Seguimos un instinto ancestral de poder. Desde que el hombre se agrupó en núcleos sociales organizados, la historia de la humanidad parece seguir el balanceo de un péndulo que va entre el yo y el nosotros, de un extremo a otro, siempre con el mismo recorrido y siempre en movimiento.

Cuando el yo se percibe como un individuo necesitado que toma conciencia de su debilidad y de sus limitaciones individuales, busca agruparse en nosotros en busca de seguridad y bienestar. Busca y se rodea de los que considera “sus iguales”, alejándose de los “diferentes o inferiores”. Del individuo pasamos a agruparnos en familias, en pueblos, en ciudades cada vez más grandes, y finalmente en naciones donde compartimos un pedazo de tierra que llamamos patria, una lengua, unos valores ético-morales (leyes y religión) establecidos culturalmente como “buenos”, y una memoria histórica común.

Pero el nosotros tiene sus propias normas de relación y de convivencia que difícilmente se siente atraído por los pequeños yos que lo componen y sí por un líder (un gobierno) fuerte y poderoso, que establezca leyes, un orden económico-financiero-cultural-religioso y una identidad propia que proporcione una convivencia próspera y feliz.

Por alguna razón desconocida para mi conciencia, las relaciones humanas parecen ser relaciones de poder donde constantemente nos necesitamos y nos enfrentamos. Necesitamos identificarnos individualmente y ser reconocidos socialmente.

Como el mito de Saturno devorando a sus propios hijos, como el pez grande que se come al chico, en un mundo finito, con recursos naturales finitos y sobreexplotados, y contra toda lógica mental y empatía emocional, el nosotros parece seguir un instinto ancestral de supervivencia voraz que le impulsa a seguir creciendo aunque sea a costa de devorar a sus propios hijos, a los individuos que considera diferentes, y todo ello con malsanas justificaciones de justicia, paz y libertad.

Actualmente, en un mundo globalizado, los conflictos ya traspasan las fronteras de las naciones. Pandemia, crisis económicas, corrupción gubernamental, conflictos bélicos y mentiras se expanden incesantemente por todo el mundo… Lo que pasa en un país lejano nos afecta a todos. Esta vez parece que vemos las orejas al lobo y es más difícil mirar hacia otro lado, nuestra vida se ve alterada, amenazada. Llevamos demasiado tiempo sufriendo. Los instintos más humanos, amorosos y sublimes de las personas, afloran con impotencia contra la injusticia pudiendo dar lugar a la irrupción de episodios de cólera, sadismo y criminalidad. Estamos hablando de una pandemia de origen social y cuya solución no depende del individuo que es quien la padece.

En situaciones extraordinarias no hay normas ni palabras que consuelen, que nos den paz ni tranquilidad. Somos personas con recursos particulares y diversos, con una necesidad innata de satisfacción y bienestar personal, con diferentes niveles de resistencia al dolor tanto físico como mental. Cuando el nosotros se desmorona a nuestro alrededor, ya sólo nos queda volver al yo, replantearnos cuales son nuestros valores y actuar en base a los mismos. Después sal, busca los mejores compañeros de viaje y comparte con ellos tu vida, porque nos guste o no, somos seres sociales. Como dijo Gandhi, el mayor pacifista indio reconocido en el mundo y asesinado brutalmente: “Sé el cambio que quieras ver en el mundo”.

Todo mi respeto y valoración por las víctimas de esta absurda, injustificable y brutal guerra.

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Voces e Imágenes Internas para escuchar y amar nuestro maravilloso cuerpo.

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