“Nos queremos, nos envidiamos, nos compadecemos, nos enfadamos, nos prestamos a la confidencia, nos apoyamos, competimos, nos divertimos y aprendemos juntas”. Carmen Alborch, “Malas: rivalidad y complicidad entre mujeres”
Podría parecer que las mujeres estamos estigmatizadas en la tradición judeocristiana por el pecado de la primera mujer, de Eva. Pero lo cierto es que, en la práctica, todas las religiones consideran a la mujer ciudadano de segunda clase.
Podría ser que el problema se originara en la prehistoria, cuando la violencia parecía ser un requisito importante en la lucha por la supervivencia. No se trataba de que las mujeres no fueran fuertes, simplemente se quedaban embarazadas y debían cuidar de los bebés.
Desde que el agrupamiento social fue ganando la batalla en la lucha por la supervivencia, conceptos como poder, autoridad y legado (si yo no puedo vivir eternamente, establezco mi continuidad legando a alguien lo que tengo), dieron lugar a la concepción del actual modelo patriarcal de familia donde el misterio y la exclusividad femenina de la fecundación, la gestación, el alumbramiento y el amamantamiento, puso en un pedestal el modelo de mujer como madre amorosa, cuidadora y dependiente.
Así pues, la mayoría de sociedades y culturas, a lo largo de la historia, han establecido patrones de poder patriarcal, y por ende, muestran síntomas de machismo entendido como un conjunto de actitudes, conductas, prácticas sociales y creencias destinadas a promover la superioridad del hombre. Dentro de estas sociedades machistas, donde las mujeres encajamos perfectamente siguiendo una tradición fuertemente arraigada en el transcurso de los siglos, una mayoría de mujeres han reivindicado, en mayor o menor medida, dentro o fuera del ámbito familiar, valores universales del ser humano como su derecho a la igualdad, a ser reconocidas o a ser valoradas.
Un hombre, Alfred Tomatis, experto en comunicación verbal y gran defensor de las madres, llegó a decir que una familia feliz es aquella en la que la madre es feliz. Extrapolando el dicho, podríamos decir que una sociedad feliz, sería aquella en que las mujeres fueran felices. Porque a las mujeres no nos asustan ni el trabajo ni los contratiempos, nos bloquean las injusticias y el desamor.
La Dra. Shelley Taylor, psicóloga estadounidense, escritora, cuyas investigaciones han dado lugar a lo que hoy día se conoce como “psicología social”, en su libro: “Lazos vitales: de cómo el cuidado y el afecto son esenciales para nuestras vidas”, señala que: “La amistad entre mujeres es vital para la salud mental”. Según sus investigaciones, como respuesta a nuestra herencia evolutiva, la complicidad que las mujeres han mantenido durante cientos de miles de años en la realización conjunta de “sus tareas como mujeres”, y el apoyo mutuo mantenido en “momentos especiales” ya sea como ayuda en la crianza, en el cuidado de los necesitados o de acompañamiento en los momentos de pérdidas importantes, ha contribuido a crear sustancias químicas en el cerebro femenino, (que no se han desarrollado en el cerebro masculino), que nos ayudan a superar los momentos de estrés. El estudio concluye diciendo que la amistad entre mujeres constituye una fuente de Fuerza, Bienestar, Alegría y Salud.
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