La lucha por la supervivencia es un instinto ancestral que acompaña a todos los seres vivos sin excepción.
“Para Darwin, no existe el bien de la especie, solo cuentan los intereses del individuo” – Juan Luis Arsuaga – La muerte contada por un sapiens a un neandertal.
Como humanos, pasamos nueve meses en el paraíso y nacemos indefensos ante el mundo. Durante años crecemos necesitados y dependientes de los cuidados y de la protección de los adultos que nos rodean. Los cuidados compartidos desarrollan vínculos afectivos de manera natural.
La protección requiere fuerza, habilidades y estrategias. La agrupación social fue un gran paso para la supervivencia humana. En un principio debía ser evidente quien era el que mandaba: el mejor cazador quien, posiblemente, también era el mejor guerrero, el más capacitado para proteger el territorio y la comunidad. La ley del más fuerte apareció de manera natural.
Y, también de manera evolutiva, el crecimiento de las agrupaciones humanas dio origen a ciertas normas de relación y de comportamiento, a la división del trabajo y a las jerarquías sociales con un evidente culto a la fuerza masculina. Desde entonces, una minoría privilegiada empezó a controlar, dominar y dirigir el mundo. El “poder de la ley” se encarga de favorecer a la minoría de los poderosos. El “poder económico” beneficia a la minoría de los ricos. Los poderes gubernamentales se ponen al servicio de una minoría a la que se considera importante para el desarrollo de la colectividad. Al mismo tiempo, una inmensa mayoría parece sentirse huérfana de justicia y oportunidades, usada y utilizada.
Mientras haya que cubrir necesidades personales o grupales desde el exterior (comida, protección ante los depredadores, clima…), habrá dependencia y habrá miedo. Un miedo ancestral y visceral a la muerte y al sufrimiento nos acompaña. Es una reacción primaria y motivadora que nos permite superar obstáculos, sobrevivir y mejorar nuestra existencia. Pero el hombre no solo tiene necesidades físicas. Tal vez las actuaciones más incomprensibles, crueles y violentas del hombre, tienen su origen en su sufrimiento emocional.
Al miedo egocéntrico se le escapan la razón, los otros y las necesidades de los otros; justifica la superioridad de ciertos individuos sobre otros, los abusos, la esclavitud, la manipulación, el engaño, incluso la condena a muerte de los que considera diferentes, inferiores o enemigos.
Al miedo se le escapa la justicia que nos iguala. Nada traemos al nacer y nada nos llevamos al morir. Todos iguales.
Al miedo se le escapa el Amor. Porque todo abuso es falta de amor sin excepción y requiere de una visión amorosa como único sanador. Sin excepción.
Al miedo se le escapa el Amor
Este artículo ha sido publicado en el número 193 de Ciutat Nova: Abusos
Acerca del autor
Voces e Imágenes Internas para escuchar y amar nuestro maravilloso cuerpo.
