Los recuerdos infantiles siempre incluyen la figura de los abuelos. Tanto si tuvimos que vivir su ausencia, como si nos pudieron acompañar durante estos años mágicos.
Gracias yayos por tantos y tan buenos recuerdos.
Cuando nos levantábamos para ir al cole, incluso cuando ya no vivía en nuestra casa, mi abuelo ya había traído el pan del día para preparar los bocadillos. Después, camino del cole, cargaba con nuestras mochilas para que pudiéramos jugar por la calle. Y ahí estaba él, esperándonos a la salida.
Mi padre trabajaba mucho pero el abuelo siempre estaba. Nos entretenía, nos llevaba al parque, a pasear por toda la ciudad, a patinar. Nos buscaba trabajos divertidos, la colección de sellos, escribir cartas, arreglar cosas estropeadas, ir a comprar, escuchar música, cantar, leer (era un gran lector), muchos juegos de mesa y tebeos el fin de semana. “Cosa dolenta fora del ventre” y nos acompañaba en el aprendizaje de las deposiciones. Siempre nos contaba historias que se inventaba y cuyos protagonistas-héroes éramos sus nietos: yo era” la princesa encantadora, bella y lista”.
Recuerdo la primera lavadora, la primera tele, la primera plancha eléctrica… antes de eso todo se hacía a mano y mi abuela era la principal ayuda de mi madre que siempre tenía trabajo con cuatro hijos. Mi abuela, una gran señora, “de pueblo pero de casa grande”, hacendosa, trabajadora incansable, exigente en el cuidado de la casa, magnífica cocinera que “nunca tenía que rectificar, ni en tiempo, ni en sal ni en azúcar”, maestra costurera “con unas manos de oro”, le gustaba arreglarse cuando salía a la calle y siempre usaba peinador. Payesa por tradición conocía muy bien el campo, el cultivo del huerto, entendía del tiempo y predecía las tormentas. Generosa, sanadora con remedios “de la abuela” que en una ocasión emborrachó a las mujeres del pueblo con “Agua del Carmen para los sustos”, cuando un rayo quemó un pajar con toda la cosecha dentro. También era una gran cuentista, pero ella de historias reales que había vivido o le habían contado.
Un día mi abuelo “murió” y cuando la ambulancia se lo llevaba al tanatorio resucitó. No paró hasta que de la UCI fueron a la pastelería a traerle la mona. Ya en casa, escondía comida en los bolsillos, entre las sábanas, “dels que mengen algun se’n salva”, y así recuperó los más de 20kilos que había perdido durante su ingreso. Después de este incidente, contra todo pronóstico, todavía vivió siete buenos años más.
Su entierro, el día que más me he reído en mi vida. En la comida familiar y de amigos venidos de muchos lugares diferentes, todos contaban historias y anécdotas, toda una vida resumida en alegría, carcajadas, recuerdos entrañables y descubriendo facetas alucinantes de mi abuelo que nunca antes había oído.
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Voces e Imágenes Internas para escuchar y amar nuestro maravilloso cuerpo.
