Como bebés mamíferos que somos, el estímulo del tacto actúa como alimento que nos mantiene vivos.
Genética, nutrición, contacto y sol nos nutren y contribuyen a formar huesos sanos y fuertes. Si alguno de estos elementos falla, los huesos crecen débiles y no pueden realizar su función de soporte de manera eficiente. En estas circunstancias los músculos se endurecen, se vuelven rígidos para realizar una función que no les correspondería hacer de forma natural, y se puede desatar toda una serie de reacciones somático-emocionales: limitación, impotencia, desamparo…
Observaciones realizadas en orfanatos rusos después de la II GM mostraron que los bebes más guapos, que a su vez eran los más cogidos en brazos, comían mejor, lloraban menos y crecían más saludables física, mental y emocionalmente.
Los experimentos del psicólogo estadounidense H.Harlow sobre los vínculos afectivos entre mamás y bebés demostraron que los bebés monos preferían como madre sustituta al muñeco blandito y peludo, aunque no les diera alimento, frente al muñeco frío de metal y portador de leche, al que solo se acercaban para satisfacer sus necesidades alimenticias.
Nuestro cerebro da una gran importancia al órgano más extenso de nuestro organismo: la piel. Se calculan más de 900.000 receptores sensoriales por cada 100 cm2 de piel repartidos por todo el cuerpo. Esta gran cantidad de receptores sólo nos proporciona dos informaciones diferentes: presión (sensación de fuerza o suavidad) y temperatura (sensación de frio o calor). Con sólo estos dos tipos de información, durante nuestra etapa de bebé vamos a organizar mental y emocionalmente la percepción de todo nuestro mundo exterior para el resto de nuestra vida. Al mismo tiempo queda fijada nuestra sensibilidad respecto a lo que nos resultará agradable o molesto, irritante o acogedor.
Los efectos nutricios del tacto están demostrados
El sentido del tacto ayuda a regular las funciones metabólicas (respiración, circulación, digestión…); ayuda al sistema nervioso en la relajación y la liberación del estrés físico y mental; estimula el sistema inmunitario; mejora problemas dermatológicos; intensifica la comunicación no verbal, la creación de vínculos afectivos de apoyo y apego, eleva la autoestima y la autoconciencia.
Están clínicamente demostrados los efectos nutricios del tacto y el contacto afectivo, del amor, las caricias, las miradas, las sonrisas y los abrazos.
El tacto es un viaje de descubrimiento de nuestra propia historia personal, nos conecta con el aquí y el ahora y nos recuerda lo que ya hemos vivido.
Este artículo ha sido publicado en el número 190 de la revista: Que aproveche
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Voces e Imágenes Internas para escuchar y amar nuestro maravilloso cuerpo.
