con los residuos– son un activismo cotidiano que se opone a la actitud pasiva. Además, como madre soy muy consciente de que los niños aprenden más de lo que me ven hacer que de lo que yo les pueda decir. Estos últimos meses sin escuela los hemos aprovechado para estar más en contacto con la naturaleza. Alimentar este amor a la naturaleza en los niños es quizás el tipo de activismo más importante que cualquier padre o madre puede realizar.

Un par de meses atrás, hablando de las lecciones de la pandemia, parecía que todos éramos conscientes de nuestra interdependencia mundial, de nuestra fraternidad, pero ahora podría parecer que aquellas lecciones no fueron tan profundas…

Yo aún me aferro a la posibilidad de que en Europa aprendamos de esta crisis y cambiemos nuestro estilo de vida. Esta crisis nos está dando algunas lecciones fundamentales, particularmente en el ámbito económico. Nos ha enseñado que, si lo decidimos, podemos poner freno a nuestro daño ambiental y reducir las emisiones. De hecho, ya han disminuido un 17% durante la pandemia, el descenso más pronunciado desde la Segunda Guerra Mundial. También nos ha enseñado que una enorme cantidad de las emisiones y de nuestro daño ambiental es causado por una economía de producción de bienes no esenciales que generan desperdicios. Durante los paros por emergencia, todos nos las hemos arreglado para ir pasando con menos cosas no esenciales y esta capacidad de rápida adaptación me da esperanza. La mayoría de los países europeos respondieron a la crisis ampliando la asistencia sanitaria, las subvenciones y las ayudas a los afectados por la crisis. Ha significado la ampliación más importante de las intervenciones estatales que se recuerda.

Estamos emergiendo de esta oleada de la crisis y la UE y los gobiernos nacionales invierten mucho en paquetes para la reconstrucción. Algunos van dirigidos a la recuperación ecológica, como las ayudas temporales a infraestructuras para ciclistas y peatones que se pueden convertir en definitivas. También hay inversiones significativas en importantes proyectos de infraestructuras para energías renovables y reacondicionamientos de viviendas.

Sin embargo, no todo es bueno. Se están destinando importantes recursos al rescate de sectores altamente contaminantes, como el de las aerolíneas. La presión para conseguir que todos volvamos a consumir y que la economía se reactive es casi abrumadora. Dado que los gobiernos se enfrentan a abultadas facturas a causa de los gastos adicionales destinados a la asistencia social, la sanidad, el creciente desempleo y la reducción de los impuestos, se tendrán que tomar importantes decisiones en la segunda mitad de este año.

Con la COVID-19 bajo el foco parece que la agenda ecológica se deja un poco atrás, como si nada tuviera que ver con la pandemia.

Ciertamente, la pandemia ha surgido como una crisis aguda mientras que la crisis ecológica es una crisis crónica. De hecho, los científicos nos han estado advirtiendo durante mucho tiempo de que, si queremos asegurar la destrucción de nuestro planeta, basta con que sigamos con nuestra vida normal. De lo que tal vez no se han dado cuenta los gobiernos de los últimos años es que la crisis crónica de la destrucción medioambiental ya se ha convertido en una crisis aguda y que reclama respuestas similares a las que hemos dado durante la pandemia del coronavirus. La pandemia nos ha enseñado que tenemos que responder a una crisis con una acción colectiva y también nos ha enseñado a doblegar la curva dando respuesta a hechos científicos. Quizás el mismo razonamiento de “doblegar la curva” basándonos en evidencias científicas nos ayudaría a remontar la mayor crisis de destrucción ecológica.

En mi opinión, durante la pandemia no se ha subrayado suficientemente la intervinculación de esta situación con la más amplia crisis ecológica. De hecho, la COVID-19 es una enfermedad zoonótica y los casos de esas enfermedades que están haciendo la transición hacia la población humana están aumentado debido a la destrucción de los hábitats naturales de los animales y al maltrato de los animales.

Además, el virus se expandió tan rápidamente por todo el mundo debido a la supercargada “cultura de las 24 horas” y a las clases sociales que podemos llamar “móviles globalizadas”. La COVID se extendió primero entre las clases altas y solo ahora está haciendo presa en las poblaciones y países más pobres del mundo. Esto debería ser un aviso para nosotros, con nuestro estilo de vida jet set globalizado, que no es sostenible.

La crisis de la COVID se ha producido a causa de la vieja normalidad, y, si no cambiamos de rumbo, puede haber muchas más pandemias.

En tu libro Climate Generation, nos apremias a “cambiar radicalmente la organización de la sociedad. ¿Por dónde empezamos?

Sólo podemos empezar, siempre, por donde estamos ahora. Escribí Climate Generation porque quería reflexionar más profundamente sobre lo que yo podía hacer personalmente y lo quería compartir con otros. Creo que cada uno de nosotros puede hacer tres cosas –o, por lo menos, así ha sido para mí–. Todos podemos volver a conectar más con la naturaleza y cultivar una profunda gratitud por el don de la vida sobre la tierra. Esta es la base. Si ponemos ese deseo de cuidar y proteger la tierra en el corazón de nuestras vidas, estamos ya dando el primer paso hacia un cambio radical. El segundo paso es una consecuencia natural: cambiar nuestro estilo de vida. Si usamos menos, reciclamos más y desperdiciamos menos, nuestro estilo de vida será más ecológico y reflejará nuestro deseo de proteger y cuidar. El tercer paso es conectar con los otros. El cambio comienza en casa, pero no puede terminar ahí; en nuestro mundo interconectado, podemos conectar y aliarnos con muchas otras personas, online y offline, que ya están transformando la sociedad, sea en la campaña local de Residuo 0 o en los grupos Fridays for Future. Es importante unir nuestras voces para provocar el cambio.

También deberíamos detener la venta de animales salvajes y cambiar a una dieta de base vegetal; tendrían que dispararse las alarmas por la deforestación de las selvas y la pérdida de biodiversidad. En el corazón de la crisis del coronavirus, se encuentra el desequilibrio entre los seres humanos y su amplio entorno.

Tú no eres optimista, sino que estás llena de esperanza.

A veces me preguntan cómo lo hago para ser siempre optimista siendo que hay tantos malos presagios, pero no es que sea optimista, sino que tengo esperanza, de verdad. El optimismo es un sentimiento relacionado con cómo pueden salir las cosas, y unos días nos sentimos mejor que otros, a veces dependiendo incluso de si sale el sol. Sin embargo, para mi la esperanza es algo mucho más profundo. Está relacionada con la fe, con una creencia profundamente arraigada en que, más allá de todo, hay amor.

Esperanza es una palabra activa, algo intencional, que tú puedes construir con los otros. Cuando compartimos una visión de futuro juntos, cuando hacemos algo que habita ese futuro, –como la convocatoria de los viernes con los jóvenes, los Fridays for Future– construimos la esperanza y experimentamos alegría.

¿Estos jóvenes activistas por el cambio climático podrán mantener su lucha?

El movimiento iniciado por Greta Thunberg y sus amigos es un verdadero signo de esta esperanza para todo el mundo. Yo también era un activista pro-clima cuando tenía la edad de Greta, en los años 80, y de nuestras protestas y demandas cuajaron muy pocos resultados efectivos. La triste realidad es que los jóvenes de hoy no tienen otros 40 años para alcanzar sus objetivos. La emergencia climática es ahora. Como generación, ellos no tienen el timón del poder. No tienen acceso a muchas de sus palancas como las finanzas, la política o los negocios. Lo tienen difícil para influir y ganar su batalla.

Lo que me da más esperanza es cuando veo a gente ya mayor, incluso ancianos, o madres como yo misma, fuera, en la calle, manifestándose o realizando otro tipo de acciones en pro del clima. Yo empecé a protestar con los jóvenes porque me preocupaba que los mayores mirasen a los jóvenes esperando que ellos resolvieran la crisis, cuando los medios para hacerlo están en nuestras manos. Ver a abuelos, padres, jóvenes y niños unidos reclamando un cambio es muy poderoso. Y, cuando esa gente mayor comience a utilizar su poder en las urnas, en el banco o en el supermercado, las cosas empezarán a moverse de verdad.

Entre tus múltiples compromisos está el Movimiento Católico Global por el Clima que quiere dar vida a la encíclica del papa Francisco, Laudato Si’. ¿Qué hacéis?

La Iglesia Católica está trabajando en todo el mundo para dar vida a este documento, que es un de los relatos más inspiradores de la Iglesia actual. Este maravilloso movimiento empuja a la Iglesia a tomar significativos compromisos con la ecología, como los de algunas conferencias episcopales y órdenes religiosas que han retirado sus inversiones de combustibles fósiles. Esto es un paso enorme y esperamos que el Banco Vaticano llegue pronto a la decisión de sacar sus recursos de esta industria contaminante.

Este movimiento mundial realiza actividades de formación locales y es muy bonito ver los tipos de proyectos que se asumen, desde reequipamientos de iglesias con energías renovables, hasta crear jardines de polinizadores.

En tu reciente diálogo con Fritjof Capra, apelando a un pensamiento integral, explicabas como a veces los distintos grupos por los Derechos Humanos, compiten por su propio derecho omitiendo los aspectos sistémicos que son la causa de la mayoría de ellos. Como dijiste, necesitamos un cambio de paradigma. ¿Ves algún signo de que se esté produciendo?

Veo signos de este cambio de paradigma por todas partes y en esto el coronavirus nos ha ayudado enormemente. A veces, sucede que algunas cosas que son ciertas, verdaderas, correctas, las tienes ante tus ojos, pero no las puedes ver. Por ejemplo, los economistas siempre nos han dicho que no existe alternativa a la economía impulsada por el mercado para la que el bien común es algo secundario. Pues bien, repentinamente, a raíz de la pandemia, esa idea ha saltado por los aires.

Si hubiéramos dejado que el mercado resolviera la pandemia (como estamos tristemente viendo en algunos países, incluso ricos) no hubiéramos podido doblegar la curva del contagio. Para conseguirlo prevaleció una lógica diferente que se basaba en la acción colectiva por el bien común.

Fueron los vínculos de comunidad, de solidaridad mutua, del compartir, de la amabilidad, del aprecio, incluso del heroísmo, los que consiguieron superar la situación de emergencia. El hecho, tan evidente, de que había personas dispuestas a arriesgar sus vidas –y muchas de ellas murieron– para ayudar a otras, está en el corazón de este cambio. Eso nos reconectó con nuestro mejor y más profundo yo. Estos vínculos siempre han estado ahí, pero la pandemia nos ha revelado verdades mucho más profundas sobre lo que significa ser humano hoy.

El cambio de paradigma empieza por ser capaces de ver una verdad diferente, una realidad subyacente y comenzar a articularla para que emerja. Como dijo Arundathi Roy, la pandemia es un portal. Podemos arrastrar nuestro pesado equipaje hacia el nuevo paradigma, o bien podemos avanzar ligeros hacia adelante. Mi profunda esperanza es que podamos ir hacia adelante juntos.


Página web de Lorna Gold

Esta entrevista se ha publicado en el número 182 -verano 2020- de la revista Ciutat Nova.

 

Acerca del autor

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Tras una amplia experiencia en el mundo de la enseñanza, actualmente está en la dirección de la revista Ciutat Nova.

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